El resultado de estas anomalías es que en la vida política española hay demasiados ruidos, no pocas disfunciones y una recurrencia negativa al “estallido” de cuestiones que no están ni en la agenda objetiva de los asuntos importantes, ni en la sensibilidad de la mayoría de los ciudadanos. De ahí, los preocupantes signos de cansancio, e incluso de hartazgo, que se detectan en la opinión pública y que no hacen sino alentar climas de desimplicación y de proclividad a la abstención.

El ruido que se está intentando generar en torno a la Monarquía forma parte de este estado de cosas. Para el ciudadano común, el modelo de monarquía parlamentaria que establece nuestra Constitución no está en cuestión. Incluso, para una mayoría muy amplia de ciudadanos, en un contexto afectado por duras colisiones políticas, por complejos y polémicos problemas estatutarios y por eventuales incertidumbres económicas internacionales, poner en cuestión también a la Monarquía es un ejercicio de irresponsabilidad, que no hace –o haría– sino generar incertidumbres adicionales. En consecuencia, los que alientan tantas incertidumbres hacen un flaco favor a la situación de España y a sus perspectivas económicas, políticas y sociales.

De ahí, la impresión de que nos encontramos ante el intento de subir un nuevo peldaño en una estrategia de perturbaciones, de las que sólo podrán obtener ventaja los pescadores en río revuelto.

Que en España hay ciudadanos que no son monárquicos es algo bien sabido, al igual que está claro que nadie cuestiona la legitimidad de debatir y opinar sobre estas cuestiones. Pero el problema empieza cuando, a partir de unos hechos prefabricados y protagonizados por minorías muy exiguas, se intenta orquestar poco menos que una crisis de legitimidad, al margen de los procedimientos democráticos y de la opinión de las grandes mayorías. Lo cual lleva a que muchos reclamen una mayor información –y más claridad– sobre el origen y las motivaciones de algunos de los ovillos con los que personajes perfectamente identificables pretenden embrollar y embarullar la vida política española.