El Partido Popular, además, no ha perdido las últimas elecciones tras un mandato normalizado y una campaña al uso. La derecha ha arriesgado mucho, y ha perdido. Los dirigentes del PP asumieron a regañadientes el resultado de las elecciones de marzo de 2004, tras el atentado del 11-M, y apostaron por una estrategia de máxima tensión y de crispación constante para forzar un deterioro rápido del Gobierno Zapatero, y recuperar así el poder en poco tiempo.

Quemaron buena parte de sus naves al utilizar las claves de bóveda del Estado para buscar el desgaste del PSOE; por vez primera desde la Transición, un partido con aspiraciones de mayoría apuntó las baterías de la oposición hacia la lucha antiterrorista y la cohesión territorial; sacrificaron credibilidad y votos en regiones tan importantes desde una perspectiva política y electoral como Cataluña y Euskadi; volaron puentes con otras fuerzas políticas, en el nacionalismo moderado y conservador. Insisto, arriesgaron mucho y perdieron. ¿Cómo va a sorprendernos ahora que muchos de los votantes, de los militantes y de los dirigentes de la derecha pretendan analizar el camino recorrido y apostar por algunos cambios?

La crisis que vive el Partido Popular es de carácter estratégico y del éxito de su resolución depende no solo el devenir político y electoral de la derecha, sino también y fundamentalmente la estabilidad y desarrollo positivo de nuestra democracia. Una democracia sana precisa tanto de un buen Gobierno como de una oposición eficaz que garantice la alternancia. Es un tópico, sí, pero como otros muchos tópicos responde a la verdad misma.

La raíz de esta crisis afecta a tres planos de naturaleza diversa pero intensamente relacionados. El primer plano tiene que ver con las perspectivas que contemplan determinados poderes fácticos. La izquierda cumple una función en el Gobierno y otra función en la sociedad cuando no gobierna. Esta es una convicción asumida desde hace mucho tiempo en las filas y en los apoyos de los socialistas. En la derecha la cosa es diferente. La derecha solo se siente satisfecha gobernando. Sus dirigentes, y sus apoyos, entienden que el gobierno les corresponde como cosa natural.

Y los poderes fácticos que normalmente actúan como inspiradores, valedores y beneficiarios de la derecha ya no confían en Rajoy. Rajoy tiene cara de perdedor. Zapatero le ha tomado la medida. Los grupos de comunicación, los lobbys empresariales y financieros, las jerarquías eclesiales que mandan en la derecha española dan a Rajoy por amortizado. Están moviéndole la silla y buscando recambio. Así de simple. Solo hay que leer El Mundo, escuchar la COPE o interpretar los comentarios y los silencios de determinados prohombres de la derecha para atestiguarlo. La derecha quiere ganar, gobernar y mandar, porque están en juego muchos intereses. Pero Rajoy ya no les sirve. ¿Se decidirán por Aguirre? Es populista y sabe ganar elecciones, pero quizás tiene un perfil demasiado duro para asegurar mayorías. ¿Será Costa el elegido? Es serio, eficaz y fiable, pero está inédito en el difícil arte de comparecer ante las urnas. ¿Gallardón quizás? También sabe ganar, pero tiene amistades peligrosas entre los enemigos estratégicos de la derecha y los medios afines le han jurado odio eterno…

El segundo plano es más simple. Como en cualquier grupo humano, en el PP existen grupos de intereses sindicados que luchan por el control de la organización. Se produce siempre y en todas las latitudes, de manera tensa o pacífica, abierta o soterrada, pero después de una derrota electoral su escenificación es inevitable. Rajoy recibió junto al “dedazo” de Aznar un equipo cerrado. Este equipo ha fracasado y sus dirigentes más significados han acabado “achicharrados” en términos de imagen. Zaplana dixit. Ahora Rajoy busca sobrevivir como líder con un equipo y una imagen renovada, hacia dentro y hacia fuera. Y, claro está, algunos de los de antes que han sido amortizados, y de los de ahora que han quedado excluidos, pues no son partidarios. ¿Quiénes se harán con el control del aparato? Depende de muchos factores, entre los que cabe señalar la decisión que finalmente adopten los poderes externos anteriormente citados.

Para asegurar un análisis mínimamente objetivo es preciso relativizar el crédito que merecen algunas de las etiquetas y eslóganes que se atribuyen los grupos y referentes en liza. Que Rajoy se presente como la alternativa de la renovación y la garantía del éxito electoral resulta poco creíble tras haber encabezado sin éxito por dos veces la opción electoral de la derecha. Que Aguirre se atribuya a sí misma el calificativo de liberal es muy cuestionable, toda vez que su gestión en la Comunidad de Madrid desmiente tal atributo. Pero que Gallardón busque la consideración de hombre centrado y moderado, con el aval del patrón Fraga Iribarne, mueve a la hilaridad. El Alcalde se ha bregado una buena imagen, fundamentalmente entre aquellos que nunca votarán a la derecha, pero los que le han visto trabajar de cerca, y maniobrar, saben que en su camino puede más la ambición que los principios. Puestos a buscar una etiqueta, quizás la que mejor le viene es la de “marxista”, por aquella cita de Groucho: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”.

El tercer plano en juego es el más interesante. Sin embargo, es el que menos juego está dando. La derecha no solo está obligada a encontrar un buen líder y un buen equipo de dirección para su partido. El PP necesita de una nueva identidad estratégica. ¿Qué quiere ser el PP? ¿La organización histriónica que tensiona la sociedad al límite de quebrar la convivencia para arañar unos votos? ¿Pretende la derecha dar una vuelta más de tuerca a la estrategia de la crispación para pasar de diez millones a once millones de votos y desalojar a Zapatero del poder al precio que sea? ¿O está dispuesto el PP a convertirse en un partido homologable a las formaciones de la derecha en el resto de Europa? ¿Cómo quiere sumar mayorías? ¿Enfatizando su perfil democristiano para seducir al centro, al modo Merkel? ¿Arriesgando con discursos populistas, al modo Sarkozy? ¿O cruzando la línea de lo políticamente correcto con su propio Berlusconi?

Desconocemos cuál es el planteamiento de cada contendiente respecto a estas alternativas, pero probablemente esta sea la cuestión crucial a dilucidar y el asunto sobre el que los militantes y electores del Partido Popular más deberían reflexionar. De su conclusión, insisto, dependerá el destino de muchos políticos y de un partido muy importante. No obstante, el devenir de nuestra democracia, de nuestra convivencia y de nuestras condiciones de vida, la vida de todos los españoles, dependen de su acierto.