Muchos incendios están costando vidas humanas durante este verano. Y esta realidad ya merece una respuesta pronta y eficaz. Pero el daño causado por el fuego va más allá incluso. El coste económico de los campos arrasados, el coste ecológico de los bosques yermos de vida, el coste social y anímico de los paisajes desolados por las llamas… Pagamos un precio muy alto por nuestra capacidad más que limitada en la lucha contra los incendios.

Resulta admirable la sensibilidad creciente con que la población española reacciona con carácter general ante la problemática ambiental. La preservación de la biodiversidad, el cuidado de los ríos, la gestión de los residuos, el respeto ambiental en la ejecución de infraestructuras, la apuesta por las energías renovables… Todas estas son banderas que la mayoría de los ciudadanos hemos hecho nuestras.

Pues bien, no hay mayor enemigo para el medio ambiente que el fuego. El fuego lo arrasa todo. No existe adversario más devastador para la supervivencia de las especies en peligro que un incendio. Ninguna actividad humana genera más gases tóxicos y arrebata más capacidad natural para la generación de oxígeno que las llamas. No hay infraestructura que provoque más influencia negativa en el paisaje que un desastre incendiario. Sin embargo, hay menos sensibilidad ambiental frente al fuego que frente a la energía nuclear o la pervivencia del lince ibérico. ¿Por qué?

Las estrategias que se practican contra los incendios son fundamentalmente paliativas. Luchamos contra el fuego cuando éste ya se ha producido, movilizando medios ingentes para apagarlo, con serios riesgos vitales y con éxitos relativos. Pero en este combate, como en tantos otros, la clave del triunfo está en las estrategias preventivas, sobre todo cuando sabemos que más de la mitad de los incendios, especialmente los más graves, son incendios provocados. Algunos por accidente. Otros no.

Esta es la verdad, aunque resulte duro asimilarla. Sí, la mayoría de los fuegos que destruyen nuestro entorno y acaban con muchas vidas humanas son fuegos provocados deliberadamente por gente descuidada, desaprensiva y/o criminal. Al descuido se le debe hacer frente con más medios para desbrozar los bosques, con más campañas didácticas que alerten del peligro del fuego, incluso con más dureza en la respuesta penal ante las conductas irreflexivas. Pero, ¿y los otros fuegos?

¿Qué puede llevar a una persona o a un grupo organizado de personas a arrasar consciente y deliberadamente un bosque, un monte, un paraje natural, con el destrozo que conlleva y con el riesgo que supone para muchas vidas humanas? Existen los locos, claro está. Los enfermos desequilibrados que practican la piromanía. Son peligrosos, hay que vigilarlos de cerca, pero en su mayoría están perfectamente identificados y controlados por las fuerzas de seguridad. El riesgo más relevante viene del que actúa en sus cabales buscando un beneficio propio en el perjuicio general.

Y ¿quién se beneficia del fuego en este país? Aquí está la pregunta clave. De su respuesta debiera inferirse la estrategia verdaderamente efectiva en la prevención de los incendios más graves. Existen intereses urbanísticos evidentes en torno al fuego. Ninguna autoridad en su sano juicio autorizará un rendimiento inmobiliario sobre un paraje natural protegido y lleno de vida animal y vegetal. Pero si ese paraje se convierte en un páramo gris, humeante y sin vida…. Hay normas que impiden teóricamente estos aprovechamientos infames, pero todos sabemos que también hay formas de sortear las normas, y que se hace cada día.

Hay otros intereses alrededor de los incendios. El negocio de la madera quemada mueve millones de euros cada año. No estaría mal investigar a qué manos va todo este dinero, y comprobar si en esas manos hay restos de gasolina… El propio aparato anti-incendios constituye toda una industria en sí. Han sido muchos los casos en los que se ha descubierto que los causantes del fuego han sido los propios responsables de prevenirlo o de apagarlo. También aquí valdría la pena vigilar, advertir y perseguir con determinación y justicia a los culpables.

En definitiva, más allá del terror atávico que en todos nosotros despierta el fuego, el combate al fenómeno incendiario merece un análisis riguroso, unos medios suficientes y una estrategia preventiva inteligente, que actúe con firmeza contra aquellos que buscan hacerse ricos a costa de convertir en desierto la extraordinaria riqueza forestal de nuestro país.

Y vaya por delante un homenaje más que merecido para esos valientes abnegados que dedican su trabajo y el riesgo de sus vidas a apagar las llamas que nos amenazan.