Lo hemos visto recientemente en las elecciones europeas; la Abstención ha sido el partido vencedor en todas las democracias desarrolladas. Lo vemos en menor medida en las elecciones nacionales de cualquier país, donde el grado de desafección hacia la política es notable. Se observa menos cuando las elecciones son locales pues actúa siempre un mecanismo más singular de conocimiento y proximidad tanto al candidato/a como a los problemas locales que se sienten y se defienden como propios.

Pero, lo que nos deja perplejos, sin palabras, desconcertados, desorientados, es cuando las elecciones las ganan personajes muy peculiares, normalmente sin escrúpulos, con descaro y desvergüenza, y conociendo todo el mundo su amplia capacidad de manipular, maniobrar y deformar la realidad. Éste es el caso de Silvio Berlusconi, que ha pasado de ser “maquiavélico” en política, al personaje “rosa” de la sociedad italiana, a un presunto corrupto, estafador o delincuente.

Que Berlusconi no es una persona “normal”, entiéndase por normal como cualquier ciudadano/a con un mínimo de decencia, de ética, de compromiso cívico y de valores personales y morales, es algo que todos detectábamos. Que un político controle medios de comunicación, disponga de empresas personales que le financien campañas, que sus negocios rocen el escándalo, que sea la mayor fortuna personal de Italia, lo invalida para desempeñar el fin y objetivo de la política: la defensa del interés general, porque tiene demasiados intereses particulares en juego.

Lo sorprendente no es que Berlusconi se presente a unas elecciones: lo increíble e inexplicable es que llegue a ser Presidente de su país. Italia siempre ha sido una sociedad politizada y aunque es cierto que los tradicionales partidos políticos acumulan líos internos y luchas intestinas y han defraudado la confianza de su electorado, ¿son causas suficientes para explicar el éxito electoral de Berlusconi?

En política siempre se dice que los votantes nunca se equivocan, que son sabios. Lo hemos repetido para blindar la importancia de la participación democrática: el valor del voto individual, libre, secreto. Pero ¿qué piensa un votante de Berlusconi?

En España hemos vivido casos similares. Personajes de negocios turbios que llegan a la política para tener poder y que entremezclan su vida personal con la pública igual que entremezclan los intereses personales y los políticos. Recordemos a Gil y Gil. O Julián Muñoz. Personajes que fueron admirados; que se creyeron invencibles; y que luego pagaron con cárcel las penas cometidas. Pero en el fondo nunca engañaron a nadie. Se presentaron tal y como son: dispuestos a beneficiarse y enriquecerse de la política. Mientras hacían negocios, algo caía siempre para el pueblo: una plaza, un jardín, un monumento, un edificio que costaba el doble para pagar la comisión; que los contratos se hacían de forma irregular; que trabaja aquel que el cacique quería; que en lugar de cargos democráticos se convertían en “dueños y amos” a la antigua usanza.

¿Qué sentimientos, valores, o intereses espera conseguir el ciudadano/a que ejerce este voto?

La Democracia no es sólo reglamento, formalidad, competencia política, participación. Que ya es mucho. También debe ser una forma de entender las relaciones sociales y el ejercicio diario de convivencia social. Y para eso aún nos queda mucho trecho que aprender.