¿HACIA UNA GUERRA LARGA EN LIBIA?

Se prolonga la campaña militar en Libia, en parte por el retraimiento parcial de Estados Unidos. Aunque el resto de aliados occidentales parece contar con potencial suficiente para debilitar decisivamente a las fuerzas gubernamentales, de momento no se percibe una rendición inmediata de Gadafi. La participación reciente de los “drones”, los aviones sin piloto podrán resolver alguna situación complicada y minimizar riesgos. Pero el problema continúa siendo el mismo que desde el principio de los combates: nula profesionalidad de los rebeldes, inadecuada utilización del armamento a su disposición, atrincheramiento eficaz de los efectivos oficialistas, tal vez, cierta confusión en la gestión de prioridades y objetivos.

DESCONFIANZA EN YEMEN

El presidente yemení juega con los tiempos y saca un partido asombroso de su debilidad. Consigue desesperar a la oposición, que está deseando aceptar el acuerdo forjado por los protectores renuentes del Golfo, pero se ve sometida al maximalismo de los ciudadanos que han hecho el gasto en la calle y recibido los disparos de la guardia pretoriana de Saleh. No se fían los manifestantes de un acuerdo que deja margen de maniobra a su marrullero presidente actual. Los norteamericanos están deseando que la crisis se cierre, están dispuestos a concederle ciertos privilegios al presidente o a su familia, con tal de que se empiece a recuperar cuanto antes el tiempo perdido en la vigilancia y control de los efectivos de Al Qaeda pertrechados en el país. Las tribus no tienen prisa, y su agenda no es la de la oposición política, ni la de los manifestantes, ni la de Estados Unidos o los vecinos. Pero siguen teniendo la clave de la resolución de la crisis.

SIRIA: CRÉDITO AGOTADO

En Siria, el presidente Assad ha perdido todo el crédito que aún tenía, que era muy poco. Seguir aireando el mantra de las reformas resulta, a estas alturas, sarcástico. Hace ocho años, en un viaje por el país, ya pudimos comprobar que las esperanzas alumbradas por su llegada al poder se habían debilitando notablemente. El deterioro desde entonces ha sido creciente e ininterrumpido. Ahora, que se ha visto confrontado al dilema de seguir la vía egipcia o la vía libia, ha optado más bien por esta última. Se dirá lo que se quiera, pero no ha sido más brutal la represión de Gadafi que la de Assad. En todo caso, la amplitud de la protesta siria ha sido menor, hasta la fecha. Todo indica que, a medida que los sirios incrementen su revuelta, el presidente sirio no tiene espacio para dar marcha atrás.

Los especialistas en Siria aseguran que en Damasco se han recrudecido las batallas palaciegas larvadas desde la desaparición de Hafez el Assad. Las informaciones hablan de pulsos familiares a cara de perro, de zancadillas, de traiciones, de alianzas cruzadas, rotas y de nuevo recompuestas, entre hermanos, cuñados, primos… LE MONDE pronostica «un cierre de filas, vital para la supervivencia de la familia, en torno a personajes cada vez más poderosos, que harán lo que sea necesario para salvaguardar sus intereses». Pero hay otra clave igualmente importante: el papel del ejército en la consolidación de la hegemonía de los alauíes como minoría (apenas un 12 por ciento) gobernante del país. Contrariamente a lo ocurrido en Egipto, el destino de la élite militar parece ligado a la suerte del clan gobernante.

Ante la violencia creciente y cada día más inquietante en las ciudades sirias, las cancillerías occidentales muestran una contención llamativa. Nuevamente, Obama ha marcado el tono. El resto de las capitales occidentales influyentes tratan de forjar una condena en la ONU que, dadas las circunstancias y antecedentes, sabe a poco: suena al «mínimo común exigible». Sería una ingenuidad impresionante esperar otra cosa, cabe decir, una contundencia como la exhibida en Libia. Por muchas razones, el régimen sirio no es el libio. No porque sea más decente, más respetuoso de la vida o de los derechos de sus ciudadanos. Simplemente, resulta más útil en el actual equilibrio geoestratégico. Aquí, las razones se tornan excusas.

