Durante un largo período de tiempo Convergencia i Unió ha sido el partido que nucleaba al sector netamente mayoritario del nacionalismo catalán moderado. Bajo el liderazgo de Jordi Pujol este partido ha venido teniendo porcentajes de voto –por sí solos─ que en bastantes ocasiones han superado el 45% en elecciones autonómicas.

Fuertemente enraizado en las clases medias y en el empresariado catalán, Convergencia ha venido operando como una encarnación del seny catalán. Y del posibilismo político. Aprovechando su fuerza electoral y la astucia política de sus líderes ha logrado obtener ventajas muy concretas para Cataluña, al tiempo que contribuían no pocas veces a la gobernabilidad y a la estabilidad general de España. Lo cual fue algo importante para la consolidación de la democracia.

Los réditos de esta política han sido abundantes y evidentes, tanto en términos de la prosperidad global de Cataluña, como de autonomía de gobierno, hasta lograr que Cataluña fuera –hasta que Artur Mas perdió el norte─ el territorio dotado de mayores competencias y autonomía de gobierno de toda la Unión Europea.

Cuando los historiadores escriban la historia de este período, serán muchos los que se pregunten –plausiblemente─ ¿por qué Artur Mas y otros líderes del secesionismo catalán se arriesgaron a tirar por la borda la importante herencia acumulada? ¿Qué les llevó –y les está llevando─ a ello?

La respuesta a esta pregunta no será nada fácil, sobre todo cuando, dentro de algunos años, se contemplen los datos objetivos de la situación con una perspectiva restrospectiva suficiente y teniendo debidamente presentes los condicionantes –no solo económicos─ que se derivan de las exigencias de una plena y más eficiente funcionalidad del euro.

Pero, claro, en el terreno de las emociones y las pasiones, los cálculos objetivos basados en una racionalidad económica y política a veces quedan desplazados por motivaciones que son difíciles de comprender por quienes no compartimos determinados climas de emocionalidad.

En cualquier caso, resulta difícil entender las alianzas en las que se ha metido la actual cúpula dirigente de Convergencia. ¡Y en las que aún se puede meter si llegan a acuerdos con un partido antieuropeo, antiatlantista, radical, republicano y asambleario! Algunos sostienen que este tipo de alianza ya ha sido asumida por los actuales dirigentes de Convergencia, en la medida que en la lista de “Junts pel sí” –que han renunciado incluso a liderar─ ya están presentes estas posturas políticas.

El resultado de tal evolución política ha producido resultados objetivos claramente erosivos: no solo en las urnas, sino también en la ruptura abrupta con las gentes razonables y moderadas de Unió, que no han querido dejarse llevar por la ola de emocionalidad. Y han pagado un alto precio por ello.

No hay que desechar, pues, que otros líderes moderados de Convergencia puedan seguir el mismo camino que sus socios de Unió, si el movimiento de masas que se ha puesto en marcha –la mal llamada “sociedad civil” catalana─ en un momento dado decide –de manera asamblearia─ que dichos líderes son una rémora, o un obstáculo, para sus propósitos.

Lo que está ocurriendo en Cataluña, en muchos aspectos, se aleja de la lógica y de los procedimientos propios del modelo de democracia occidental y europeo, y se introduce en terrenos propicios para que los partidos políticos, con todas sus estructuras organizativas concretas, se vean superados por el fervor de las masas en la calle, y por los liderazgos demagógicos y exaltados que suelen surgir en aquellas situaciones en las que los cauces institucionales establecidos son desbordados.

Ante este panorama –o posibilidad no desdeñable─ no basta decir que aquellos que anticipan los peligros están amenazando a los catalanes con todos los males posibles. En realidad, las advertencias sobre riesgos plausibles no son amenazas, ni se plantean como tales, sino que en la mayor parte de los casos lo único que pretenden es intentar ayudar a sortear los problemas antes de que estos resulten irreversibles. La historia no es precisamente parca en ejemplos de este tipo.

Creo que a muchos nos cuesta creer que en estos momentos no haya líderes y cuadros sensatos de Convergencia planteándose estas y parecidas cuestiones, preocupaciones y dudas. En la medida que estos sectores sensatos de Convergencia sean capaces de reconducir la situación creada y entiendan que, a partir del actual marco institucional, es mucho más lo que se puede lograr para Cataluña por la senda constitucional y sus eventuales reformas consensuadas, que metiéndose en una vía rupturista y de coaliciones disparatadas, será posible llegar a nuevos equilibrios racionales y positivos. Esto es lo propio de una cultura coherentemente democrática. E inteligente. Y no las confrontaciones absolutas sin sentido ni fin.

Después de los resultados electorales del 27 de septiembre y de todas las reacciones despertadas –tanto en España como en Europa y el mundo─ cualquier persona sensata está en condiciones de entender que es necesario cambiar el rumbo. Cuando antes mejor. Y con menos daños.

En cualquier caso, somos muchos los que pensamos –aún sin compartir los afanes nacionalistas y tenerlos por fuera de lugar históricamente─ que partidos razonables y moderados, como ha sido CIU durante muchos años, no solo son necesarios, sino que pueden cumplir un papel muy positivo en democracias sociales avanzadas, como las que se precisan en los escenarios de un futuro inmediato.