Entre sus antecedentes cabe destacar a Robert Malthus que decía, a finales del siglo XVIII, que el mantenimiento del crecimiento de la población era insostenible con el crecimiento de la producción de alimentos. Lo que nos estaba diciendo era que el modelo mercantilista feudal que caracterizaba a su época era insostenible; e, indirectamente, abogaba por la necesidad de cambios en el mismo, aunque algunas de sus propuestas para resolver los crecientes desequilibrios sociales se centraban en desalentar la natalidad mediante la abolición de la Ley de pobres que garantizaba a la indigencia el mínimo biológico contribuyendo a difundir la idea de la responsabilidad directa de las clases desheredadas en su situación. En todo caso, la insostenibilidad del modelo era clara y su colaboración al conocimiento de la misma ayudó a que se establecieran las bases para su transformación.

Tenemos también otro ejemplo más cercano: la denominada “bomba demográfica”, de principios de los años setenta, sobre la que Naciones Unidas advertía que el mundo, en el año 2000, tendría más de 10.500 millones de habitantes si no se reducía el crecimiento vegetativo, y que la Tierra no soportaría la carga que implicarían esos 10.500 millones de habitantes. Ello llevó a la primera Conferencia Mundial de Población, de 1974, donde se propusieron medidas que consiguieron una considerable disminución de la fecundidad, lográndose que se llegara al año 2000 no con los 10.500 millones de habitantes tendenciales, sino con poco más de 6.050 millones de habitantes.

En ambos casos, el ser conscientes de que la evolución previsible no era sostenible y la adopción de medidas que permitían el cambio del modelo, ayudaron a solventar o a reducir los riesgos previstos.

En abril de 2011, la Secretaría de Naciones Unidas en materia de población vuelve a advertir de los riesgos demográficos para el planeta. En el período 2005-2010, los niveles de fecundidad han descendido, pero el número de mujeres en edad reproductiva sigue creciendo y se ha producido una importante reducción de la mortalidad infantil, por lo que el crecimiento de la población ha seguido siendo significativo, con una cifra algo inferior a los ochenta millones de personas al año. Se estima que en 2011 la fecundidad se situará, en media, en el “nivel de reemplazo” (unos 2,1 hijos por mujer), pero que el promedio de crecimiento de la población para el período 2010-2025 seguiría siendo creciente, con unos 66 millones de personas al año. Y, aunque se espera que continuará descendiendo la tasa de fecundidad, para 2050 se estima que la población llegará a ser del orden de 9.000 millones de habitantes, aunque la Secretaría de la ONU advierte del riesgo de que esa cifra pueda llegar a ser muy superior si la actual dinámica demográfica se mantiene, porque el descenso de fecundidad esperado quedaría sobrepasado por la mayor esperanza de vida.

Este incremento demográfico asociado a la generalización de la sociedad de consumo a nuevos contingentes demográficos nos plantea la intensidad de la insostenibilidad del actual modelo económico. En efecto, la ONU estima que la población puede pasar de los, aproximadamente 6.800 millones de habitantes, de 2009, a unos, aproximadamente, 7.300 millones, para el 2015. Este incremento de población, si no cambiamos los patrones de consumo occidental y éste se sigue generalizando al resto del planeta, llevará a una huella ecológica generadora de grandes tensiones sobre la sostenibilidad del planeta. Así, suponiendo que se fuera capaz de que el incremento de huella ecológica per cápita entre 2005 y 2015 (10 años) fuera similar al de 2000-2005 (cinco años) como consecuencia de los efectos de la crisis global, y que la mejora de la biocapacidad per cápita permaneciera constante en el período 2005-2015 (lo que implicaría mejoras en la producción biológica del planeta de la misma magnitud que el incremento de población previsto -7%- lo que puede considerarse como altamente optimista) obtendríamos una huella ecológica global de unas 12 millones de ha globales; que, con una biocapacidad de 7,4 millones de ha globales, nos lleva a una sobrepresión del 62% para dicho año 2015, duplicando el 31% de sobrepresión del 2005. Obviamente, este incremento de la sobrepresión necesariamente ha de tener consecuencias sobre el equilibrio del planeta y sobre los procesos globales que se desarrollan sobre el mismo, siendo poco probable que se pueda mantener de forma sostenida durante mucho tiempo, sin la aparición de sucesivas crisis globales. Y la probabilidad de que existan posibles mejores Escenarios mundiales se considera muy pequeña, cosa que no sucede con la probabilidad de que se produzcan Escenarios mundiales menos sostenibles.

