Metales ambos que se aseguran con un acierto del cien por cien en un país en donde al año mueren más de seis mil personas -gran parte de ellas mujeres -asesinadas de manera violenta bajo los machetes, los cuchillos y las pistolas del narcotráfico, las maras o los delincuentes de a pie que de modo aterrador afilan sus colmillos animales entre las esquinas de un país que a las nueve de la noche se transforma en un ir y venir de violencia gratuita.

La vida se muestra como un bien frágil en un país como Guatemala en donde por cincuenta Quetzales (cinco euros) se contratan sicarios a plena luz del día que dan buena cuenta del encargo mortal de sus clientes. Y todo ello dentro de un sistema judicial en donde tan sólo el 2% de los crímenes son esclarecidos y condenados sus culpables por sentencia judicial.

Guatemala se desangra lentamente en el chorreo constante de muerte, de llanto de cientos de mujeres asesinadas a diario por la sinrazón feminicida de la sociedad machista guatemalteca y todo ello sin que la opinión pública internacional tome cartas en el asunto y junto con el feminicidio se suceden interminablemente los asesinatos, las violaciones y los robos que se instalan como si de parásitos se tratasen en diversos barrios de ciudades como Guatemala Capital en donde ni la policía parece estar segura en determinadas zonas de la selva de asfalto.

Pero si algo sorprende en este país son las miradas, la tristeza de los ojos de quienes han sufrido y sufren la tortura del alma, el silencio de la palabra y exilio interior al que se ve obligada gran parte de la ciudadanía guatemalteca.

Cuando uno visita Quiche o Nebaj la mezcla de sentimientos es brutal, la mirada de los niños alegre y soñadora se mezcla con los alicaídos parpados de los mayores o el silencio abrumador de las mujeres indígenas sometidas a la dictadura del silencio machista que les impide demostrar sus sentimientos.

Pero aún ante la barbarie y deshumanización a la que uno asiste cuando escucha la historia que entre lágrimas narran las víctimas de la guerra civil Guatemalteca o las experiencias que cientos de víctimas del feminicidio relatan con la crudeza de unos hechos que no te dejan indiferente uno puede percibir un sentimiento de esperanza, de lograr esos cambios estructurales que hagan posible una Guatemala en donde la aplicación de la justicia sea una realidad y en donde la violencia indiscriminada contra las mujeres sea un recuerdo del pasado, un país en donde el desarrollo económico vaya acompañado de la eliminación de la corrupción, el narcotráfico y la conquista de los derechos laborales y sociales que permitan que este país sea un referente para toda Latinoamérica.