El leitmotiv para tanta euforia se ha producido estos días y la excusa ha sido el Debate sobre el Estado de la Nación. Un escenario perfecto para que el señor Rajoy diera rienda suelta a la verborrea electoralista a la que nos tiene acostumbrados e inaugurara la carrera electoral hacia las Europeas. Cifras de una bonanza invisible para el común de los mortales del país, han copado a ritmo de titular un discurso estudiado y lleno de marketing político, donde se prometen exenciones de impuestos para las rentas más bajas y rebajas en forma de tarifa plana de los costes en Seguridad Social para las empresas que generen empleo de calidad (que ahora la calidad del empleo importa, no así hace dos semanas cuando de lo que se trataba era de crear puestos de trabajo y daba igual sacrificar los contratos indefinidos siguiendo el cauce de la reforma laboral). Son, en cualquier caso, medidas con repercusiones mínimas más allá del papel y el aplauso del momento anuncio. Pero esto es insignificante, porque da lo mismo lo que se diga en este prematura precampaña. Lo importante es prometer hasta conseguir el voto y una vez conseguido… (Ya saben como termina el pareado y si no, basta con repasar el programa electoral de Rajoy y contrastarlo con su legislatura para adivinar el final del verso).

El presidente celebra que la macroeconomía parece sonreír a España, y convierte al país en una especie de “ente” con vida propia más allá de la de sus ciudadanos, y protagonista de una mejoría económica que parece que para el PP ya es una realidad consolidada, pero que se mantiene ajena y pasa por alto detalles como, por ejemplo, la bajada de salarios que esta semana ha sido nuevamente noticia; la subida incesante del número de parados; el incremento de trabajadores en situación de precariedad; del número de estudiantes que han perdido su beca o que, aun habiéndoseles concedido, aun no la han recibido; jubilados que con su pensión mantienen a hijos y nietos; niños que pasan hambre y no pueden acceder al comedor escolar porque han desaparecido las ayudas; personas con discapacidad a las que no les asiste la ley de dependencia (esa gran olvidada) y pagan medicamentos que antes no tenían que pagar mientras dejan de recibir determinados tratamientos fundamentales para vivir dignamente, pero suprimibles para unos presupuestos que olvidan que detrás de los números hay seres humanos… y otros tantos que podrían llevarnos horas enumerar.

Para Mariano Rajoy la oposición que da voz a esta gente hace demagogia y presenta una imagen apocalíptica del país al poner sobre el tapete esta “otra realidad”. Ignora el presidente la brecha de desigualdad que se está desarrollando gracias a esas políticas, que él defiende a capa y espada como las claves del éxito de una recuperación que ya da por conseguida. Una recuperación construida con el sudor de todos (de algunos más que de otros) y cuyos beneficios únicamente disfrutan unos pocos (entre ellos los Bancos a los que hemos rescatado aquellos a los que niegan financiación para abrir un negocio o comprar una vivienda). Tal vez ellos sí entiendan el optimismo de Rajoy y puedan compartirlo. Tal vez esa élite sí percibe esa mejoría y por eso celebra la fiesta del beneficio empresarial yéndose con su capital lejos del país, no sea que le toque contribuir a esto de la recuperación real, la que se pide en la calle, la que reclaman los ciudadanos. Esos ciudadanos a los que, una vez más, el presidente del Gobierno toma (perdónenme la grosería) por tontos a golpe de insulto.

Decía un famoso cantante español de esos que exporta la marca España (y se va con ella a vivir a otro país) que “dar solamente aquello que te sobra, nunca fue compartir sino dar limosna”. La reforma fiscal prometida por Rajoy para “ilustrar” su campaña electoral, (perdón, quiero decir el Debate sobre el Estado de la Nación), consistente en dejar exentas de IRPF a las rentas inferiores a los 12.000 euros, supone en números un ahorro de unos 22 euros al mes a cada uno de los contribuyentes que puedan beneficiarse de dicha reforma que, dicho sea de paso, es aproximadamente el 1% del total de contribuyentes. Si se contemplan las subidas en IRPF y en IVA realizadas por el Gobierno desde su llegada al poder, la carga impositiva de estos ciudadanos sigue siendo más alta que la de antes de los recortes de las políticas de Rajoy. ¿Es o no un insulto que te digan que tus problemas ya tienen solución (a modo de anuncio de limpiador de cocinas) porque te vas a ahorrar gracias al Gobierno menos de 22 euros al mes, despreciando, por ejemplo, los quebraderos de cabeza que conllevan las subidas de recibos de suministros básicos como la luz, el agua o el gas, o el copago/repago de medicamentos? No ignoren, por favor, señores del Gobierno, que hasta los que no constituimos una élite también sabemos hacer nuestras cuentas a fin de mes. Recuerden que, por el momento, la educación (golpeada también por sus recortes) sigue siendo un derecho de todos en España.

La impunidad de los discursos viciados en contenido –y también en forma— está agotando la paciencia de muchos, pero mientras se siguen oyendo voces sobre la derrota de la izquierda en el Debate. Ahora describir la realidad parece un delito antipatriota. Tal vez los que acumulan millones en Suiza para no saturar la riqueza del país son más generosos con España y los españoles, casi tanto como aquellos que ignoran la realidad a ver si con suerte la ignoran los otros, como pasaba en el cuento de aquel emperador que no tenía traje pero nadie le decía nada para evitar que se diera cuenta. Si me dan a elegir, prefiero un análisis de la realidad, por dura que sea, que montañas de optimismo que contrastan con el día a día de los que este invierno pasan frío, porque no les llega para pagar la calefacción, o hacen las maletas y abandonan el país, porque no encuentran aquí futuro. Parafraseo a Rubalcaba y lanzo la pregunta al aire: ¿en qué país vivirán los que no quieren verlo?