El PSOE entiende que es tiempo de mirar hacia atrás y ver lo que se ha hecho mal. Pero, también ha de ser tiempo para reconciliarse con lo que se ha hecho bien y defender los ideales de un partido herido por desafección que, sin embargo, ha significado mucho en la historia de la España que hoy conocemos. Es hora de recordar que, bajo el mandato del ahora denostado José Luis Rodríguez Zapatero, España vivió uno de los momentos de mayor esplendor en el avance de los derechos democráticos y de las libertades de los individuos. Pese a ello, la falta de firmeza y coherencia a la hora de buscar salidas a una crisis que se reconoció tarde, ha hecho que se dilapide ese esfuerzo y ese trabajo donde los valores socialistas, aquellos que se han identificado con muchos españoles durante más de 30 años, estaban presentes. El PSOE tiene que evitar repetir errores pasados, donde ignorar las necesidades de los ciudadanos y dejar a Europa imponer sus reglas a base de recortes y tijeretazos marcó la norma y ha de abrazar la esencia que define al partido y girar sus políticas hacia la consecución de un proyecto liderado por una verdadera socialdemocracia que tanto necesita España.

Ahora es fácil difundir entre el electorado, como lo hace constantemente el Gobierno, el fantasma de una herencia que no es sino la consecución del sometimiento del crecimiento a ciclos económicos donde muchas de las burbujas generadas durante la época en la que José María Aznar fue presidente, explotaron arrastradas por la crisis de deuda que llegó desde Estados Unidos, dentro de la lógica de una economía globalizada que entiende ante todo y sobre todo de beneficios. El PP, sin embargo, exprime el discurso y busca eximir su culpa e ignora que, con la excusa de sacarnos de la crisis, ha hecho reformas que condenan a los ciudadanos a una vida peor que la que conocían; que excluye del mercado laboral a jóvenes, parados de larga duración y personas de más de 40 años; que empuja a procesos de exclusión social a muchas familias; y que hacen tambalear la sanidad y la educación –hasta ahora derechos universales— ante la amenaza de privatizaciones y copagos (Wert se apunta también a esta fórmula), que agudizan las diferencias sociales e incrementan una brecha entre pobres y ricos de dimensiones hasta el momento desconocidas.

Pero no solo la idea de la herencia revolotea en el imaginario social que rodea al PSOE. El partido socialista ha de pelear por, desde el cambio, romper el cliché de la sombra del bipartidismo, como algo peyorativo que actúa en connivencia entre las dos fuerzas dominantes para lograr beneficios propios, si quiere recuperar a sus votantes defraudados. El partido es víctima de aquellos que ven en la alternancia PP-PSOE, una forma de perpetuar relaciones de poder donde los intereses particulares se imponen al bien común. Se ha extendido la percepción de que el PSOE y el PP son lo mismo. Afortunadamente tan solo es una apreciación populista y simplista de una realidad donde, otra vez, los matices marcan la diferencia. Matices como la disposición de Elena Valenciano a responder a las preguntas de los periodistas el día 25 por la noche tras las fallidas elecciones, mientras su oponente popular, Miguel Arias Cañete, se ponía frente a la prensa de la mano de la secretaria general de su partido, María Dolores de Cospedal, y se negaban juntos a dar la palabra a los medios.

Ese ha de ser el camino: dar siempre la cara y rendir cuentas a aquellos que te votan, que te eligen, porque son ellos quienes tienen derecho a pedir explicaciones de la gestión de los que gobiernan, que no son sino trabajadores elegidos democráticamente por los ciudadanos y que han de trabajar para y por ellos. No deberían de caer los partidos consolidados, si quieren reconquistar la confianza del electorado, en descalificaciones hacia aquellos que han aparecido pisando fuerte en las urnas. Resulta fácil descalificar a los partidos emergentes que han irrumpido en los resultados de las elecciones acaparando votos y alzando su voz. Son muchos los exabruptos que se pueden escuchar en estos días hacia partidos como Podemos, que para sorpresa de algunos (los que han preferido mirar hacia otro lado y han descuidado a la gente y a sus necesidades) han obtenido 5 escaños en sus primeras elecciones. La descalificación, el insulto, la minusvaloración o incluso, el empeño por buscar “basura” en estos partidos o sus integrantes, no hace sino reforzarles. Esta estrategia convierte en héroes a los insultados e invita a creer que se buscan razones ocultas y teorías conspiratorias para evitar perder la bicoca del poder. En contra de esto, hay que hacer autocrítica y buscar las razones que hacen que los ciudadanos confíen en “fórmulas milagrosas” ante la desesperación de una situación que les ahoga y que no ha encontrado alternativas en la oposición, perdida aun en debatir fracturas internas.

El PSOE ha de mostrarse fuerte, seguro de sí mismo, orgulloso de su proyecto, el que han de diseñar ahora con toda la información que el electorado les ha dado en estas elecciones. Un proyecto que han de encontrar y encauzar hacia la coherencia, siendo siempre consecuente con los ideales con los que se ha identificado a lo largo de la historia. Ha de recuperar el rumbo si quiere ser contemplado como opción para aquellos que reniegan del austericidio impulsado por el Señor Rajoy. Si los votantes han mirado para otro lado, habrá que saber qué se aporta desde ese lado y por qué desde ahí se ha captado la atención de un sector de votantes que se han sentido identificados con un proyecto que conecta con ellos. El peligro de la imposibilidad de materializar esos ideales y las dudas de la viabilidad de las propuestas son más que razonables. Sin embargo el camino ha de ser ese: el de la empatía. Recuerdo la campaña de las elecciones de 1982, donde un joven Felipe González obtenía la mayoría absoluta con un eslogan sencillo que encerraba, sin embargo, un cúmulo de propósitos concentrados en tres palabras “Por el cambio”. Explicaba entonces González que “ese cambio” se concretaba en una sola idea: conseguir que España funcionase. Ese ha de ser ahora el objetivo. El PSOE ha de diseñar un proyecto que haga funcionar a España. Mientras, el PP seguirá felicitándose de un éxito marcado por el desplome del número de sus votantes (2,6 millones menos que en las últimas elecciones generales), congratulándose por mejoras económicas que solo afectan y disfrutan unos pocos, y desoyendo el mensaje de los españoles, heridos de pesimismo, y sedientos de fórmulas que, al menos, le devuelvan la esperanza. Una esperanza que les impulsa a elegir a quienes escuchan lo que reclaman y les dicen que van a trabajar en esa dirección, independientemente de que exista viabilidad en el camino propuesto.Ahí es donde desde la experiencia, la razón y la lógica los partidos grandes han de buscar alternativas reales que se puedan materializar.