El cine francés nos tiene acostumbrados a ofrecernos, casi siempre buenos productos, pero en esta ocasión no podemos decirlo. Muy al contrario, el resultado del tercer largometraje del actor Guillaume Canet pertenece a ese grupo de cintas que arrastran al espectador a verlas por la excelente estrategia de marketing que las precede a su estreno. Lamentablemente, no tiene nada que ver con la anterior «Ne le dis à personne» con la que ganó el Cesar en el 2006.

Como su propio director explica «la película trata de las mentiras que nos contamos a nosotros mismos y, de rebote, a los demás, de todo eso que no queremos ver de nosotros, que disimulamos con pequeñas mentiras sin importancia».

Es un melodrama coral que retrata a un grupo de amigos treintañeros un poco desorientados y algo snob. Es una historia sobre la amistad, un conjunto variado de interpretaciones sobre lo que es la amistad, en un número igual que el que compone este peculiar grupo de amigos. El relato trascurre, tras un grave accidente de uno de ellos, a partir del que se hacen las interrogantes que todos nos planteamos en algún momento de nuestras vidas: ¿Trabajo en lo que verdaderamente soñaba?, ¿Estoy con la pareja que amo?, ¿vivo mi sexualidad como verdaderamente me gustaría?, en definitiva ¿soy feliz ? Todas cuestiones existenciales que nos obligan a trazar una línea entre antes y después de contestarlas, independientemente de la respuesta.

La realización es impecable, a pesar de las más de dos horas y media de duración. No se hace larga, e incluso en muchos momentos es divertida, logrando mantener la atención del espectador.

Tiene una buena puesta en escena, muy reforzada por la excelente interpretación de los protagonistas y de manera muy especial por la evocadora selección musical. Sin duda, son estas cosas lo que puede explicar que haya sido el título más taquillero del 2010 en Francia.