En un periodo de crisis indiscutible, de paro, de porvenir amenazador con una deuda pública inmensa, que es repartida entre los franceses -recién nacidos incluidos- y que asciende a más de 23.000 euros por cabeza, el primer partido político de Francia es el de la abstención. Un treinta por ciento del electorado afirma que no piensa votar el 22 de abril. No es un dato nuevo y no es propio de Francia. Se voto en dos vueltas, siendo la segunda verdaderamente decisiva, y en unas fechas de votaciones en periodos de vacaciones de Pascuas para toda Francia y de puente de 5 al 8 de mayo, lo que favorece esta abstención. Pero hay que notar que parece situarse en casi el doble de la última elección presidencial. Abstención importante, pero, al mismo tiempo, mítines políticos muy concurridos: el del Bourget para Hollande, el de Villepinte para Sarkozy, las asistencias multitudinarias para Melanchon en las calles de Paris, de Toulouse o en Lille.

Si se traslada esta abstención a las cifras de los sondeos entonces se puede estimar que en estos momentos Sarkozy ronda el 21 por ciento de voto, Hollande el 20 por ciento, Melanchon y su Partido de Izquierda, el 10, y la extrema derecha el 10, quedando el centrista Bayrou a un escaso 7 por ciento. El vencedor, sea Hollande o Sarkozy, solo cuenta con una adhesión directa de ¡un elector de cinco!

La batalla real por la Presidencia concierne en la primera vuelta solo al 41 por ciento de los votos, ¡muy por debajo de la mitad del electorado! Melanchon y Le Pen desde horizontes políticos totalmente opuestos piden un cambio total de sociedad, una Revolución. Es una palabra que utilizan en cada reunión, y el primero alude frecuentemente a la Revolución francesa, aún en sus peores momentos. Ese extremismo puede parecer populista, y lo es, pero corresponde al ambiente de “indignación” que se vive en nuestras sociedades, que lideró el movimiento de los indignados en España y que en Francia, donde amaneció con el librito “Indignez vous “ de Stéphane Hessel se traduce en intenciones electorales. El voto para Melanchon, que propugna nacionalizaciones, colectivizaciones y otras medidas radicales, en un principio solo sumaba los votos que en otras consultas acumulaban el PC y los partidos de extrema izquierda. Hoy es un fenómeno que tiene el viento en popa. Ha desplazado totalmente a los verdes, aliados previstos del Partido socialista para las generales de junio y puede complicar mucho, pero mucho, ésta muy próxima elección. Marine Le Pen ha visto bajar su voto por la ultraderechización de Sarkozy, pero guarda adictos en los medios obreros, pide prácticamente la salida del euro, el proteccionismo a ultranza, la inmigración cero y pagar la deuda con la multiplicación de billones de francos por un Banco de Francia totalmente aislado de Europa. Dos extremos, pero que juntos suman tantos votos como la opción de Sarkozy o la de Hollande.

Difícil será para uno u otro resolver los problemas financieros, económicos y sociales que esperan a Francia al final de la primavera enfrentando al vencedor a unas corrientes tan importantes de revolucionarios o de pasotas. ¿Será el anuncio de un nuevo Mayo del 68? En todo caso, es un panorama político delicado, cuando una mayoría de la sociedad expresa el deseo de ruptura revolucionaria o la desconfianza total hacia los políticos. Esta realidad no la cambiará el voto de la segunda vuelta, que obligatoriamente dará la mayoría a uno de los dos candidatos. Es indiscutiblemente alguna consecuencia de la profunda crisis de una sociedad cuyo bienestar está de seguro amenazado. El vencedor, si es Hollande, puede beneficiarse de la voluntad de cambio rotundo que piden los electores de Melanchon, si la sabe utilizar, y con ello, romper el escepticismo de los abstencionistas. Hoy los votos de izquierda superan, aunque por poco, los de la derecha. Es cosa nueva. Pero, por otra parte, el miedo puede llevar a la victoria de Sarkozy y de la derecha, como ocurrió después de las tensas semanas de Mayo del 68.

Se puede, por lo tanto, tener impaciencia para ver la primera vuela pasada y esperanza para asistir antes de la segunda a un debate por fin serio entre dos opciones muy diferentes una de otra, pero con iguales capacidades de gobierno. Esos quince días serán muy importantes, no solo para Francia, sino para Europa.

Después de la fiesta de los “revolucionarios” y de los “pasivos” ojalá no llegue una tremenda resaca.