La Iglesia y la moral judeocristiana dominante en aquellos años consolidaban su poder mediante la manipulación del lenguaje y su corrupción, hurtando al debate y al pensamiento lo que consideran escabroso o nocivo en materia sexual. Corrupción del lenguaje que actualmente cuando existe una amplia libertad sexual, solo se manifiesta en la tergiversación del significado de las palabras por razones políticas e ideológicas y que se ejemplifica en el recientemente publicado “Diccionario Biográfico Español” de la Academia de la Historia donde delincuentes que se rebelaron contra el poder constitucional democráticamente establecido son llamados mártires, la rebelión militar se convierte en Cruzada, el dictador en Caudillo y la dictadura franquista se transforma en un simple estado autoritario.

En mi generación estudiábamos durante el Bachillerato el francés como segundo idioma pese a que el inglés ya comenzaba con brío a manifestar su dominio casi monopolístico. Nuestros profesores para animarnos nos decían que el francés era la lengua de los diplomáticos por la precisión de sus términos mientras que, en cambio, nuestro español hacía y hace uso y abuso de las imágenes y los tropos. Los castellanos parlantes utilizamos constantemente las metáforas, las imágenes, los símbolos, las metonimias y los sinécdoques, complicando nuestro lenguaje y haciendo que lo que podría considerarse como expresión de la riqueza de la lengua, se convierta en un argot incomprensible para un extranjera incapaz de conocer los mil y un matices que varían radicalmente el significado de las palabras. (Recordemos el «Diccionario secreto» de Camilo José de Cela o ese programa de radio que circula por internet y que explora como el mismo termino analizado por Cela combinado con las diferentes preposiciones que adornan la lengua castellana es capaz de alcanzar una riqueza expresiva que podríamos llamar surrealista y que nos hace, por lo menos a mí, enorgullecerme de nuestra lengua castellana).

Pero a esta polisemia popular fruto de la cotidianidad se une, en la era de la cultura de masas, una nueva polisemia orientada a pervertir y manipular el lenguaje por motivos políticos e ideológicos y que consecuentemente empobrece y aliena al ciudadano anulando su espíritu crítico. Me refiero a la práctica actual de aplicar a un término concreto una palabra diferente, neutra o incluso positiva, que permita reducir la gravedad del concepto y su posible rechazo social o también a las prácticas contrarias que consisten en cargar de connotaciones negativas a términos que molestan al stablishment o de connotaciones positivas a términos defendidos por la ideología dominante.

Como nuevos Fray Gerundios de Campazas los medios de comunicación social y los comunicadores de toda índole corrompen el lenguaje impartiendo patentes de corso a los términos que chirrían en la conciencia social o que son gratos al sistema y apartan del universo biempensante aquellos otros que a quienes chirrían es a los que detentan el poder.

Tenemos múltiples ejemplos de ambas prácticas corruptoras del lenguaje. Si hablamos de reducir la gravedad de los términos que no son políticamente correctos y que generan rechazos sociales tenemos ejemplos clásicos como llamar a los terroristas de ETA el «movimiento vasco de liberación» cuando se intenta negociar con ETA al margen de consideraciones morales, o calificar como “corruptos” a los que solo son simplemente “ladrones” que roban a los ciudadanos apropiándose del dinero público de quienes hemos pagados nuestros impuestos, o “financiación ilegal de los partidos” a comportamientos mafiosos por los que una organización, en este caso política, se auto organiza para robar y extorsionar a los ciudadanos en beneficio propio y en el de sus dirigentes.

Pero es que además, la ideología dominante y la crisis, la lucha contra la crisis, ha popularizado y extendido la corrupción del lenguaje mediante la anatemización de términos que se sitúan en el imaginario político de lo políticamente correcto como conceptos espurios que no deben de ni tan siquiera considerarse, o por la sacralización de otros términos que ni tan siquiera se discuten por que se consideran dogmas de fe y positivos per se. La corrupción del lenguaje esconde una guerra ideológica en la que la ideología dominante, la liberal conservadora, condena a la desaparición y a la exclusión social a la ideología dominada, la socialista, condenando al olvido y cargando de connotaciones peyorativas los términos que definen sus instrumentos para la transformación de la sociedad.

En España y en los países del primer mundo para la sociedad biempensante, para las elites culturales y políticas, términos como banca pública, empresa pública, coparticipación en el gobierno de las empresas, redistribución de la renta están cargados de connotaciones negativas que hacen que incluso políticos socialdemócratas no solo no las pongan en práctica, sino que incluso, no las pronuncien ni los consideren como posibles medidas en su programas políticos. Son términos que están radicalmente excluidos del discurso político por antiguos, pasados de moda, desagradables y recordatorios de asalto al palacio de Invierno que cada vez está más lejos del imaginario popular. Desigualdades sociales, exclusión social, explotación del hombre por hombre, lucha de clases, plusvalías, ley de la selva… son palabras que no se pronuncian y que se ocultan para no reflexionar sobre ellas por miedo a que la razón o el sentimiento planteen soluciones que choquen con los intereses de la sociedad establecida.

Por otra parte términos como economía de mercado, equilibrio presupuestario, libertad de mercados, libertad de enseñanza, libertad de expresión, defensa de los servicios públicos o estado del bienestar llenan los discursos de políticos conservadores y no tan conservadores con expresiones vacías de contenido y convertidas en meros eslóganes captadores de votos sin que los que los pronuncian conozcan su contenido o estén de acuerdo en su definición y mucho menos en su aplicación.

En una sociedad de la comunicación donde «el medio es el mensaje», donde como decía José Luis Sampedro «Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento» uno de los instrumentos más eficaces para perpetuar el dominio del hombre por el hombre es la corrupción del lenguaje que impide el debate, hurta y esconde los problemas sociales y sacraliza las falsas soluciones que aporta la ideología dominante.

Quizás por ello y hoy más que nunca es necesario luchar por la pureza de la lengua, lucha que solo puede basarse en la recuperación del valor de las palabras y en la precisión de sus definiciones. Cuando podamos recuperar para nuestro vocabulario todo tipo de palabras sin exclusiones y cuando podamos en el dialogo saber lo que queremos decir y lo que dice nuestro contertulio, habremos dado un paso histórico para volver a caminar en busca de la utopía sobre la base del pensamiento y del dialogo.

Porque y no lo olvidemos, la corrupción del lenguaje no solo es patrimonio de la derecha, también contamina a la izquierda, que sin que se le altere el pulso llama “flexibilizar el mercado de trabajo” al despido libre, “reformar el sistema de pensiones” a reducir las prestaciones a los pensionistas, “ultraactividad” a prorrogar la vigencia de los convenios si una de las partes no quiere renegociarlos, o “mercados” a lo que no son más que especuladores financieros al servicio de la oligarquía financiera internacional y a los que no les importa la explotación y miseria de los ciudadanos y los países.

Y en este debate, fundamentalmente ideológico, seguimos frente a los ciudadanos sacramentalizando términos, al menos equívocos, y alejados de sus realidades cotidianas como “procesos de primarias”, “conferencias políticas”, “barones territoriales”, “listas integradoras”, etc. y donde “para abrir el partido a la ciudadanía” fichamos en las listas electorales a extravagantes personajes que se supone certifican nuestro aperturismo, o al menos nos dan una nota de color…