Estas duras cifras, que remueven nuestras conciencias o deberían hacerlo, chocaron hace unos días con la mirada de un niño, mi hijo de cinco años, cuando me preguntó: ¿Papá, cuanto son “millones”, es mucho verdad? Sin saber a qué se refería le dije que sí y respondió “pues no es justo” con cara de tristeza. Me explico a qué se refería, que lo había visto en la televisión y me preguntó por qué mueren tantos niños si hay comida para todos.

Esta inocente pregunta encierra la tragedia del mundo en que vivimos, donde el conformismo y la justificación de lo que ocurre está presente hasta en aquellas personas que más luchan por cambiar las cosas. Objetivamente, se han realizado avances importantes en relación a conseguir el objetivo del milenio de reducir la mortalidad de los niños menores de cinco años en dos terceras partes entre 1990 y 2015. Es cierto que en 1990 el número de muertes de niños menores de cinco años fue de 12,5 millones y en 2008 bajó hasta 8,8 millones.

¿Podemos estar contentos porque en 2008 murieron 10.000 niños menos por día que en 1990? La respuesta es sí, pero ¿Es suficiente? ¿Qué ocurre con los 24.110 que seguían muriendo al día? ¿Hacemos todo lo que podemos individual y colectivamente como Estados? Rotundamente, no. No con mayúsculas.

Vivimos en un mundo donde el progreso científico-técnico y el crecimiento económico han llegado a niveles notables. Pero, sigue habiendo miles de millones de personas que no tienen cubiertas sus necesidades básicas, hasta el extremo que millones de ellas mueren cada año, en una suma incesante cada día, cada semana, cada mes. Este es el mejor ejemplo de que el capitalismo financiero y este tipo de globalización y sociedad no funcionan y son un fracaso.

La tragedia continua a pesar de los avances, y lo dramático es que son muertes que en su mayoría se pueden evitar porque las causas podrían prevenirse y tratarse si de verdad éste fuera un objetivo prioritario en la esfera internacional. La sociedad, que nos aparece en los medios de comunicación, cada vez muestra menos sensibilidad y reacción ante prácticamente nada que no interese a los poderosos.

Estamos ante la peor sequía de los últimos 60 años en el Cuerno de África. En Kenia, Etiopía, Somalia y Yibuti hay 12,4 millones de personas con extrema necesidad de ayuda, mientras la situación empeora por momentos. Se necesitan ya, de manera urgente para que no mueran de hambre 1.400 millones de dólares, pero esta información ya no abre ni los telediarios, porque lo que parece importante son las noticias de la bolsa o los deportes que van en primera.

Que es más real en estos momentos, que en 2008, uno de cada siete niños de África murió antes de los cinco años de edad. O que se respeta en el mundo la Convención sobre los derechos de la infancia que dice que la infancia tiene derecho a cuidados y asistencia especiales.

Que es más real en estos momentos, que los 34 países con tasas de mortalidad superiores a 100 por cada 1000 niños nacidos vivos, pertenecían a África subsahariana, salvo Afganistán. O que los niños de esos países, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, crecen en el seno de una familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión.

Que es más real en estos momentos, que cuatro enfermedades -neumonía, diarrea, malaria y SIDA- son responsables de casi el cincuenta por ciento de todas las muertes a nivel mundial de niños menores de 5 años, cuando la mayoría se podría haber salvado con medidas de prevención y tratamiento de bajo costo. O que los Estados trabajan activamente para hacer efectivo el artículo 6 de la Convención de la infancia donde dice que los Estados garantizarán en la máxima medida posible la supervivencia y el desarrollo del niño.

Desgraciadamente, son más reales las muertes que los compromisos de la Convención de la Infancia. Es más real la tristeza de mi hijo que el compromiso directo de cada uno de nosotros. Aunque creo que si cambiamos nuestros objetivos, si cambiamos en los Objetivos del Milenio la palabra reducir por erradicar, y si presionamos como ciudadanos podremos evitar esas muertes. Yo, lo voy a hacer con mi hijo.