Lo que quería resaltar en esta ocasión es la vía que los avances en comunicación han abierto en nuestros hogares y ámbitos privados a la intromisión machacona, inoportuna y descontrolada de unos vendedores telefónicos incansables que no cejan en su propósito de vendernos productos y servicios que nosotros no solicitamos, ni en los que estamos interesados. Los modernos vendedores ciber-telefónicos no tiene el menor pudor en llamar a nuestras casas durante el tiempo de la comida o de la cena, u a otras horas intempestivas, utilizando todas las argucias posibles para atraer la atención: supuestas encuestas, reclamos de regalos irreales, ofertas imposibles… Y, a veces, todo ello con la ayuda de unos soportes tecnológicos que facilitan su tarea y hacen más desagradable e incómoda nuestra condición de receptores de llamadas inoportunas. Por ejemplo, uno puede apresurarse a coger su teléfono y se encuentra con una grabación, en la que una voz solemne, pausada y fuerte nos pide que esperemos unos instantes, porque nos va a hablar un operador de la compañía x, etc., etc. Y así, nos podemos pasar un ratito escuchando como tontos una musiquilla ratonera, no sea que se trate de una advertencia seria o un aviso pertinente.

La impresión que tiene mucha gente es que estamos siendo sometidos a una presión intolerable y a una auténtica intromisión agresiva en nuestros hogares, por la vía telefónica, en una forma que trastoca la función y el sentido que tienen las comunicaciones telefónicas, tal como la mayoría de nosotros las entendemos. Y para lo que las queremos. El problema es que estas “prácticas intrusivas” van en aumento y están llegando a ser una auténtica tabarra. Me consta que algunos usuarios hartados están recurriendo a cortar sus comunicaciones telefónicas en aquellos períodos en los que no quieren ser molestados. Con lo cual estamos dando marcha atrás en las posibilidades que habíamos alcanzado de estar bien comunicados con aquellas personas, empresas y entidades con las que queremos estar en disposición comunicativa, o bien que nos puede interesar estarlo.

Es decir, la cuestión estriba en que nos podemos encaminar a un punto en el que nosotros no controlemos nuestra forma de comunicación, sino que incluso podemos llegar a sentirnos coartados y limitados por algunos avances. Por lo tanto, si no queremos retroceder en el tiempo, es preciso tomar medidas que nos protejan de las prácticas intrusivas no deseadas –y también de otras desviaciones y disfunciones que aquí no consideramos–. Bien por la vía de unas intervenciones públicas que amparen nuestro derecho a la intimidad y no nos fuercen a cortar por lo sano, o bien mediante el desarrollo y aplicación de nuevos dispositivos técnicos que eviten eficazmente los bombardeos publicitarios que no deseamos.

En este aspecto –y en otros similares– es evidente que la Administración Pública debe proteger más eficaz y solventemente a los usuarios de esta especie de selva para-tecnológica en la que parece que todo vale, por no hablar de las prácticas de algunas empresas –algunas importantes– que nos “obligan” a la menor ocasión a dar nuestra conformidad, de manera poco trasparente, al posible uso de nuestros datos (telefónicos, electrónicos, etc.) con fines publicitarios. A veces, incluso, tal intromisión coaccionadora se presenta como algo de facto, de forma que a quien no desea verse sometido a tales presiones publicitarias se le quiere obligar a realizar trámites personales engorrosos, con envío incluso de copia de su DNI y otros documentos y declaraciones escritas.

¿No les parece a ustedes que todo esto es una desfachatez y que habría que hacer algo para frenarlo antes de que se acabe cargando la propia idea positiva de publicidad y de comunicación avanzada?