Bajo el título genérico de “New Deal”, el mandatario norteamericano llevó a cabo una estrategia basada en tres acciones concertadas: la regulación antiespeculativa de los mercados financieros, el estímulo público a la demanda de la actividad económica, y los grandes programas públicos de protección social. Normas claras para evitar que las finanzas socaven la estabilidad de la economía real. Inversión pública en infraestructuras para mejorar la competitividad y dinamizar la economía. Y justicia social para combatir la desigualdad y para incentivar el consumo.

La fórmula funcionó y entre 1933 y 1938 los Estados Unidos salieron de la crisis y experimentaron un crecimiento económico sólido y justo. Desde entonces, el New Deal y la figura del propio Roosevelt se convirtieron en paradigma de las recetas keynesianas y de las políticas socialdemócratas.

Si funcionó entonces, ¿por qué no aplicarlo ahora? Es cierto que esta iniciativa de tal envergadura no se encuentra al alcance de un país aislado como el nuestro, con unas limitaciones importantes en términos de recesión, de déficit presupuestario y con la soberanía monetaria residenciada en Europa. Pero sí cabe ensayar iniciativas de alcance moderado en el mismo sentido y, sobre todo, cabe plantear la pertinencia de un gran “New Deal” a escala europea. En el ámbito de la Unión sí existe capacidad política y margen económico para emular a Roosevelt y triunfar donde Merkel y compañía vienen fracasando.

Entre muchas barbaridades, la CEOE ha propuesto en estos días un programa de inversiones concertadas entre el sector público y el sector privado que tiene muchas similitudes con la experiencia roosveltiana que venimos mencionando. La patronal ha remitido al Gobierno un plan de inversión a cinco años con un monto de 80.000 millones de euros, para destinar a la construcción de los grandes corredores logísticos, a las obras hidráulicas pendientes y a las infraestructuras sociales en demanda. Según los empresarios del sector, podrían crearse nada menos que 480.000 empleos durante los dos primeros ejercicios, con una reversión fiscal del 60%. El dinero podría llegar del Banco Europeo de Inversiones y de los concesionarios privados.

Pero este Gobierno, como en buena medida le sucedió al anterior, admitámoslo, continúa paralizado por la amenaza de los mercados financieros sobre la deuda soberana. Hasta que los representantes democráticos de los ciudadanos europeos no logren sacudirse esa parálisis y no afronten sus responsabilidades frente a los intereses espurios de los especuladores financieros, no saldremos de la crisis y no recuperaremos la senda del crecimiento y la creación de empleo.

Al rememorar el “New Deal”, inevitablemente surge la comparación entre las visiones y las capacidades de liderazgo político de Franklin D. Roosevelt y la señora Merkel. Una comparación descorazonadora, desde luego.