El profesor Vicenç Navarro, por ejemplo, desde estas páginas, acostumbra a arremeter con suma dureza contra el Partido Socialista, sumido desde hace año y medio en un esfuerzo honesto y contrarreloj para reconstruir una alternativa progresista en nuestro país. Sus análisis generalmente muy certeros y sus propuestas valientes han servido en muchas ocasiones de inspiración para la tarea de la izquierda política española. No obstante, en ocasiones fustiga injustamente a la principal fuerza política de la izquierda, basándose en hechos que no se compadecen con la realidad y en valoraciones fácilmente rebatibles.

En su aportación de esta semana, bajo el título de «La falta de autocrítica del socialismo español», plantea algunos supuestos hechos ciertos que no lo son en absoluto. Los estudios demoscópicos más fiables, como los publicados por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), no reflejan «el declive», «el descenso» y «la decadencia» progresiva del PSOE, como sostiene el profesor Navarro para fundamentar su descalificación posterior. Es más, estos estudios demuestran que el PSOE se encuentra por delante del PP en intención de voto más simpatía, sin que esto suponga motivo de celebración alguna, ciertamente, porque los porcentajes de confianza se mantienen estables en niveles muy bajos desde las elecciones de noviembre de 2011. Pero no hay «declive» permanente.

Se plantea también que el Gobierno Zapatero «congeló las pensiones», asimilando esta acción a la amenaza cierta que desde el Gobierno actual se cierne sobre tal prestación pública para el futuro más cercano. Pero el profesor Navarro sabe que tal «congelación», aún siendo discutible, no afectó a las pensiones más bajas, y que el Gobierno socialista pactó con sindicatos y empresarios una reforma que garantiza la viabilidad del sistema público de reparto ante los evidentes intentos de sustituirlo por un sistema de capitalización privada. Evidentemente no somos lo mismo.

Se dice también que «nadie, repito, nadie» en el PSOE se manifestó contra la modificación del artículo 135 de la Constitución, cuando es de común conocimiento que personajes muy notables de la dirección del partido, del grupo parlamentario y de la militancia socialista mostraron su disconformidad, entre ellos Borrell, al que sí menciona el profesor Navarro. El propio Alfonso Guerra, que preside estas páginas, se expresó con mucha claridad. Y otros, entre los que me encuentro, nos opusimos en los órganos que un partido responsable de Gobierno reúne a la hora de adoptar decisiones serias, para no dar muestras públicas de disensiones internas que confundan aún más a los ciudadanos.

«El hombre clave» para aplicar las políticas económicas del anterior Gobierno no fue Rubalcaba, como se escribe. Rubalcaba no tuvo competencias en materia económica, y ya es de dominio público también la fuerte discusión que mantuvo con Zapatero a resultas del mencionado cambio constitucional. No, Rubalcaba no fue «clave» en aquel error, más bien intentó evitarlo. Tampoco se «aferró al sillón» del liderazgo del PSOE, sino que el «sillón» se lo entregaron los militantes socialistas en un proceso democrático abierto, limpio y muy participativo, aunque algunos legítimamente tuvieran otras opciones. Y, desde luego, no es cierto que «los seguidores de la otra candidata» fueran «excluidos» de la dirección del partido. Desde el presidente Griñán, hasta Eduardo Madina, Mar Villafranca, Maru Menéndez o Juan Fernando López Aguilar, que votaron por Chacón en el Congreso de Sevilla, forman parte hoy de la CEF del PSOE, a propuesta de Alfredo Pérez Rubalcaba precisamente.

Rebatir los juicios de valor es más difícil, pero en algunos extremos resulta casi obligado. Comenzando por el título del texto: si hay algo que no falta en el socialismo español hoy es «autocrítica». Sobre la generalidad o sobre aspectos concretos, en público y en privado, casi cada día los militantes socialistas se entregan con denuedo a la disección de lo hecho para plantear enmiendas parciales o enmiendas a la totalidad. Es lógico tras una derrota electoral, es razonable, es positivo incluso cuando ayuda a salir adelante. ¿Falta de autocrítica? No.

Opinable es también el calificativo de «neoliberal» que el profesor Navarro atribuye a la política del Gobierno socialista. Ciertamente se participó en las estrategias de austeridad que provenían de Europa, aunque poco margen se tenía entonces bajo la amenaza del «default» financiero. Y asimismo es verdad que aquello de «bajar impuestos también es de izquierdas» no pasará a los anales de las grandes citas socialistas. Pero equiparar globalmente las políticas socialistas a las políticas neoliberales de la derecha española no es justo, y tampoco se fundamenta en la realidad. El Gobierno socialista no acabó con la negociación colectiva, ni privatizó la sanidad pública, ni rebajó 20 puntos la cobertura social a los desempleados, ni finiquitó la aplicación de la ley de la dependencia, ni llevó al Parlamento una ley educativa segregadora…

Apuesta el profesor Navarro por un «enorme debate» como si fuera una idea novedosa. ¿Y qué es sino un «enorme debate» lo que está haciendo el PSOE desde hace año y medio? Otra cosa es que a unos u otros les guste más o menos los términos del debate y, sobre todo -me temo que aquí está la cuestión-, otra cosa es que a unos u otros les guste más o menos la personalidad que dirige este debate. Pero en democracia, esta última decisión no depende, afortunadamente, de uno u otro «opinador», sino de los votos libres de los militantes. Además, en su momento, el conjunto de la sociedad que comparte valores progresistas podrá elegir en unas primarias abiertas al candidato socialista para las próximas elecciones generales. ¿Por qué? Porque así lo propuso Alfredo Pérez Rubalcaba, precisamente.

Los «optimismos» y los pesimismos son todos legítimos y libres. Pero sería interesante evitar que la alternativa progresista que necesita este país se aplazara o se malograra por tanto fuego amigo…