La alta ocupación, el bienestar material que se derivaba de la ampliación constante de la oferta de bienes de consumo y el acceso creciente a los servicios públicos empoderaron a los trabajadores y estos aumentaron continuamente su poder y capacidad reivindicativa, lo que se traducía en salarios más elevados y mayor influencia política y social de los partidos progresistas. Algo que al principio no suponía mucho problema para los capitalistas porque la enorme productividad y el crecimiento intensivo permitían sufragarlos sin perder un ápice de las ganancias.

El que fue ministro y presidente de la entonces llamada Alemania occidental, Gustav Heineman, definió de un modo muy expresivo lo que se necesitaba para que la situación se mantuviese así en beneficio de todos: «ganar mucho dinero, tener soldados para defenderlo e iglesias bendiciéndolo todo».

Pero esos «años gloriosos» comenzaron a dejar de serlo.

El expansión ilimitada de la producción de bienes de consumo no es posible y los mercados se saturaron. Las reivindicaciones crecientes de los trabajadores empezaron a amenazar, no solo las ganancias, sino también el poder de decisión de la clase capitalista.

Eso hizo que poco a poco se fuera fraguando entre los grandes grupos económicos y financieros la convicción de que era necesario dar una vuelta de tuerca, un giro radical en la política, en la economía y en toda la sociedad para limitar el poder de los trabajadores y poner en marcha otro régimen productivo que permitiese recuperar los beneficios, que se hundían por momentos.

Después de algunos años de tensión y conflicto comenzaron a darse las primeras respuestas con dictadores que acabaron con las experiencias de Gobiernos progresistas y en Estados Unidos y Reino Unido con la victoria electoral de Thatcher y Reagan, que emprendieron lo que ellos mismos denominaron una «revolución conservadora», que luego se conoció como el neoliberalismo.

En contra de lo que se suele creer, todo estaba perfectamente orquestado. Los golpes de Estado sanguinarios no se dieron por veleidades de algunos militares reaccionarios. Fueron una puesta en marcha teledirigida y apoyada por economistas neoliberales de la Escuela de Chicago y por los Gobiernos de las grandes potencias, de auténticos laboratorios para la aplicación de las medidas económicas con las que se pretendía dar la vuelta a la tónica de reparto de la riqueza hasta entonces dominante.

Cuando estas experiencias se fueron consolidando se pudo pasar a otra fase más tecnocrática y aparentemente aséptica en la que comenzaron a aplicarse políticas llamadas de ajuste y que, en todo caso, respondían a los mismos principios y objetivos: privatizar lo más posible, eliminar derechos laborales, o aliviar la carga fiscal que pesaba sobre las rentas del capital y las grandes empresas, entre otros que hemos visto y seguimos viendo aplicar día a día en los últimos años.

Paralelamente, la revolución tecnológica permitió producir de otro modo para poder superar los límites que generaban mercados ya saturados de tanto consumo. Con ellas se generalizó la diferenciación de los productos que consigue que los consumidores compremos cada vez más y sustituyamos antes los productos creyendo que se nos presentan variedades nuevas y más útiles de todos ellos. Y gracias también a las nuevas tecnologías los mercados financieros se convirtieron en un casino global en donde se podía ganar dinero en cantidades y a velocidades inusitadas.

Todo ello fue lo que consiguió que en unos años se recuperase el beneficio empresarial en detrimento de los salarios, cuyo peso en el total de los ingresos ha llegado a ser el más bajo de los últimos ochenta o noventa años. Pero nada de eso se podría haber logrado sin domeñar políticamente a las clases trabajadoras. Y eso se consiguió, por un lado, desmantelando por todas las vías posibles (incluyendo el asesinato) sus medios de defensa y, por otro, propiciando un cambio cultural, ideológico y de valores, que creó una nueva mentalidad social sumisa y una sociedad compuesta de átomos individuales incapaces de crear lazos colectivos y solidarios entre sí.

Margaret Thatcher decía que «no hay sociedad, hay individuos» y eso fue efectivamente lo que consiguieron que hubiera mediante las políticas que pusieron en marcha.

Con el desempleo y la precariedad que producen las políticas aplicadas se atemoriza, debilita y desmoviliza a los trabajadores, haciendo que pierdan influencia y poder político frente a la clase capitalista. Y, por otro lado, los medios de comunicación y las diferentes vías de crear valores y de conformar los comportamientos humanos sirvieron para generalizar el individualismo y la fragmentación social. Se degradaron o incluso desaparecieron los espacios de convivencia y encuentro colectivo, se promovió el aprecio a la diferencia y a la distinción como símbolo de estatus y bienestar y se creó el imaginario que hacía creer que los problemas que tenemos son propios de cada uno de nosotros. Se consiguió convertir a las personas en seres ensimismados, incapaces de percibir que nuestros problemas son también del otro o de la otra y que, por tanto, hemos de ir de su mano para tratar de resolverlos. Las personas desempleadas lo están, según se dice, porque no tienen «emplebilidad». Es decir, como si lo estuviesen como consecuencia de un problema o condición personal y no de las que crea la política o el entorno. Y es lógico, por tanto, que quien cree que está parado por eso actúe solo sobre él o ella misma (tratando de ser «empleable»), y que no trate de cambiar las condiciones políticas o de entorno, porque no percibe que éstas sean las responsables de su situación.

Así ha creado el neoliberalismo otra civilización, otros seres humanos (o quizá mejor dicho, inhumanos). Ha sido capaz de crear la ficción de que la sociedad es una foto fija, un simple fondo inamovible en el que proyectamos nuestra sombra, que es lo único, si acaso, que podemos ir cambiando. Nos ha convertido en seres que se creen átomos suficientemente alimentados por su propia fuerza o decisión autónoma.

No reaccionamos ante lo que pasa a nuestro alrededor, porque apenas si interactuamos con los demás, porque no percibimos lo que está fuera de nosotros como nuestro ni a los demás como parte de nosotros. Porque no sufrimos cuando otros sufren, ni lloramos o reímos cuando los demás lo hacen. Porque no nos sentimos próximos nada más que de nosotros mismos. O, a lo sumo, porque ahora sentimos que lo estamos solo a través de una pantalla. Porque nos han confinado en una soledad paralizante que lleva a pensar que hasta el daño que sufrimos nos lo originamos nosotros.

¿Y qué fuerza política conocen ustedes que se haya propuesto actuar sobre estas limitaciones, que nos proponga un modo de sentir y de ser diferente, que nos ofrezca en la práctica, es decir, habiéndolo puesto en marcha, otro modo de actuar y de relacionarnos, en la vivienda, en los espacios urbanos, en las finanzas, en la enseñanza, en el consumo, en el modo de disponer y utilizar los recursos para producir bienes…? ¿qué fuerza política conocen ustedes que conviva en el día a día con nosotros, que esté a nuestro lado ayudando a que seamos y vivamos de otra forma, que nos organice y movilice allí donde están las fibras que verdaderamente hacen que la gente tome conciencia, se movilice y reaccione?

Aunque sea muy de izquierdas y propongan programas radicales, siguen haciendo política en el más allá. Ni nos humanizan ni son capaces de liberarnos, porque están lejos de nosotros, en otro universo. Por eso no logran movilizarnos ni hacer que reaccionemos. Lo haremos cuando logremos mirarnos a la cara sin distinción, cuando las personas normales y corrientes logremos encontrarnos y marchar juntas. Cuando la política sea más humana y se haga mucho más humanamente.