Al parecer, la era de la globalización ha traído asociada una reformulación de las identidades sociales, que promociona la afirmación individual constante en demérito de la acción grupal concertada, coherente y solidaria. Si el prestigio social se encontraba antes en la pertenencia al grupo, pareciera hoy que la buena fama procede de la disensión pública con el grupo al que se pertenece. Y si la virtud se reconocía antes en quien trabajaba lealmente para “el equipo”, sacrificando incluso su perspectiva e interés individual, hoy se tacha a este como gregario y seguidista, promocionándose al heterodoxo, al que fuerza cada día la distinción personal e incluso al que encuentra la notoriedad en la crítica habitual hacia sus propios compañeros.

La defensa del interés del individuo ha llegado a tal extremo, que pretender hoy su subordinación al interés colectivo se considera públicamente como una grave vulneración de los principios democráticos. Diera la sensación de que los objetivos y motivaciones de los grupos sociales organizados deben mantenerse bajo sospecha, mientras se legitima a priori a todo aquel que arremete contra ellos. Se llega hasta el punto de relativizar las normas. Saltarse las normas legítimas que salvaguardan la coherencia de la organización se trata a menudo como un ejercicio de apertura democrática, al tiempo que intentar ejercer tales normas sobre quien vulnera el interés común puede calificarse de autoritarismo retrógrado.

¿Por qué está ocurriendo esto? Se ha producido un evidente cambio de valores. La competencia individual se ha impuesto definitivamente a la solidaridad y la fraternidad. Si el propósito universal es hoy el triunfo personal, todas las demás personas son adversarios potenciales, tanto las que tenemos enfrente como las que tenemos alrededor. Pero también debe considerarse el factor de la crisis vigente. Si el régimen está en crisis, sus instituciones y sus grupos tradicionales también lo están. Si el sistema no funciona, y no es capaz de resolver los grandes problemas de la ciudadanía, sus organizaciones reciben contestación. Y quienes critican a las organizaciones, desde fuera y especialmente desde dentro, reciben más reconocimiento que quienes procuran lealmente su mejora. La desafección y el miedo alimentan hoy la expectativa de la salvación individual.

Antes se encontraba consuelo en el colectivo y se confiaba en la acción concertada. En la actualidad, cada cual parece buscarse su propio refugio y su respuesta personal a los problemas. ¿Es esto positivo? Creo que no. La desestructuración social conduce al darwinismo y la ley del más fuerte. Debilitar las instituciones democráticas equivale a debilitar las libertades y los derechos que garantizan esas instituciones. La lucha colectiva asegura la movilización de más recursos y aporta más eficacia. Para los que pretendemos objetivos de desarrollo justo, de progreso equilibrado y de igualdad social, la fortaleza de las organizaciones políticas y sociales resulta crucial. Dañar su fortaleza, su coherencia y su prestigio público equivale a dañar el interés general.

No todos los que pertenecen a un grupo o colectivo deben pensar igual. Ni mucho menos. Y la salvaguarda de la coherencia y la cohesión no puede impedir la crítica y la disensión, desde luego. La crítica y la disensión contribuyen a fortalecer las organizaciones políticas y sociales, si se ejercen conforme a los más elementales criterios de lealtad y afán constructivo. Por el contrario, si la crítica pública busca tan solo la oportunidad de dañar a quien pueda considerarse un rival interno, o si pretende adquirir notoriedad y provecho individual a costa del interés común, debiera censurarse. En democracia, los individuos tienen derechos, y las organizaciones también.

Todo esto puede sonar antiguo. Soy consciente. Antes lo llamábamos compañerismo. Yo lo echo de menos.