UN BALANCE CONTROVERTIDO

Lo que concluye, oficialmente, es la «misión de combate». Pero, después de todo, ¿no se trata desde un principio de conjurar la «amenaza terrorista»? Con el tiempo, la dimensión puramente militar o contrainsurgente fue ganando terreno. Pero se trata de una cuestión semántica que acomoda la adaptación a las circunstancias. La continuidad de la misión con otro nombre ha sido objeto de largos debates y de abiertas confrontaciones entre Washington y Kabul. Con el nuevo presidente, Ashraf Ghani, ha sido posible un denominado «acuerdo bilateral de cooperación y seguridad» eludido tenazmente por su antecesor, Hamid Karzai.

Ni el Pentágono, arropado por legisladores republicanos, ni la élite afgana deseaban un «desenganche» total, aunque por razones diferentes. El Presidente Obama, convencido de que había que poner fin a la «guerra contra el terror» tal y como la concibieron los ‘neocon’, promovió una negociación con la que podía encontrarse cómodo. Para él, y para la mayoría de los demócratas, se trataba de no arruinar lo conseguido en más de una década y de honrar el sacrificio de miles de sus compatriotas caídos. Pero poco más. El nuevo Presidente afgano, por su parte, deseaba contar con un imprescindible apoyo de su protector de estos años, pero eliminando discretamente la percepción de un «tutelaje» excesivamente pesado.

En todo caso, no hay lugar para el entusiasmo o el triunfalismo. Y, desde luego, no supone catastrofismo asegurar que reina un cierto aire de fracaso en despachos y cuarteles aliados. ¿Ha merecido la pena la muerte de 3.500 soldados occidentales? ¿Está mejor Afganistán que hace trece años? Ciertamente, la OTAN ha contribuido a estabilizar mejoras y proteger derechos básicos, pero no ha resuelto los problemas principales de inseguridad e inestabilidad.

AHORA, UNA BATALLA DISTINTA

El enemigo señalado era Al Qaeda y sus supuestas amenazas contra Occidente y sus protectores, los estudiantes coránicos que gobernaban en 2011 el país. Al Qaeda ha sido desmantelada y ha trasladado su centro de operaciones a otros lugares, en un esfuerzo desesperado por sobrevivir a la ofensiva occidental, pero sobre todo a la competencia extremista islámica (el Estado Islámico). Los talibanes fueron desalojados del poder, pero no han sido derrotados, ni mucho menos.

A medida que se acercaba el final de la misión occidental de combate, su fuerza, su capacidad de intimidación y su potencial destructivo han ido aumentado: en 2014 han matado a casi 5.000 efectivos gubernamentales, un 20% más que el año anterior, y a 2.000 civiles. En algunas provincias se encuentran más fuertes que nunca desde que fueron expulsados de Kabul. Lejos de las ciudades reina un pesimismo y un temor crecientes (2).

Sin duda, los talibanes utilizan estos y otros datos para exagerar su fuerza, por necesidades propagandísticas. Que no hayan sido eliminados es ya en parte un éxito, teniendo en cuenta la dimensión y fortaleza del enemigo al que se enfrentaban y la prolongación del conflicto («nuestra guerra más larga», como ha recordado de nuevo ahora el propio Obama). Los datos sobre la confianza de los afganos no partidarios de los talibanes en las fuerzas de seguridad nacionales son contradictorios. A pesar de su número apreciable (350.000 efectivos) y de la formación y entrenamiento que han recibido en estos últimos años, no han demostrado de forma convincente su eficacia, cuando han tenido que afrontar combates contra los enemigos talibanes sin el respaldo directo de los protectores occidentales (3).

Otro problema menos contrastado, más sujeto a especulaciones o manipulaciones, es su confiabilidad política. Los analistas más pesimistas temen que, de confiarse una ofensiva talibán contundente, muchos soldados o policías desertarán o se pasarán directamente al enemigo. Por no hablar de los infiltrados, que algunos aseguran que no son escasos.

Pero los insurgentes no pueden dar por ganada la eventual batalla venidera. Aunque no del todo fiables, las fuerzas de seguridad afganas tienen capacidad, potencial y voluntad de resistir el desafío. El apoyo norteamericano y, por extensión, occidental será más reducido pero no desdeñable. Pero, ante todo, contarán con el respaldo de la mayoría de la población, que no desea un regreso al fanatismo religioso.

LAS RESPONSABILIDADES LOCALES

El pueblo afgano ha sufrido de manera indecible durante más de una generación. En los últimos años ha comenzado a conocer las ventajas de un sistema de gobierno y de organización social más civilizada y estructurada, aunque algunas plagas no hayan sido erradicadas en modo alguno. La corrupción es, sin duda, después del conflicto bélico siempre vivo, la mayor amenaza para la convivencia democrática. Los gobiernos de Karzai han ofrecido lamentables ejemplos de enriquecimiento ilícito, aprovechamiento egoísta de los limitados recursos nacionales y el despilfarro y empleo delictivo de la ayuda exterior (4).

El Presidente Ghani tendrá que acreditar con hechos que el país ha pasado página. La sombra de su antecesor será alargada, ya que muchos de sus fieles y clientes no querrán perder la situación de favor que gozaron en estos pasados. Las elecciones de las que Ghani salió triunfador no fueron del todo convincentes. La sombra del fraude fue conjurada por un alambicado acuerdo con los supuestos derrotados, apadrinado por Estados Unidos, mientras no se complete un gobierno de consenso. Una forzada fórmula de cohabitación entre el candidato oficialmente vencedor (Ghani), en la presidencia, y el derrotado (Abdullah) en una especie de jefatura de gobierno tiene que probarse viable en la práctica. Para nada está garantizado su éxito.

(1) GOPAL RATNAM. «Top Afghan War Commander Reassessing Wtihdrawal Timeline». FOREIGN POLICY, 3 de Noviembre de 2014.

(2) JESSICA DONATI Y FERAZ SULTANI. «In Afghan North, Talibans gains ground and courts local support». REUTERS, 21 de Octubre; AZAD AHMED. Hour’s Drive Outside Kabul, Taliban Reign». NEW YORK TIMES, 22 de Noviembre; «U.K. troops leave Camp Bastion, but Afghanistan’s future is unclear» THE GUARDIAN, 26 de Octubre.

(3) SUDARSAN RAGHAVAN. «In a strategic valley, a glimpse of Afghan troops’ future after most U.S. forces leave». THE WASHINGTON POST, 21 de diciembre.

(4) La Fundación Asia publicó a mediados de noviembre una amplia encuesta sobre el ánimo de los afganos ante esta nueva etapa. Los resultados no son descorazonadores, ya que los que veían al país bien encauzado superaban por un margen de quince puntos a quienes mantenían una impresión desfavorable (55%-40%). Eran más aún (73%) los que confiaban en las posibilidades de conciliación a medio plazo. Como era de esperar, las tres principales preocupaciones eran, por este orden, el paro y la situación económica (37%), la inseguridad (34%) y la corrupción (28%). Un capítulo especial se dedicaba a las mujeres, las más beneficiadas en términos relativos con el cambio. Para ellas, la falta de educación, el desempleo y la violencia doméstica se presentaban como las principales amenazas.