Hace solo dos años, 15 de cada 100 españoles situaban el terrorismo etarra entre sus principales temores, en el año 2007 la proporción superó el 45% y durante la etapa de Gobierno del PP (1996-2004) este indicador jamás bajó del 30%.

En aquella época, cuando el terrorismo campaba a sus anchas, ningún analista en su sano juicio hubiera excluido los crímenes de ETA del primer plano en el debate político y electoral. Y ahora, cuando ETA se encuentra acorralada y España está a punto de ganar una batalla histórica, el asunto solo gana actualidad con los peródicos exabruptos de Aznar.

Es cierto que aún no podemos cantar victoria. ETA no ha emitido ese último comunicado que todos esperamos, incluidos los suyos. La organización terrorista no se ha rendido, no se ha disuelto ni ha entregado las armas. Es verdad. Pero también lo es que hace más de dos años que no mata, que la “kale borroka” ha desaparecido de la calles, y que la base política de ETA ha tomado la decisión aparentemente irreversible de renunciar a la violencia y participar en las instituciones democráticas. Incluso los presos de la banda se desmarcan de la acción armada mediante comunicados públicos.

Es verdad que no se debe bajar la guardia. Que aún quedan unos cuantos asesinos sueltos. Que los criminales siempre tienen vocación de matar. Y que no han llegado a esta situación agónica por voluntad propia, sino por la acción eficaz del Estado y sus fuerzas de seguridad. La gran mayoría de los españoles no compartimos casi nada con los “abertzales”, pero preferimos verles en campaña electoral, con el permiso vigilante de la Justicia, antes que pegando tiros y poniendo bombas.

Por tanto, es justo reconocer que se han producido avances muy importantes, sin «mendigar» ningún gesto ni «pagar» precio alguno. Y si los fracasos políticos exigen una paternidad responsable, también los éxitos han de identificar a sus hacedores. El gran hacedor de este éxito colectivo se llama Alfredo Pérez Rubalcaba. La derecha le negará los galones, Aznar le insultará, pero los españoles saben de su esfuerzo y se lo reconocen. Las encuestas también reflejan esto.

Ninguno de los intentos de la democracia por negociar el fin de ETA resultó positivo pero, analizados en perspectiva, cada uno de aquellos procesos han servido para deslegitimar definitivamente a la organización ante el conjunto de la sociedad y ante sus propios seguidores. La negociación no sirve, porque los asesinos solo buscan asesinar, mientras les quede oxígeno. Por eso la estrategia que ha funcionado en estos últimos años ha sido la de negar el oxígeno a la banda. La presión policial, la colaboración internacional, la implicación ciudadana, el aislamiento social… han acabado por asfixiar la dinámica criminal que siempre mantuvo bien sujetas las riendas de ETA.

No hay nada que agradecer a los terroristas ni a sus amigos. Si ETA ya no mata, si ETA se encuentra en las últimas, si sus seguidores han visto la política democrática como única salida, no es fruto de una reflexión racional, ni un ejercicio de empatía hacia sus víctimas, ni una concesión a la voluntad de la mayoría. Hacen lo que hacen porque no les queda más remedio. En consecuencia, hay que mantener la presión, vigilarles de cerca, y hacer uso de la policía y de la Justicia para evitar que sigan delinquiendo desde las instituciones.

Pero aquellos que no fueron capaces de vencer a ETA cuando gobernaban, y que hicieron siempre un uso torticero del debate terrorista para pescar votos, debieran ahora reconocer los avances logrados por el gobierno socialista. Aunque solo fuera para celebrar el triunfo de la racionalidad sobre la barbarie. Vana esperanza:porque siempre quedará Aznar para estropearlo.