Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones de Atapuerca, en una conferencia organizada por la Fundación Sistema, decía que frente a los mercados con su racionalidad y su coherencia raya la crueldad, en la que toda acción y todo pensamiento está dirigido a conseguir el lucro personal, la izquierda, los hombres y mujeres de izquierda practicamos el pensamiento irracional. Pensamiento en el que valores como la solidaridad, la fraternidad, lo público y el beneficio social se contraponen a lo privado, el beneficio especulativo, el individualismo y el egoísmo como modos de vida. Quizás en un momento como el de hoy, en el que nos enfrentamos a unas elecciones en las que decidimos entre dos modelos de sociedad, dos formas de hacer política, de entender el mundo y la vida, podría parecer necesario hablar con las tripas, apelar a los sentimientos, para tomar consciencia del problema al que nos enfrentamos. Pero por una vez ante la racionalidad del mercado, ante la desfachatez de la derecha mediática quizás convenga tomar de nuestros contrarios el pensamiento racional como método para decidir nuestro futuro.

Hay dos formas de entender el mundo: la de los mercados que instaura la ley de la selva en la vida económica y social y en la que el egoísmo, la búsqueda del propio beneficio logran, se supone que con la intervención de una desconocida «mano invisible», el bien común, entendido como una sociedad eficaz y eficiente. Eficaz porque produce y utiliza los recursos existentes para obtener el máximo de producto y eficiente, porque lo consigue al mínimo coste. Frente a la sociedad del mercado hay otro paradigma de sociedad que si bien considera que es importante producir bienes y servicios para atender las necesidades de los ciudadanos y hacerlo al mínimo coste, considera además que la felicidad se logra con la equidad. Que lo importante no es producir, de acuerdo con el viejo ejemplo académico, cuatro pollos, sino que a cada uno de los ocho ciudadanos le toque medio pollo y no que los pollos se concentren en pocas manos mientras la mayoría pasa hambre y esa equidad no es obra de los mercados, más bien es un objetivo a conseguir a pesar de los mercados.

El mercado, el liberalismo a ultranza, el predominio de sus valores, nos ha llevado a la crisis actual. El afán de ganancias, el comportamiento desbocado y sin control de los operadores del mercado, el todo vale para obtener beneficios, ha contaminado las instituciones financieras con productos insolventes que han obligado a los gobiernos a intervenir los bancos nacionalizándolos o saneándolos con dinero público. Pero lo increíble es que esos mismos mercados o mejor, los agentes que actúan en los mercados, que con su racionalidad irracional nos han llevado al borde de la catástrofe, pasados los primeros momentos de pánico, quieren volver a la situación inicial, al descontrol, al beneficio a toda costa y para ello no tienen empacho de especular con la solvencia de los países o como las últimas semanas nos están revelando, con la especulación de los alimentos, jugando con el hambre en el mundo como medio para obtener ganancias.

Como única solución plantean desarmar el Estado del bienestar, la conquista de generaciones de trabajadores que habíamos logrado un Estado que además de preocuparse por el crecimiento económico ejerciese una función redistribuidora de la renta y de la riqueza. ¿Pero es que los mercados, o mejor los que están detrás de los mercados, no se dan cuenta de que el crecimiento económico del último siglo se debe a que las clases trabajadoras, aseguradas por un Estado redistribuidor, podían consumir, absorber una producción creciente, y a que el futuro estaba asegurado por la solidaridad de todos gracias a las políticas sociales? ¿Nuestro futuro es un mercado en el que las plusvalías se originan por el hambre de muchos y la acumulación de pocos? ¿Queremos una sociedad de la inseguridad, de la precariedad, de la miseria de las grandes masas, y en las que sólo los privilegiados tengan derecho a la vida?

Decía hace unos días en el diario Público Carlos Ramío hablando del terremoto de Lorca: «La situación se salvará, (la catástrofe natural), gracias a los empleados públicos, el mercado ni está ni se le espera». El día 22 cuando votemos elegiremos entre los mercados y el pensamiento irracional, entre el egoísmo y la solidaridad, entre los derechos humanos y los derechos de los agentes que dominan los mercados, entre cumplir el articulo 22 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la Seguridad Social, y a obtener mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables para su dignidad y para el libre desarrollo de su personalidad», o instaurar la ley de la selva. La elección es nuestra.

Hay un proverbio chino que dice: «No puedes guiar el viento, pero puedes cambiar la dirección de tus velas». El próximo domingo con nuestro voto podemos cambiar la dirección de las velas. Podemos hacer que la solidaridad, que lo público, predomine sobre lo privado, podemos sentar las bases para un Estado justo y progresivo. «Jamás desesperemos, aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante» . El domingo a votar y a ganar, y el lunes, a levantarse y a volver a caminar.