“Eduard von Keyserling no tenía nada de pionero, pero siempre será amado y siempre gustará”

Thomas Mann

“Eduard von Keyserling es un escritor de una sensualidad asombrosa”

Marcel Reich-Ranicki

Buena parte de la producción literaria de Eduard von Keyserling, que fue alabada por Hermann Hesse y Arthur Schnitzler, tiene un mismo telón de fondo. Este no es otro que un sugerente y enigmático adiós a la Belle Époque. Estamos no sólo ante el fin de un siglo cronológico, sino ante el descubrimiento del final de un mundo. Sus novelas –recordemos entre otras Olas o Un ardiente verano- nos presentan a ese universo marchito de la aristocracia báltica de habla germana, el ocaso de un particular modelo de buen gusto y elegancia, encorsetado por las convenciones sociales de una clase social llamada a la extinción.

Y es que en von Keyserling, como buen romántico melancólico, nostálgico y triste, todo es refinado. Es elegante hasta su estilo literario, decadente, hermoso, perspicaz hasta el extremo, más insinuado que conversado, de tonos matizados, como una mancha alargada que cubre todo el espectáculo de su literatura.

“En el jardín, las rosas y las dalias empezaban a florecer, y olía a grosella y a ciruela. Un vapor azul caía sobre las colinas. Llevaban los gansos a las rastrojeras…”. Son unas líneas de Un ardiente verano. La prosa de von Keyserling es lo que es: color, olor, luz y hasta sabor, maravillosas descripciones de interiores y exteriores, plenas de fragancia, lirismo y sensualidad –palabras audibles, comestibles, visibles– que con suaves pinceladas dibujan paraísos exclusivos en trance de perderse

Llama especialmente la atención lo poco que se le ha leído en castellano. En las librerías españolas disponíamos solamente de Olas. Máxime si tenemos en cuenta el éxito de otros autores de épocas no tan lejanas. Recordemos a Chéjov, Zweig, Roth, o el muy próximo Thomas Mann que siempre lo consideró un maestro. Nocturna Ediciones ha tenido el acierto de ofrecer al público de habla hispana la que posiblemente es su novela más emblemática, la más popular. Una obra que terminó poco antes de morir, en 1918, cuando ya era ciego, como consecuencia de una sífilis, y que dicto de vida voz a sus hermanas.

Puede parecer una afirmación de trazos fuertes, pero Princesas es un retrato social del amor y de la pérdida. La novela discurre como un río atravesando un llano: lento, cantarín, inmerso a la vez en el paisaje que le circunda: naturaleza pura. Todo gira y se sostiene sobre esta particular melancolía: la ingenuidad del amor juvenil, el dolor del amor derrotado, la esperanza del amor correspondido. El lenguaje, los diálogos a media voz, la etiqueta en los gestos, subraya la sutilidad de la novela. Los protagonistas, tocados por el rayo del declive, danzan alrededor de la corte de un pequeño principado arruinado, incapaz de adaptarse al cambio de los tiempos ¿Qué hacer ante la posible ruina?

Esa parece ser la principal preocupación de la soberana del país, la viuda Adelheid von Neustatt-Birkenstein que, retirada en la campiña, lejos de la vida cortesana y ciudadana, duda entre casarse o no con pretendiente que podría solucionar los problemas económicos de la corte. Sus hijas, en cambio, viven el ingenuo aroma del amor juvenil, con una desenvoltura propia de la época. Entre medias, el ir y venir constante de pretendientes, doncellas, criados, militares y jóvenes campesinos. Todos ellos personajes enjaulados, limitados socialmente por sus propios vínculos del honor y de la dignidad.

Al leer la novela, una obra sobre el amor y la derrota, uno no puede dejar de pensar que hace tan sólo cien años de todo esto: un mundo aristocrático y elegante, que se rige por un código de honor y de conducta que ya no existe. Permanece la literatura, por supuesto. Como esta bellísima, sencilla y magnífica novela de Eduard von Keyserling que se halla en la línea de un Sándor Márai o de un Giuseppe Tomasi di Lampedusa.