Como hemos podido comprobar durante el último año y medio, la doctrina Cameron consta de tres pasos. El primero consiste en subirse a lomos de la crisis económica, enfatizar su gravedad, minar la autoconfianza del país y obstaculizar cuantas medidas adopte el Gobierno para procurar la recuperación. El segundo paso trata de negar cualquier propuesta constructiva, esconder el programa propio y adjudicar en exclusiva a quien gobierna todo el coste electoral que conlleva adoptar decisiones inexorables y difíciles.

La tercera parte de la saga Cameron acabamos de conocerla. Una vez en el poder, el programa escondido se convierte en receta obligada por la «lamentable herencia recibida». Las inconcreciones exasperantes del ayer se transforman hoy en duras medidas de castigo para los sectores más vulnerables de la población: recortes sociales drásticos, despidos masivos en el sector público y privatizaciones a la carta.

Los dos primeros pasos de esta estrategia se están cumpliendo a rajatabla por parte del PP. La consecución del tercero y definitivo dependerá de la capacidad del Gobierno para poner en valor su tarea en favor del interés general, de la habilidad del partido socialista para denunciar el afán irresponsable de la derecha por el poder, y finalmente de la decisión de los ciudadanos en su reparto de premios y castigos.

En este contexto, algunas de las decisiones adoptadas por la dirección del PP durante los últimos meses traspasan claramente los límites que la práctica democrática atribuye a la tarea de oposición en los países más avanzados de nuestro entorno. Rajoy y su equipo no se han limitado a criticar las medidas del gobierno sin ofrecer alternativa, lo cual podría ser legítimo aunque censurable. El aspirante popular, además, ha procurado fehacientemente el fracaso del gobierno en la aplicación de algunas decisiones de importancia dramática para la estabilidad económica del país.

El día 12 de mayo pasado, el PP movilizó toda su capacidad de presión y convicción para procurar que ningún grupo parlamentario respaldara en el Congreso el paquete de medidas de ajuste que nos reclamaban los socios europeos y los mercados que financian nuestra deuda para evitar un desplome a la «griega». Las consecuencias de un voto negativo en aquella sesión hubiera supuesto un desastre para el gobierno, sí, pero especialmente para el crédito de España y para las perspectivas de sus ciudadanos de superar los peores efectos de la crisis.

Algo parecido hizo el PP el pasado día 20 de septiembre, cuando recriminó con gran dureza a los nacionalistas vascos y canarios su voto positivo a los presupuestos generales del Estado. Poco importó a Rajoy y a sus gurús de campaña que tales presupuestos resultaran vitales para confirmar los signos de recuperación económica que muestran todos los indicadores. España no puede permitirse iniciar el ejercicio 2011 sin presupuestos y con un vacío esterilizante de poder hasta la convocatoria de elecciones. El PP lo sabe, pero su ansia por ocupar la Moncloa anula cualquier tentación de colaboración responsable.

El presidente del PP ha decidido sestear hasta los comicios generales, sean estos cuando sean. Que trabajen ellos, parece decir cada mañana. Mientras tanto, los ciudadanos siguen ignorando cuáles son las medidas que la derecha aplicaría para hacer frente al paro y a las dificultades económicas. No les gusta el plan de reducción del déficit del Gobierno, pero ¿cómo lo harían ellos?. No les vale la reforma del mercado laboral planteada, pero ¿qué reforma plantearían ellos? No comparten las nuevas propuestas para el sistema de pensiones, pero ¿cuáles son sus alternativas?

Con todo esto, posiblemente el reproche más duro que pueda adjudicarse al comportamiento de la derecha tenga que ver con el factor confianza. En otras naciones, la oposición ha entendido que la autoconfianza del país, de sus empresarios, de sus emprendedores, de sus trabajadores, constituye una palanca crucial para estimular la reactivación económica. Por eso ha excluido de la controversia política aquellas materias y decisiones que pudieran afectar negativamente a esa clave estratégica. Aquí no. Aquí vale todo para desgastar al gobierno y alcanzar el poder. Por eso el discurso del PP constituye una llamada constante al desánimo y a la desconfianza en las capacidades de la nación para salir adelante.

Lo bueno del ejemplo Cameron es que sus enseñanzas sirven al PP en un sentido, y a los demás en el sentido contrario. Para prevenirlo.