El 38 Congreso será el punto de partida en una tarea apasionante y ardua para acometer cambios profundos en el programa, en el discurso, en el modelo de organización y en las formas de relación de nuestro partido con el resto de la sociedad. Nadie cuestiona la necesidad y pertinencia de estos cambios, y la prioridad absoluta en el debate sobre su naturaleza y alcance. Nos lo jugamos todo en la recuperación de la confianza de millones de progresistas.

Ahora bien, el Congreso socialista también debe tratar sobre las personas que han de liderar este cambio. Las personas no son lo más importante, pero el debate sobre las personas y los equipos es imprescindible. La cualificación, el talante y el perfil de los dirigentes determinan en buena medida el éxito o el fracaso de las organizaciones impelidas a grandes reformas. ¿O hubiera resultado igual el trabajo del PSOE durante la última década con un secretario general llamado Bono, o Matilde Fernández, o Rosa Díez?

En este punto somos muchos los que consideramos que Alfredo Pérez Rubalcaba reúne las mejores condiciones para liderar un cambio solvente en el Partido Socialista. Su inteligencia, su experiencia, su capacidad de articular equipos, su tendencia a la integración de posturas, su sentido de la ponderación y su facilidad para comunicar, le habilitan para suscitar el apoyo de la mayoría de los delegados en el 38 Congreso. Sin desmerecer un ápice la legitimidad y los merecimientos de otros candidatos, que sin duda los tienen.

Porque la controversia entre lo viejo y lo nuevo es artificial. Cualquier propósito solvente de renovación en el proyecto socialista ha de partir de lo mejor de nuestra historia, de nuestros valores y de la experiencia que ha merecido recientemente más de siete millones de votos. No fue nuestro programa ni nuestros candidatos, en Madrid o en Barcelona, los que recibieron el rechazo ciudadano el 20-N, sino una trayectoria colectiva falta de coherencia y de credibilidad suficientes. Además, ¿a quiénes descalificamos por “viejos”? ¿A los que participaron en los últimos gobiernos socialistas? ¿A los miembros de las ejecutivas de Zapatero? ¿A los diputados? Nos quedaríamos sin mimbres para hacer el cesto nuevo.

Tampoco resulta útil la polémica entre las comas, los puntos y seguido o los puntos y aparte. Todos sabemos lo que hay que hacer. Mantener lo bueno y cambiar lo malo. Ni la continuidad total, ni el “penduleo” sin razón, ni el cambio lampedussiano para que todo siga igual. No es tiempo de refundaciones, sino de razones para un cambio con fundamento.

Idéntico descarte merecen las propuestas del “volantazo”. No llevan razón quienes recomiendan el giro a la ortodoxia dominante. “Si la gente vota azul, vistámonos de azul”, preconizan los dispuestos a vender el alma por el poder. Pero tampoco cabe el giro brusco a una izquierda fuera de la realidad, minoritaria y carente de oportunidades de gobierno. El PSOE es un partido claramente de izquierdas, un partido que aspira a representar a la mayoría social, y un partido para asumir la responsabilidad de gobernar.

Rubalcaba habla de cambio y de unidad. Ha propuesto un liderazgo compartido para reconstruir un partido de mayorías, intergeneracional, que integre dentro para integrar fuera. Un partido capaz de elaborar, defender y aplicar un nuevo proyecto socialdemócrata para la nueva sociedad tecnológica y globalizada de este siglo XXI.

Una nueva política. En la que el poder democrático se imponga a los “otros” poderes. Con una economía al servicio del progreso y de los derechos de ciudadanía, y no al revés. Apostando por la regulación financiera, por los estímulos públicos al crecimiento, por una fiscalidad progresiva, por la defensa firme del Estado de Bienestar, por la mejora eficiente de los servicios públicos, por un modelo productivo basado en el conocimiento, por la sostenibilidad ambiental, por la igualdad radical entre mujeres y hombres… Y por la unidad política y económica de Europa como única opción para la viabilidad de las políticas que han de combinar crecimiento y solidaridad.

Un nuevo partido. A la altura de las demandas de una ciudadanía informada, con criterio y que no se conforma ya con votar y callar. El PSOE ha sido una gran organización, para la movilización de masas obreras en el siglo XIX, y para el encuadramiento de los trabajadores en los conflictos sociales del siglo XX. Ahora, el PSOE debe convertirse en un partido democrático de participación abierta, permanente, sectorializada y permeable al uso de las nuevas redes tecnológicas.

Una oposición útil y firme, que sepa combinar la actitud constructiva en la defensa del interés general, con la beligerancia precisa frente a la derecha cuando intente aprovechar la crisis para desmantelar los derechos sociales. El PSOE no practicará una oposición meramente estética o testimonial, pero nunca servirá de coartada para decisiones que socaven un modelo de sociedad justo e igualitario. Un equilibrio sutil, pero imprescindible.

Y un partido nacional. Esta no es una cuestión baladí. Por aquí se nos ha escapado buena parte de nuestra credibilidad. El PSOE siempre apostó por la diversidad como fuente de riqueza y progreso común. Pero los ciudadanos quieren vernos como un partido capaz de vertebrar España en un proyecto colectivo y solidario, con el mismo discurso en todos los territorios. Defendemos el Estado de las Autonomías, porque de hecho hemos sido decisivos en su diseño y construcción. Ahora trabajamos para que el edificio sea habitable y confortable para todos los españoles. Un ejemplo: hace falta una legislación estatal de requisitos básicos que garantice calidad e igualdad de todos los españoles en el acceso a las prestaciones de sanidad y de educación, para hacer frente a los riesgos implícitos en los procesos de privatización y restricción de servicios emprendidos por algunas comunidades autónomas.

Tenemos las ideas para cambiar y acertar. Ahora debemos elegir un liderazgo solvente. Esta es mi respuesta al ¿Por qué Rubalcaba?