Desde luego, no es fácil justificar la evolución desastrosa de la economía española y las negras cifras del paro. Por ello, cuando se reconoce que todo va a ir peor en los próximos meses es lógico que cunda la inquietud entre la población. Y eso que el actual gobierno no dice realmente todo lo que está pasando, y lo que puede pasar, en la complicada situación económica actual.

El Gobierno de Rajoy pretende persistir en el camino que nos está llevando al desastre actual, aun sabiendo que su política conduce a un aumento del paro y a la precarización social de amplios sectores de la población española. Ante la evidencia tozuda de estos hechos, de poco valen las cataplasmas argumentativas de la Ministra de Trabajo, que habla de la “movilidad exterior” de los jóvenes españoles que se van a otros países a la desesperada, o las argucias del proto-portavoz Floriano, que nos pide que no nos dejemos “cegar” (?) por los datos adversos del paro, o de los ministros que hablan de un “crecimiento negativo”, en vez de una “regresión”, o de un “gravamen temporal y reversible de solidaridad”, en vez de subida de impuestos. Por no hablar de algunos sociólogos de mesa camilla que, en el límite del despropósito, han llegado a advertirnos sobre una exagerada falsedad estadística de las cifras del paro juvenil.

Un indicador elemental a través del que podríamos calibrar el escaso grado de confianza que suscita el actual Gobierno de Rajoy es que cada uno de nosotros nos preguntáramos: si en este momento tuviéramos que decidir a qué cirujano acudir para someternos a una intervención quirúrgica importante –y si Rajoy fuera uno de los cirujanos posibles, lo cual es mucho suponer-, ¿quién de nosotros se pondría en manos de Rajoy, después de lo que hemos visto, y después de comprobar lo que está haciendo?

Cuando Estados Unidos y Japón -las otras dos grandes potencias económicas que forman parte del bloque económico-financiero en el que se sitúa Europa-, están llevando a cabo políticas monetarias expansivas y de estímulo al crecimiento económico, la persistencia en las políticas de austeridad y de recortes es un auténtico suicidio. Un suicidio cuyos resultados están bien a la vista de todos. Y según reconocen ahora Rajoy y sus ministros continuarán estándolo hasta que acaben su legislatura. O hasta que el cuerpo (o la sociedad) aguante.

Por lo tanto, ante resultados tan evidentes, y tan esperables, no se puede entender la tozudez con la que Rajoy y otros líderes de la derecha europea persisten en un empeño tan negativo y perjudicial. Si no rectifican por sensibilidad social, debieran hacerlo, al menos, por racionalidad económica y por sentido común. De ahí que cada vez menos personas piensen que Rajoy y su Gobierno saben lo que hacen. Por ejemplo, todas las encuestas indican que más del 80% de los españoles consideran que el actual Gobierno no tiene un plan para salir de la crisis y van improvisando día a día.

En consecuencia, no es exagerado sostener que Rajoy ni sabe lo que hace -como él pretende hacernos creer-, ni hace lo que debe, ni da la cara como debiera hacer un líder democrático en una sociedad madura. El problema es que las consecuencias de tanto error, de tan mala política y de tanta improvisación las paga la mayoría de la sociedad y, en especial, los sectores más débiles y carenciales.

La última deriva del desastre de gestión del actual gobierno del PP nos puede llevar todavía a un punto más crítico, en la medida que está cundiendo la impresión de que este Gobierno, antes de reconocer su fracaso y someterse pacífica y democráticamente a sus consecuencias, está dispuesto a llevarnos a todos al desastre. De ahí la inquietud que suscitan algunos movimientos estratégicos orientados a compensar la pérdida espectacular de apoyos electorales que está sufriendo el PP, intentando asustar -y removilizar- a las clases medias con noticias de hondo alarmismo político. El propósito de radicalizar y estigmatizar a los actuales movimientos de protesta, y de convertir los problemas sociales en una cuestión de orden público, es una operación estratégica sumamente irresponsable. Actuando de esta manera no solo se está jugando con fuego, sino que también se nos está tratando a los españoles como si fuéramos todos unos necios y unos ignorantes, a los que se nos puede confundir y llevar dócilmente con el capote de las falsas esperanzas, las resignaciones fatales y los miedos a unas supuestas “turbas anarquistas”, conformadas por jovenzuelos violentos, por “acosadores” profesionales y por practicantes obsesivos del “aborto” y la “disolución familiar”. ¡Menudas herramientas para construir un proyecto de sociedad mejor para el futuro!

Lo urgente hoy en día, por lo tanto, es organizar la esperanza y ofrecer alternativas constructivas y creíbles desde la izquierda, frente a tan negras perspectivas. ¿Dónde inspirarse y fundamentarse para desarrollar tales alternativas? Evidentemente, en las políticas keynesianas de intervención pública, de inyección de recursos monetarios y de aumento de la capacidad crediticia, de estímulos del empleo y de fiscalidad justa y racional; políticas que permitieron salir de la crisis a los países más inteligentes en otros momentos aciagos de la historia reciente, como fueron los años de la Gran Depresión. Ahora la situación no es menos grave que entonces, ni es menor el alcance del reto de saber actuar y reaccionar con inteligencia y prontitud, antes de que las insensatas estrategias políticas polarizadoras de algunos den paso al conocido proceso de “la profecía que se cumple a sí misma”.