La agenda política y periodística se encuentra copada día tras día por conceptos como el control del déficit y los recortes. Ni rastro de una iniciativa o una decisión en orden a aminorar el desempleo o crear trabajo.

El mantra universal es la “austeridad”. Sin embargo, en tiempos de recesión, la austeridad prematura, como advierte Krugman, solo conduce a más contracción de la economía y a más destrucción de empleo. El crecimiento negativo de la zona euro en el último trimestre de 2011 constituye una prueba palmaria de esta realidad. ¿Por qué no se rectifica entonces?

El directorio germano-francés se ha visto obligado a incorporar al orden del día del próximo Consejo Europeo un “plan para el crecimiento”. Pero mucho nos tememos que se trate de un simple ejercicio de imagen, porque cuando los periodistas preguntan a la canciller Merkel sobre el contenido de tal plan, tan solo alude vagamente a reformas en las normas laborales y a reformas “para ganar competitividad”. Y en lenguaje “merkeliano”, reformas y competitividad equivalen nuevamente a austeridad. Y vuelta a empezar.

El Gobierno de España, por su parte, ni se molesta en jugar con las imágenes. Rajoy y Montoro nos han aclarado que solo tienen tres puntos en su orden del día: ajustar el déficit, reformar el sistema financiero y acomodar el marco laboral a las exigencias de los patronos. Punto. Ni en el debate de investidura, ni en la entrevista cocinada con EFE, ni en el único decreto-ley aprobado hasta ahora, hay pista alguna sobre una política conducente a resolver el primer problema de los españoles: el paro.

Los debates parlamentarios están monopolizados por la desviación del déficit. Los debates en las comunidades autónomas se limitan a su supervivencia financiera y al alcance de los recortes en el gasto público. Los acuerdos entre empresarios y sindicatos solo avanzan en asuntos como el absentismo laboral, las mutuas o la supresión de “puentes” en el calendario. Y los socialistas seguimos enfrascados en el debate posible sobre el debate de candidatos para el debate sobre el congreso.

La composición de la agenda política tiene muy poco que ver con las preocupaciones de los ciudadanos, por lo que no debiera sorprendernos tanto la desafección popular respecto a los políticos y las instituciones.

En unos días tendrá lugar la enésima cita de los mandatarios europeos para hacer frente a la crisis. Se trata de una buena oportunidad para que los progresistas de España y del resto del continente hagamos pública una propuesta de agenda alternativa. Hablemos de empleo, que es lo que interesa a la gente, muy especialmente en nuestro país.

Varias ideas. Revisemos el calendario y el ritmo en el proceso de consolidación fiscal y de control de los déficits públicos (como propone Rubalcaba). Retrasemos el cumplimiento del objetivo del 3% y aprovechemos el margen para acometer un plan de estímulo público a la actividad económica y el empleo. Anticipemos una reforma sobre todas las pendientes: la creación de un impuesto sobre las transacciones financieras internacionales, con el que financiar aquella iniciativa keynesiana. Otorguemos autoridad al Banco Central para impedir los ataques especulativos sobre las deudas soberanas. Blindemos el modelo social europeo… ¡Y centrémonos en crear puestos de trabajo!