Los programas electorales ya están en las imprentas dispuestos, en unas semanas, a llenar los buzones. No serán los programas al completo, sólo unos estudiados resúmenes que en vivos colores y con buscadas palabras puedan llegar a convencer al ciudadano aún no decidido. Ya está la polémica de los debates televisados (dónde, cuántos y con quiénes); la programación de mítines para concentrar a los partidarios (otros no van) y poder salir en las televisiones en directo diciendo la frase oportuna; las fotos en las farolas de las calles; y un largo etcétera. No olvidando trabajar en la redes sociales tweets, blogs y demás. Una compleja arquitectura electoral que hace subir la adrenalina de los implicados directamente ella.

Al otro lado, los ciudadanos con sus problemas, inquietudes e intenciones electorales. En la última encuesta publicada en su totalidad del CIS (julio) un 18% no había decidido su voto y otro 11% había decido no votar; porcentajes que irán disminuyendo según se acerquen las elecciones. Los que no han decido aún su voto serán el núcleo que puede determinar el resultado final. Además están aquellos que, en una contienda tan movida, decidan cambiar su apuesta.

En campaña electoral lo esencial para los ciudadanos es saber quién tiene un proyecto para sus problemas e inquietudes. Ese es el objeto de su preocupación y lo que deben de saber interpretar los partidos. Un 37% decide su opción por el Partido que mejor representa sus intereses, un 23% por representar mejor los intereses de España y un nada despreciable 19% por necesidad de cambio de situación. De forma lineal y coloquial podemos decir  que se vota, en primer lugar, por interés personal; en segundo, por el del país.

La identificación de los problemas por parte de los ciudadanos está sociológicamente clara y de lo que se diga al respecto será por lo que se consolide, modifique o motive el voto. Estas preocupaciones, en el momento actual, las podemos cifrar en cinco cuestiones que son las prioridades y ofertas que quieren ver encima de la mesa. Nadie quiere el detalle de cómo lo van a hacer. Quieren que lo hagan y bien.

-En primer lugar el paro (78% como primer problema). Todo el mundo quiere que se generen condiciones para el empleo y que naturalmente este ni sea precario, ni temporal. España no ha sabido a lo largo de su historia reciente resolver este problema. Las políticas activas de empleo experimentadas por los poderes públicos han sido parches mitigadores pero que no han dado solución a la gravedad del problema. Ha llegado el momento de tomar el toro por los cuernos y empezar desde la base: cambio de modelo productivo adaptado a un mundo en continua transformación; reforma del sistema de relaciones laborales; incremento de la productividad, formación, investigación y desarrollo; política fiscal redistributiva; I+D+I; y derechos laborales no coyunturales. Un Gobierno por sí no crea empleo. La idea fuerza es diálogo trasparente entre todos los implicados y no levantarse de la mesa hasta llegar al acuerdo. Lo demás música celestial.

-Corrupción y fraude (39,5%). Para atajar este problema hay tres ideas imprescindibles que combinar: Cambio normativo, amplio consenso y voluntad política de tolerancia cero. Fin a el «tú más». No solo en la política sino en todo. Por poner solo un ejemplo de una lista interminable, podemos citar los abusos que se producen en los consumos en masa, como los operadores de telefonía, y sin lugar a dudas todo aquello que tiene que ver con la obra pública.

-El tercer lugar, para los políticos, los partidos y la política en general (21,7). Es una gran asignatura pendiente y sólo los valientes y audaces serán capaces de convencer al ciudadano de que es una actividad digna y que trabaja por los intereses de los españoles y del país. Enunciar todo lo que es posible cambiar y hay que cambiar para recuperar el crédito, es muy prolijo para ponerlo aquí. Volveremos sobre ello en otra ocasión. En todo caso quédense con una idea: la política tiene que ejemplificar y no degradar.

-La Economía y sus entornos (25 %). Una crisis como la que hemos vivido obliga a actuar sobre la economía y no sólo por el empleo y la riqueza de ahora sino del futuro. Obliga a repensar mucho sobre nuestro modelo económico. Es el cambio de modelo productivo, conservando mucho de lo que tenemos, pero también mejorando y transformando muchos instrumentos a los que nadie les ha pasado su cuota de responsabilidad en la crisis, como el sistema financiero. En todo caso la idea es confianza y ya se sabe que si la política no funciona es difícil que la economía lo haga.

-Finalmente dos servicios públicos esenciales: Sanidad (10,7 %) y Educación (9,4). En estos años de crisis se ha jugado alegremente con estos derechos. Modernizar y hacer eficaces servicios tan determinantes para la cohesión social, no pasa por recortar y menoscabar sino por mejorar la gestión desde el punto de vista tecnológico y del control y calidad de los servicios. Modelos gerenciales y profesionalizados, públicos, que ahorren costes pero garanticen prestaciones. Es posible hacerlo sin lugar a dudas, hay que tener voluntad.

La ciudadanía es mucho más consciente y responsable de lo que, a veces, algunos se creen. No se mueven por eslóganes ni clichés. Sí por ilusiones, por confianza y sobre todo por saber que hay alguien que ofrece soluciones a sus problemas, que son muy cercanos e iguales para muchos. Por aquellos que sean capaces de poner delante «Un proyecto de país».