Las dudas son lógicas. Pero el sentido común aconseja mantener nuestro compromiso en esta operación, por arriesgada e incierta que nos parezca. Porque no podemos abandonar una misión decidida en el marco de Naciones Unidas. Porque no podemos dejar en la estacada a los otros 42 países aliados que mantienen sus tropas en Afganistán bajo la bandera de la ISAF. Y porque en esta guerra no se dirime solo la libertad y la democracia de un país lejano. En Afganistán se juega la estabilidad de una región clave para la seguridad internacional. En otras palabras, la batalla contra la amenaza terrorista en nuestras calles se está librando en las agrestes montañas afganas.

El camino proyectado por la comunidad internacional, para erradicar el nido de la serpiente talibán y para dotar a Afganistán de un Estado normalizado, está salpicado de obstáculos. El narcotráfico engrasa la vieja estructura tribal que sostiene a los insurgentes. Las alianzas espúreas del Presidente Karzai con los señores de la guerra le restan legitimidad y crédito al discurso de la democratización y la modernización del país. El remedo de elecciones celebradas recientemente no ha logrado sino subrayar esta impresión. Las continuas bajas civiles ocasionadas por las fuerzas aliadas vuelcan la opinión a favor de los talibanes. Y la ausencia de avances en la estrategia de la ISAF contribuye a su vez a la desestabilización de Pakistán, cuya contribución es fundamental para el desenlace del conflicto.

Sin embargo, una salida a destiempo de las tropas aliadas consolidaría esta tierra como santuario talibán y foco de actividades terroristas para todo el mundo. Además, el fracaso manifiesto de la ISAF reforzaría el prestigio de sus enemigos en la intolerancia y el fanatismo radical islámico, alentando la acción insurgente en otros países con una estabilidad precaria. Y todo esto sin olvidar a los millones de afganos y afganas que llevan sufriendo más de ocho años de guerra, y que no merecen una estampida por parte de quienes les prometieron desarrollo y derechos.

Estados Unidos busca una nueva estrategia. Los aliados ya han convenido un viraje drástico en su trabajo. La solución a la encrucijada no será fácil. Pero hay al menos cinco grandes claves ineludibles. La preeminencia del enfoque político sobre el estrictamente militar en el diseño de las grandes decisiones. La perspectiva regional de un conflicto que no puede circunscribirse a un solo país. La “afganización” de las soluciones a aplicar, con un Estado legítimo, democrático y dotado de un ejército y una policía adecuados para mantener la seguridad. Y un horizonte temporal preciso para que las fuerzas aliadas salgan del país y traspasen el testigo de su control a las autoridades afganas.

En el fondo de este conflicto se está dirimiendo también el crédito y la viabilidad del nuevo orden internacional por el que trabaja Obama, y gracias al cual se ha hecho justo acreedor del Premio Nobel de la Paz. El diálogo y el entendimiento entre diferentes como alternativa a la ley del más fuerte. El respeto a la legalidad internacional y a la labor de las organizaciones que impulsan una incipiente gobernanza global. La alianza de las civilizaciones. Algunos lo llaman “buenismo”. Yo lo llamo “el único futuro posible”.

Lo de Afganistán tiene que salir bien. Hay demasiadas cosas importantes que dependen de ello. Y los españoles tenemos que arrimar el hombro. Por duro que resulte.