Los que tenemos algunos años –y buena memoria– aun recordamos los tiempos en los que Gadafi era presentado como el arquetipo de los malvados, con sus correspondientes secuelas. Por eso, no entendimos muy bien cuando la misma ONU le elevó a las alturas de la respetabilidad, situando en 2003 a la Libia de Gadafi, nada menos, que en la Presidencia del Comité de Derechos Humanos. Y de sus viajes, abrazos y parabienes en los países occidentales, con jaima incluida, más vale que no hablemos.

Pero, claro, todo cambió de la noche a la mañana cuando Gadafi se encontró con una revuelta popular en su propio país. En pocos segundos sus grandes amigos y aduladores del ayer se convirtieron, ante nuestros propios ojos, casi por arte de magia, en sus más furibundos detractores. “¡Ojo! –se dijeron algunos–, que parece que el petróleo va a cambiar de dueño”.

A partir de tal cambio de rumbo, no sé si las informaciones que nos han proporcionado los grandes medios de comunicación social sobre la situación “militar” en Libia han sido muy precisas y fiables, pero lo que sí ha sido bastante nítida es la terminología empleada. Gadafi –se nos dijo– estaba siendo abandonado por sus militares y se defendía como gato panza arriba con una escuálida tropa de matones, mercenarios africanos y otra chusma despreciable. Pero, hete aquí que, poco a poco, esa chusma de mercenarios se ha ido trocando, casi por arte de magia también, en un “Ejército leal”. Día a día los medios de comunicación han ido cambiando el lenguaje y las expresiones, como aquel que no quiere la cosa. La chusma de mercenarios, primero se convirtió en “tribus afines”, luego en una tropa pro-Gadafi, más tarde en unidades pro-gubernamentales, después en el Ejército leal y a continuación en el Ejército de Libia, a secas. Y cuando estábamos a punto de que algunos empezaran a calificarlo poco menos que como un Ejército liberador, la decisión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del 17 de marzo autorizando intervenciones militares (no terrestres, de momento) en Libia, ha cambiado las tornas, las perspectivas y el propio lenguaje otra vez más.

Tamañas metamorfosis semánticas –primero en una dirección, luego en otra y nuevamente al revés– han ido acompañadas de curiosas panoplias de pronunciamientos públicos y de medidas administrativas de urgencia. Los que se abrazaban sin recato al líder libio pasaron a repudiarle con grandes aspavientos, al tiempo que honrados banqueros y provectos hombres de negocios de pronto cayeron en la cuenta de que su importante cliente y/o deseado socio del ayer era un indeseable absoluto, al que había que despojar con urgencia de sus cuentas, acciones y participaciones, en bien –claro está– de la dignidad humana, los derechos de los pueblos y la coherencia política internacional.

Incluso, algunos de los que se beneficiaron de generosas donaciones del coronel libio para organizar sus campañas electorales no dudaron en ser los primeros en enfundarse las botas de caña alta y en calarse los cascos militares para reclamar unas acciones bélicas que no se sabe muy bien contra quién acabarán siendo dirigidas, ni qué destruirán, ni a quién matarán cuando empiecen los bombardeos. En algunos medios se ha empezado a hablar ya de las “víctimas colaterales” de los bombardeos “preventivos”, pues al final ya se sabe que siempre es el pueblo llano el que acaba sufriendo las peores consecuencias de los impulsos belicistas. Impulsos que se sabe como empiezan, pero nunca se sabe cómo pueden acabar, ni que consecuencias pueden tener en la política internacional en general. El hecho de que cinco países tan significativos como China, India, Brasil, Alemania y Rusia no hayan apoyado la resolución “intervencionista” del Consejo de Seguridad de la ONU, es algo que debiera tenerse muy en cuenta, no sólo por el peso económico y demográfico de estos cinco países, y los que coinciden con ellos (bastantes más de la mitad de este Planeta), sino por su alcance simbólico y estratégico.

La resolución del Consejo de Seguridad del 17 de marzo, por su fondo y su forma, revela que aún no hemos superado determinados enfoques de la política internacional que han sido causa de muchos males y problemas y cuyas consecuencias últimas todavía están por determinar. ¿Hasta dónde pueden conducir los criterios de intervención? ¿Pueden llegar a causar más muertes y destrucción que la que dicen que intentan evitar? ¿Qué consecuencias concatenadas pueden implicar?

Haríamos bien en recordar, en este sentido, que las intervenciones colonialistas del pasado se intentaron justificar inicialmente por razones humanitarias y piadosas. Lo que se pretendía –nos decían entonces– era salvar de la barbarie a los pueblos atrasados y permitir que se civilizaran (o cristianizaran), mientras –lógicamente– administrábamos sus riquezas y recursos “en bien de todos”. La experiencia histórica demostró bien a las claras qué era lo que realmente había tras aquellas palabrerías. Por eso, ahora son muchos los que no pueden dejar de pensar en el petróleo, mientras escuchan las más sentidas peroratas sobre el sufrido pueblo libio. Habrá que ver si al final ese pueblo libio, al que ahora se afirma que se quiere salvar, no se acabará revolviendo contra las propias potencias “salvadoras”, como antaño ocurrió en contra de los ocupantes colonialistas.

A muchos le hace gracia –o les hacía– la famosa advertencia de aquel político insigne que sostenía que “la política hace extraños compañeros de cama”. Pero, la verdad es que muchos ciudadanos empiezan a sentir un gran hastío ante algunas formas de hacer política. Y aun no se sabe si, llegado el caso, determinados camaleones de las relaciones internacionales intentarán retornar a la política de los achuchones públicos y la jaima de invitados. O, lo que es peor, si no se les ocurrirá algún despropósito todavía mayor, orientado a tapar tantas vergüenzas. Tiempo al tiempo. De momento, yo tengo apostada una comida con una responsable política a la que tengo en alta estima; apuesta que me gustaría mucho perder.