La postura constructiva de Damasco en el proceso de paz tiene tanto de espejismo como la voluntad democratizadora o reformista. Después de años de intentos más o menos discretos, de iniciativas impulsadas por Turquía o, más discretamente aún, por Washington, no se percibían avances significativos. Sin la recuperación incondicional de los Altos de Golán, no parece que Assad hijo se encontrara en condiciones de aceptar componendas con Israel.

EL ÓRDAGO PALESTINO

Las negociaciones de paz han estado lastradas una década por el fracaso de Camp David, la última tentativa seria de alcanzar un acuerdo para resolver la cuestión palestina, clave de bóveda de todo lo demás. En estos dos años de Obama -los de Bush apenas cuentan-, la intransigencia y la mala fe de Israel en su política de colonización de los territorios ocupados ha impedido que la facción más moderada de los palestinos se aviniera al propósito vacío de volver a la dinámica negociadora.

Ahora se prepara otra ofensiva de relaciones públicas del primer ministro israelí, con el apoyo inestimable de los republicanos estadounidenses, que le han invitado a hablar ante el Congreso. Nula lealtad institucional de la derecha norteamericana, que debe obligar a la Casa Blanca a mover ficha, a recuperar la iniciativa, según le aconsejan los medios liberales, como THE NEW YORK TIMES. Tampoco se percibe con claridad, en el actual contexto convulso de la zona, que puede ofertar Obama.

El acuerdo de gobierno entre las dos grandes facciones palestinas -Fatah y Hamas-, anunciado esta misma semana, parece ser una única respuesta posible a la debilidad del presidente norteamericano. El movimiento nacional palestino parece haber optado por la cohesión, después de más de una década de lamentables divisiones. Hoy está más cerca que ayer el propósito de proclamar unilateralmente el Estado palestino independiente, en septiembre, durante las sesiones de la Asamblea General de la ONU, con un amplio respaldo diplomático internacional. Obama no podrá desconocer sin más la iniciativa, ni puede regresar a un incondicional apoyo a Israel, sin poner en peligro lo que ha construido estos dos años en la opinión pública árabe. Ahora, menos que nunca.

EL FANTASMA MIGRATORIO

La agitación árabe tiene efectos nada desdeñables de este lado del Mediterráneo, como era de esperar. La guerra libia ya ha desencadenado un flujo migratorio, que no ha hecho más que empezar. La huida de ciudadanos libios y de emigrantes tunecinos que se ganaban la vida en ese país ha reventado las frágiles costuras europeas. Italia optó por liberar presión en Lampedusa (25.000 llegados para una población local de 6.000) otorgando visas de seis meses para circular libremente por el abierto espacio europeo. El ‘problema’ le repercutió de pleno a la vecina Francia. París, como se temía, no tardó en reaccionar, y lo hizo a la manera sarkoziana: con maneras fuertes. En este caso, amenazando con levantar de nuevo las fronteras interiores de la Unión, si no se revisa de inmediato los mecanismos de Schengen.

Se comprende la urgencia de la situación -la presión migratoria no ha hecho más que comenzar, seguramente- y las presiones electorales de alto voltaje. Pero debería exigirse otro estilo de gobernar, de afrontar la crisis. “Manca finezza”. En Roma y en París. Por lo que se ha visto, tampoco sobra paciencia. Algo en común tienen esos dos líderes: la presión de dos fuerzas xenófobas -Frente Nacional y Liga Norte- muy potentes, pujantes, influyentes, que amenazan con comerle buena parte de sus respectivas bases electorales. Sarkozy y Berlusconi viven permanentemente en la tentación populista, como resalta THE INDEPENDENT. También en esto, razones y excusas.