Para justificar las medidas regresivas que se veían forzados a adoptar, los Gobiernos, fuesen de definición progresista o conservadora, aluden a dos tipos de argumentos. Por una parte son necesarias profundas transformaciones para afrontar el reto de la competitividad, esencialmente de países emergentes con alta capacidad tecnológica, y por otra, están abocados a reducir drásticamente los déficits para disminuir una deuda que iba creciendo. Es evidente que esta reciente explosión de la deuda, o de su utilización a fines especulativos, no se debe a una intensificación de las políticas sociales sino a los efectos directos, rescate de los Bancos, e indirectos derivados de la crisis económica desencadenada por éstos.

Los programas electorales que habían llegado al poder se han visto así desplazados, anulados, con la consiguiente revuelta en la sociedad.

En realidad hemos presenciado en estos últimos años un cambio brutal, aunque preparado desde los años del neoliberalismo. El poder ha cambiado totalmente y, sobre todo, abiertamente de manos. Hoy no lo da el voto. Ya decía Carlos Marx que la evolución de la sociedad la decidía la economía y no la política, sencilla superestructura. Con el tiempo los socialistas hemos evolucionado y, desde la socialdemocracia, aceptado la economía de mercado, más exactamente “social de mercado”. Lo que no hemos sabido prever y contener, a pesar de muchos avisos, es que el mercado de ayer no tiene nada que ver con los mercados de hoy. Ayer el mercado suponía unas reglas del juego practicadas por personas, jurídicas o físicas, perfectamente identificables, controlables, fiscalizables, responsables. Hoy los mercados son como una nube evanescente, impalpable, abstracta, sin cara ni nombre que se pasea por el mundo en los flujos de los ordenadores, la nueva inteligencia artificial. Claro que la dirige, la guía una inteligencia humana, la del un neoliberalismo que después de haber abolido las fronteras y los controles dirige la economía, los salarios, los capitales y condena los gobiernos a seguir lo que el manda a favor de sus más inmediatos intereses.

En esta situación la primera pregunta que hay que someter a los ciudadanos para que se expresen, y estoy seguro que les interesara, es la siguiente. ¿Quién debe gobernar? ¿Vuestros representantes o “Los mercados”? ¿Debe tener prioridad en las decisiones que rigen vuestras vidas? ¿Vuestra opinión o la de las fuerzas económicas sobre las cuales no tienen ni los gobiernos, ni las naciones, ni por lo tanto vosotros, cualquier posibilidad real de control? Es la primera reflexión a la que debe llegar el elector antes de decidir sobre su voto. Claro que no se debe sólo formular la pregunta, hay también que dar nuestra respuesta. Y ésta está determinada por la convicción de que la economía es fundamentalmente política y por lo tanto debe estar dirigida por los ciudadanos a través de su voto.

Pero también se deben señalar los frentes de esta despiadada lucha. El Estado primero, para contrarrestar la voluntad de privatizarlo, Europa para potenciar los logros de su sociedad después de siglos de lucha hacía el progreso, la Mundialización para romper su imagen excesivamente idealizada y bloquear sus efectos nocivos. Escribía Eugène Fournières en 1898, no reneguemos siempre del pasado, que «en un tiempo próximo, el Estado será realmente el servicio publico por definición, agente y regulador de las relaciones de todos con cada uno y de forma recíproca, activado y dirigido por todos para el provecho de cada cual y de forma reciproca, de tal manera que finalmente desaparezca y se desvanezca en la consciencia y los actos de cada cual y de todos, personificado en cada ciudadano apto a gobernarse por sí mismo». No sólo no hemos alcanzado esta idealizada visión si no que nos alejamos de ella con la privatización continua no sólo de servicios públicos, mas aún de la noción de servicio público, siguiendo las pautas marcadas por el neoliberalismo que busca la privatización del Estado.

Europa es el ineludible escenario de cualquier política de porvenir para nosotros. Pero hoy Europa no sólo está parada sino que se ve confiscada por la conjunción de los intereses particulares de Alemania y Francia y por el permanente sabotaje de Gran Bretaña. Debemos dar un paso esencial, igual al que se dio a principios del siglo pasado cuando se apostó por la vía parlamentaria. Debemos dar al Parlamento Europeo una responsabilidad, una iniciativa, un dinamismo que desde su creación se le ha negado, transformándolo en un real instrumento de gobierno europeo.

Último escenario el de la mundialización. Su desarrollo ha liberado totalmente las fuerzas capitalistas de la explotación y las financieras de la especulación. Los progresos de los países emergentes sirven de coartada para olvidarse del continuo avance de los problemas fundamentales: el hambre que azota a más humanos que nunca, el acceso al agua potable cada día más escaso y caro, la destrucción del medioambiente y de la biodiversidad. La mundialización ha impulsado todas las formas de falsificación de las reglas del mercado y nadie que sea sincero y honrado puede decir que hoy estamos realmente en una sociedad de mercado competitivo.

Plantear estas bases fundamentales de la política actual es denunciar a quienes siempre han apostado, y siguen haciéndolo, por el neoliberalismo. A quienes sólo son los “delegados gubernamentales de los mercados”. A quienes están a favor de la confiscación actual de los poderes. Más allá de situaciones actuales debemos orientarnos al porvenir y demostrar, planteando los debates fundamentales quienes tratan realmente, con dificultades extremas, amarguras y sinsabores de limitar los estragos de este huracán mundial que quiere suprimir los avances sociales y volver a una sociedad decimonónica.

Lo posible no debe ocultar lo deseable. Los socialistas siempre han hecho esta distinción, desde Pablo Iglesias cuyo programa máximo era quizás una biblia, pero iba acompañado de un programa mínimo, más desconocido pero que esta prácticamente cumplido.

Esta percepción de alienación total de la democracia por las fuerzas de los mercados se va difundiendo en Europa y es necesario concretizarla. Además sólo en Europa existen las condiciones para que ello sea posible. Podremos afirmar y soñar con las regulaciones de los mercados, las reglas nuevas, los controles. Pero estamos en una lucha que no calificaré de lucha a muerte pero sí de batalla para parar una lenta agonía de una sociedad, de seguro imperfecta pero mejorable, que tantos sacrificios ha costado alcanzar y tantas esperanzas permitía. Pero no nos engañemos, no sólo todos los Partidos no tienen la misma percepción ni los mismos intereses, tampoco todos los continentes.