La crisis está afectando de una forma muy profunda a los países menos desarrollados, pues aquí se lucha por la supervivencia, pero todo ello aparece oscurecido por la recesión y caída de la actividad económica que se está dando en los países avanzados. Ante las dificultades económicas que se padecen en el mundo rico, los otros problemas, mucho más graves, parece que permanecen invisibles. Los Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas para disminuir la pobreza se aparcan, o por lo menos se ha dejado de hablar de ellos, y no se encuentran entre las prioridades de las agendas del momento.

Los problemas de la pobreza y el hambre son antiguos, pero lo más preocupante es que no se hayan logrado vencer con los progresos que se han dado en el mundo, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, en términos de incremento de la renta, la riqueza, y el avance tecnológico. Cuando estudiaba económicas, en la segunda mitad de la década de los sesenta, estos problemas ya estaban presentes, y determinados economistas se empezaron a ocupar de ellos. La ciencia económica llegaba con retraso al estudio del subdesarrollo, y de las enormes privaciones que se daban en los países pobres, y éste no era tampoco objeto de estudio, lo que conformaba el paradigma dominante, aunque, no obstante, se escribieron importantes trabajos desde los años cincuenta que se empezaron a plantear la economía del desarrollo.

Por lo que concierne a la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense, contribuyó a la toma de conciencia de bastantes estudiantes de la época el magisterio, tanto en las clases como en los libros, del profesor José Luis Sampedro. Una de las cosas que más me llamaron la atención de este profesor, y que entre otras cualidades me sedujeron, es que hablaba de la montaña del hambre que había en el mundo de entonces, una montaña, sin duda, excesivamente grande. La guía de estudios de la disciplina Estructura Económica debería ser esa montaña del hambre y las razones de su existencia, y no tanto la investigación de las causas de la riqueza de las naciones, como hizo Adam Smith, que influyó tanto en los economistas posteriores. Era, sin duda, un cambio de planteamiento, que se centraba más en la lucha contra la pobreza. En su enfoque del porqué de las causas de tanta pobreza, Sampedro acudía al análisis estructural como metodología para acercarse a la problemática, centrando el estudio en las estructuras económicas que configuraban el mundo basado en la desigualdad y en la injusticia.

Han pasado desde entonces cuarenta años, y a pesar de los avances económicos habidos, de la cantidad de contribuciones teóricas y empíricas realizadas, de los programas de cooperación al desarrollo puestos en marcha, la montaña del hambre sigue existiendo. Se han dado cambios significativos en la economía mundial en estos años, pero la pobreza y el hambre se resisten a desaparecer. La causa principal es la falta de desarrollo que padecen tantos países, insuficiencia que se combina con un mal desarrollo, sustentado en la desigualdad en el interior de estos países, en los que la riqueza de unos pocos contrasta con la pobreza que padece la mayoría. El problema nos remite a la existencia de unas estructuras económicas, sociales y políticas que dificultan ese desarrollo.

Ahora bien, el problema no sólo es interno sino que se debe también a un orden internacional muy desigual, asimétrico en sus relaciones, de modo que los países menos desarrollados y, por tanto, más vulnerables, sufren condiciones de dependencia de los países más desarrollados, de los organismos internacionales, -Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio-, de las empresas multinacionales y de las finanzas internacionales. Un orden internacional que nos remite también a unas estructuras económicas que configuran la urbe mundial tan desigual en la que se producen relaciones de subordinación y dominio.

Ante todo ello, las acciones internacionales no sólo son tímidas, sino que no tratan de modificar la sustancia de unas relaciones económicas que causan la gravedad de la situación presente. Una crisis tan grave como la que padecemos está generando muchos damnificados, pero tiene que ser una ocasión para cambiar un modelo económico que provoca daños en el medio ambiente, y que genera opulencia y pobreza al mismo tiempo. No caben parches en la solución de la crisis actual, sino que es necesario crear bases distintas de desarrollo que permitan una vida digna para todos.