El rescate de la Unión Europea al sector financiero español, la pésima gestión que el Gobierno ha realizado sobre la nacionalización de Bankia, la prima de riesgo en más de 500 puntos básicos, una recesión que se agudiza ante una austeridad suicida del Gobierno, casi seis millones de parados, el recorte y destrucción de derechos fundamentales como la educación, la sanidad, los servicios sociales y la dependencia, son motivos suficientes para que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, acuda un día sí y otro también al Parlamento.

Aunque le parezca pesado e incluso un incordio, con declaraciones de su equipo diciendo que el Gobierno está para gobernar y no para estar todo el día en el Parlamento, debe ir, y el Presidente del Congreso así se lo debe exigir, porque él y la mesa del Congreso, y dentro de ésta su mayoría, están al servicio de los españoles y no del Ejecutivo, por muy de su partido que sea y les haya nombrado.

¿Qué para qué ir? Pues, por una parte, para someterse al control de la acción de Gobierno, su Gobierno, por parte de la oposición. Y por otra, para dar explicaciones de lo que están haciendo y del porqué de esas actuaciones. Dentro de una orientación democrática que debe ir encaminada a devolver al Parlamento la centralidad que algunos, y entre ellos este Gobierno es un alumno aventajado, le quieren ir poco a poco quitando en detrimento de declaraciones supuestamente solemnes y sin ningún tipo de debate y preguntas.

El Presidente del Gobierno y su Gobierno no son tertulianos que sueltan eslóganes en los medios de comunicación, faltando al respeto a las instituciones democráticas y a los ciudadanos.

El Parlamento desempeña una función pedagógica de extraordinaria importancia. Y su visibilidad, como el espacio público donde son compatibles el debate, la confrontación, el acuerdo, la crítica, desde el principio de la mayoría y el respeto de las minorías, configura la base de la cultura democrática. Por este motivo hay que darle, si cabe, más importancia práctica frente al personalismo del poder, o la declaración a los medios de comunicación que pretenden silenciar los debates en las Cortes.

¿Cómo hacerlo? Dignificando su papel; potenciando los mecanismos de control político, incluidas las Comisiones de Investigación; agilizando los debates políticos, permitiendo la discusión de cuestiones de actualidad sin grandes retrasos; publicitando, a través de la retrasmisión en la televisión, los debates de las grandes leyes; y estableciendo de manera obligatoria la presencia del Gobierno en la Cámara cuando así es requerido.

En definitiva, se trata de poner en la centralidad de la vida democrática el lugar donde reside la soberanía popular. De esta forma, ganará prestigio y credibilidad la política, y se fortalecerá la democracia.