Se comprende así que Naciones Unidas destaque la necesidad imperiosa de seguir reduciendo la fecundidad, sobre todo en los países de veloz crecimiento demográfico de África y Asia. Pero el problema fundamental no radica en el número de habitantes del planeta sino en el modelo de sociedad imperante. En todo caso, es evidente que el aspecto territorial es una dimensión trascendental del problema. El crecimiento demográfico se concentra cada vez más en las regiones en desarrollo del mundo, y sobre todo en África, representando los países desarrollados un porcentaje cada vez más decreciente del total de la población, ya que el número de países desarrollados que registran un descenso del crecimiento vegetativo es cada vez mayor, y sólo mantienen su equilibrio poblacional por la vía de la inmigración. Vía generadora de graves desencuentros y conflictos sociales, y de aparición de nefastas y peligrosas tendencias xenófobas, sobre todo en un marco de sucesivas crisis globales.

Los países desarrollados han impulsado políticas demográficas nacionalistas para incrementar su población autóctona y alejarse de lo que se considera un riesgo de progresiva colonización por las poblaciones inmigrantes provenientes de países en desarrollo. Pero no sólo los países desarrollados. La propia China presenta una tendencia creciente a la flexibilización de la política del hijo único, lo que relanzaría el incremento demográfico en este país, aumentando los riesgos señalados por la ONU. Y ello, a la vista de los resultados de su censo de 2010, que sitúa su población en algo más de 1.370 millones de personas, con un bajo nivel de crecimiento en sus últimos diez años (0,53% de media anual) como consecuencia de su política de hijo único, con una población urbana que ha crecido hasta prácticamente el 50% (13,5 puntos más que en 2000), una población femenina que ha descendido significativamente (consecuencia cultural y de la política del hijo único) y un envejecimiento de su población que empieza a ser visto como un grave riesgo para su futuro.

Según las previsiones de Naciones Unidas, más de 700 millones de personas (cerca del 10% de la población mundial estimada) desea emigrar hacia las áreas desarrolladas, de las que la Unión Europea es uno de los destinos más significativos. Y, el mantenimiento de las desigualdades económicas entre la UE y los países limítrofes, así como entre las distintas regiones de la UE, seguirán siendo factores fundamentales de atracción de población hacia la UE. Su tendencia futura dependerá de la coyuntura económica y de la eficacia de las políticas de lucha contra la inmigración ilegal, pero ésta no decrecerá mientras se mantengan las fuertes desigualdades existentes en términos económicos y sociales entre una población creciente, joven y de escasas oportunidades económicas, y una UE envejecida, rica y con demanda de trabajadores de escasa cualificación.

En el documento de la Comisión Europea “Regions 2020” se realiza una prospectiva demográfica en la que se detectan como problemas principales, para el horizonte del 2020, en las regiones de la UE: 1) un grave nivel de envejecimiento de la población; b) una pérdida de población potencialmente activa (entre 15 y 64 años); y c) una evolución demográfica negativa, con pérdida de población total, en algunas regiones europeas.

