En el primer de los casos, asistiremos a peleas internas y a un periodo de turbulencias y luchas por hacerse con el liderazgo del partido político de turno, que serán más o menos virulentas, pero que no garantizarán la resolución de las causas que llevaron al fracaso electoral, y por tanto, provocarán un mayor alejamiento de la ciudadanía y peores resultados electorales a corto plazo. En el segundo de los casos, el debate será más sosegado, se producirán tensiones por el control de las estructuras, pero al final, como se considera el partido un medio y no un fin, se estará en mejores condiciones de recuperar el liderazgo social y, posteriormente, el electoral.

Pero, ¿Qué está pasando en Europa para que, elección tras elección, la izquierda vaya en retroceso, cuando son más necesarias que nunca sus políticas? . Porque si algo está claro, en las sociedades occidentales del siglo XXI, es que la incertidumbre, la desigualdad y la injusticia están cada día más presentes en nuestras vidas, gracias a un modelo económico capitalista depredador de los beneficios y socializador de las perdidas.

La radiografía es esclarecedora: seis de cada diez ciudadanos se declaran poco o nada interesados por la política. Y este no es un dato coyuntural, se mantiene prácticamente constante en el tiempo, a pesar de los distintos gobiernos y las diversas coyunturas políticas y económicas, lo que muestra uno de los graves problemas que se están produciendo en las sociedades democráticas occidentales desde finales del siglo XX. El alejamiento de los ciudadanos de la política, la desmovilización creciente en la sociedad y una menor implicación fruto del protagonismo de los valores individualistas.

Para corregir lo anterior, desde una posición de izquierdas, hay que cambiar algunas cuestiones que, aunque pueden parecer obvias, se han ido confundiendo durante las últimas décadas.

La primera, es que se quiere gobernar para transformar la sociedad. Sí, para transformar la sociedad, no para estar en el poder. Esto trae aparejada la necesidad de acabar con la indefinición ideológica, que es el camino que han escogido muchas de las fuerzas políticas de izquierdas con el argumento de sumar a unas clase medias urbanas, que nunca se llegaron a sumar. El pragmatismo electoral, que suponía una indefinición ideológica y programática, llevado al extremo, ha supuesto perder de vista el objetivo de transformación global de la sociedad sobre la base de la libertad, la igualdad y la justicia social. Y su sustitución por ofertas muy fragmentadas y segmentadas a distintos colectivos, que en muchos casos, han llevado a la perdida de apoyos sociales importantes y a tener una menor interlocución social.

La segunda, es que como el objetivo era llegar a todo el mundo, pues se podía ser socialista y nacionalista sin ningún tipo de problema, porque lo que interesaba era la aritmética electoral. El problema es que el espejismo momentáneo, no deja de constatar que el socialismo no tiene nada que ver con el nacionalismo. ¿Por qué entonces intentar juntar ambos conceptos, que son como el agua y el aceite? Porque resulta muy difícil acoplar el socialismo, que pretende ser solidario, con el nacionalismo, que es decididamente egoísta. Por tanto, lo que no tiene justificación, confunde a los ciudadanos y empeora las cosas es que por acción, es decir, deseo de alcanzar el poder, o por omisión, no tomar decisiones para no incomodar, se abracen ambas causas. El ejemplo electoral y de gobierno, lo tenemos reciente y podemos decir que no es fructífero y acaba pasando factura. Conclusión es mala la indefinición ideológica y mucho peor la confusión ideológica, porque crea perplejidad, alejamiento y abstención de los ciudadanos.

La tercera, es que para evitar en lo posible situaciones de atomización electoral que posteriormente se reflejan en la representación y hacen complicada la estabilidad y eficacia de los gobiernos, es mejor contar con partidos abiertos y plurales. El pluralismo interno es la clave para conseguir mayorías en una sociedad plural. Los partidos uniformes sólo serán capaces de agluti¬nar partes pequeñas del electorado. Además, exigir una militancia uniforme significa autolimitar y debilitar la organización. Por ello, los partidos de izquierdas deben optar por lograr acuerdos y comprometerse en prácticas de integración interna. De ahí que el respeto a la proporcionalidad interna sea clave para la construcción de un partido cohesionado y más competitivo electoralmente, y siempre preferible a las alianzas electo¬rales con otros partidos políticos situados en otras posiciones del espectro político.

Hay que realizar más cambios, pero lo esencial de un proyecto de izquierdas es que debe partir de la ampliación de los espacios democráticos, de la universalización de los derechos y de la redistribución de la riqueza.