El pulso dramático que estamos viviendo entre las autoridades del Eurogrupo y el Gobierno griego tiene mucho más de político que de económico, y en el bando perdedor no figuran por ahora ni Dijsselbloem ni Tsipras, sino millones de griegos y de europeos atrapados en una espiral de decisiones irracionales e irresponsables.

La negociación a la que estamos asistiendo entre Bruselas y Atenas es una negociación tramposa, porque bajo el orden del día explícito de cada encuentro existe una agenda oculta que impide por ahora cualquier acuerdo.

Más allá de las declaraciones públicas, Dijsselbloem, Juncker y Merkel buscan dar una lección de sometimiento a quienes se oponen a la estrategia de la austeridad. Y tras toda la retórica victimista de Tsipras y Varufakis se esconde la servidumbre de una reciente campaña populista sembrada de promesas imposibles de cumplir.

Por lo tanto, la situación de bloqueo no se resolverá hasta que unos y otros se pongan a trabajar por lo que realmente importa: asegurar a la vez el cumplimiento de las obligaciones crediticias de Grecia y la viabilidad de su economía y de su sociedad. Sin vencedores ni vencidos. Tan legítima es la reclamación del Eurogrupo para que se paguen las deudas, como la exigencia griega de que tal pago no arrastre a sus ciudadanos a la ruina económica y social.

Partimos de dos graves incumplimientos. El Eurogrupo parte del pecado original de quien pretende obtener todas las ventajas de un espacio monetario común, sin asumir los costes inevitables de armonización y de pérdida consiguiente de soberanía para los Estados miembros. No habrá euro solvente mientras no haya unidad monetaria y fiscal, mientras no se mutualicen las deudas y mientras no se aseguren unos mínimos para el bienestar social común.

Y la sociedad griega parte del error de considerar que puede beneficiarse de formar parte del club del euro manteniendo una idiosincrasia en el funcionamiento de su Estado que resulta incompatible con las reglas más básicas de este club. Por ejemplo, en el club del euro los impuestos se establecen para que se paguen y para que se recauden. Y, por ejemplo también, las cuentas públicas no deben simularse o falsearse.

El referéndum convocado por Tsipras supone un paso más en la escalada de la irracionalidad. No puede haber reproche moral ni político para un Gobierno que ha de adoptar una decisión difícil y quiere consultar a la ciudadanía. Pero no es lícito hacer uso de una consulta popular express para arrancar concesiones en una negociación, preguntando al pueblo por una oferta negociadora difícil de entender, y además caducada.

Si los representantes del Eurogrupo renuncian a su pretensión aleccionadora de heterodoxos con la austeridad, y si el Gobierno griego rectifica sus posiciones dogmáticas a la vez que sus discursos populistas, quizás veamos la luz al final de este túnel tenebroso. Debieran hacerlo, sobre todo, pensando en los millones de griegos y de europeos en general que contemplan el espectáculo entre el estupor y el miedo.