Centrándonos brevemente en España, su dinámica demográfica ha seguido pautas que se pueden considerar tradicionales, con un crecimiento medio anual entre 1981 y 1996 del 0,3%, y una tendencia inicial hacia la asíntota estructural de unos 40 millones de habitantes. En 1996, los cambios socioeconómicos asociados a un modelo de crecimiento en el que se impulsa la construcción y un turismo de masas con empleo en un sector servicios de bajo valor añadido, generan un nuevo ciclo de crecimiento con una nueva inflexión hacia 2005, que parece caminar hacia una nueva asíntota estructural de unos 48 millones de habitantes. En el nuevo siglo, la señalada dinámica económica, acompañada de un fuerte endeudamiento familiar y del apalancamiento de las empresas muy directamente ligados a la especulación inmobiliaria, dan lugar a un fuerte crecimiento del saldo migratorio hacia España, y a una expansión del número de hijos por mujer (en parte debido a la mucho mayor tasa de fecundidad de las mujeres inmigrantes y a la riqueza virtual generada por la especulación inmobiliaria) que generan un crecimiento medio anual, entre 2000 y 2009, del 1,9%, multiplicando por más de seis el crecimiento del período 1981-1996 anterior.

El último padrón provisional español, a 1 de enero de 2011, registra más de cinco millones setecientos mil extranjeros, con un incremento de 400.000 extranjeros en el año 2010, respecto a una población registrada de unos 47 millones cien mil residentes (del orden del 12% del total). Aunque esta cifra, de indudable importancia, previsiblemente está sobrevalorada al no incorporar todas las bajas de los extranjeros que indudablemente han abandonado el país por la crisis (sólo se registra una disminución de unos diecisiete mil extranjeros en el año) y por estar normalmente el padrón inflado en sus cifras de población, lo cierto es que señala la magnitud de la incidencia del modelo potenciado desde 1996, tanto en el incremento demográfico como en la actualidad en la magnitud del paro y su estructura.

E igual reflejo se presenta en la localización territorial de las pautas de crecimiento demográfico provincial en España (todas las provincias del Mediterráneo, más los archipiélagos, registran un crecimiento muy significativo de la población, mientras que una gran parte del espacio interior español presenta una clara tendencia a la desertificación y existen provincias como Soria y Teruel, y a un menor nivel, Cuenca y Huesca, con densidades propias de áreas desertificadas) y condicionan la evolución previsible de la población a medio plazo, como se aprecia en la Figura anexa, proveniente del trabajo personalmente dirigido para el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino sobre “Informe de prospectiva a partir de las transformaciones territoriales tras 30 años de Constitución Española”, de octubre de 2010. En todo caso, los datos medios anteriores tienen una plasmación territorial en España que muestran diferencias estructurales y potenciales de desarrollo asociados a la capacidad productiva demográfica, netamente diferenciados. Aspectos que quedan claros cuando apreciamos la diferente evolución seguida en el período 1978-2008 y las previsiones derivadas de la dinámica actual para el período 2011-2016. Así, se observa cómo Madrid y Barcelona previsiblemente continuaran siendo, por su tamaño, las dos provincias con un mayor porcentaje de población (entre las dos concentran del orden de la cuarta parte de la población total de España) pero su peso en el total tendería a estabilizarse en el período, en parte porque sigue incrementándose su área de influencia a provincias limítrofes que presentan un dinamismo mucho más acusado. Las provincias de Alicante, Málaga y Murcia previsiblemente incrementarán sensiblemente su peso en el total; Valencia lo hará en menor medida, y Sevilla permanecerá estacionaria, concentrando entre todas ellas del orden de otro 20% de la población total de España. Por el contrario, con una pérdida significativa de peso demográfico relativo hay que destacar los casos de Asturias, León, Lugo, Salamanca, Ourense, Zamora, Palencia y Soria.

Las estimaciones del Escenario más probable para 2016 muestran un ligero incremento de la población potencialmente activa (unos 32,67 millones de personas potencialmente activas, representando del orden del 70% de la población total, con un punto más que el registrado en 2008 y un incremento de población potencialmente activa de unas 798 mil personas) y una mejora de las condiciones estructurales de la población (índice de juventud, envejecimiento y dependencia) ligada al fuerte incremento de población inmigrante joven en el período 2000-2007. Proceso roto en la actualidad tras la crisis de 2008 -y las altas tasas de paro asociadas- que ha iniciado un nuevo proceso de reversión de las mejoras demográficas producidas hasta 2008, salvo en lo referido a la mejora radical registrada en los niveles de cualificación de esa población, que aunque estaría en la línea de avanzar hacia el objetivo de la Estrategia UE2020 (mejorar los niveles de educación, en particular con el objetivo de incrementar al menos al 40% el porcentaje de personas de entre 30 y 34 años que dispone de estudios de enseñanza superior, o equivalentes) lo cierto es que el esfuerzo a realizar sigue siendo importante en un país en el que hay un desfase entre la titulación de una población más cualificada, pero que se ve empleada en trabajos con sueldos que no se corresponden con su nivel de formación. Y también hay que hacer referencia a la herencia de unas tasas de fracaso escolar elevadas que no han sido indiferentes a la fuerte demanda de mano de obra sin cualificar que ha caracterizado el crecimiento económico español en el período 1998-2008, y que ha potenciado el abandono de estudios, o la dedicación parcial a estos, de muchos jóvenes. También en este aspecto, el objetivo de la EUE2020 de reducir el índice de abandono escolar a menos del 10% para el 2020 implicará un importante esfuerzo para España.

La encuesta de población activa del primer trimestre de 2011, del INE, proporciona unas cifras globales para España de 23,1 millones de activos, de los cuales 18,2 estarían ocupados y 4,91 millones estarían en paro, representando el 21,3% de la población activa. Esta cifra de paro habría pasado, en cuatro años, de una tasa histórica del 8,0% de parados a una cifra 2,7 veces superior, lo que muestra tanto la magnitud de la crisis, como uno de los problemas estructurales que siempre se ha asociado a España en lo relativo a su capacidad de destruir empleo registrado, y a la fuerte temporalidad de éste, por el señalado peso que han tenido la construcción y los servicios no especializados en su modelo de desarrollo.

Como síntesis, los Escenarios previstos en el trabajo antes señalado, que interrelacionan las variables básicas de la producción, la población, la actividad, empleo y productividad, muestran, hasta el 2015 que, en el mejor escenario posible, la tasa de paro caería al 17%, siendo lo más probable que se sitúe entre el 21 y el 23%, de forma que es poco probable que España avance hacia los objetivos asumidos por la Estrategia “Europa 2020” (Procurar llegar a un índice de ocupación del 75% de los hombres y mujeres con edades comprendidas entre los 20 y los 64 años) y se constata que las cifras de paro probablemente vuelvan a los niveles característicos de la década de los noventa.

Y ello, en un marco en el que la problemática de cambio global que caracteriza al planeta tiene en la mundialización financiera el principal elemento rector y la principal responsabilidad de las sucesivas crisis que están jalonando los últimos años de un capitalismo especulativo, con un campo de juego mundial y sin reglas que sometan sus beneficios al interés general de la población. Esta mundialización financiera está acompañada de una fuerte restricción a la movilidad de la población y de una cada vez más amplia mundialización económico-productiva, con un progresivo incremento del comercio internacional de productos y servicios, y una progresiva incidencia de las sociedades emergentes (países BRIC) en este comercio mundial, facilitado y favorecido por un petróleo relativamente barato hasta mediados de la primera década del siglo XXI y una logística y costes de transporte que posibilitan dicha mundialización.

Dichos bajos costes están en cuestión de forma creciente, pero es el modelo urbano occidental de sociedad de consumo el que es manifiestamente insostenible para todos los habitantes del planeta. Si no comprendemos esta problemática y se actúa de forma preventiva y urgente por el cambio del modelo, su inercia, que va a seguir incidiendo irremediablemente a largo plazo sobre el conjunto del planeta, dará lugar a crecientes crisis sucesivas que obligarán a tomar medidas cada vez más costosas para el conjunto de la población, donde el paro y el incremento de las desigualdades no dejaran de tener importantes consecuencias.