En España, después de las elecciones del 9 de marzo, hemos tenido un período de cierta tranquilidad, que el país bien se merecía y que la coyuntura económica sin duda agradece. Por eso, pasados los fragores de la contienda, y las primeras reacciones emocionales, los partidos políticos harían bien en intentar obtener algunas consecuencias prácticas de lo acontecido, sin dejarse llevar por las primeras emociones y las impresiones someras. En Izquierda Unida, por ejemplo, harían bien en no intentar externalizar todas las responsabilidades de su batacazo, haciendo descansar sus análisis en los efectos de la ley electoral. Sin duda, en su caída electoral han tenido que influir también otros factores, como la excesiva recurrencia de sus luchas internas y un cierto autismo político, que les ha hecho perder peso social, en un contexto general en el que se hace notar la ausencia de una estrategia clara que perfile su papel –y su utilidad– como fuerza electoral que sólo tiene un peso acotado.

Igualmente, en el PP tienen que entender que una estrategia tan cerrada y antagonizadora como la que han venido desarrollando les puede permitir alcanzar un número considerable de votos –¿su techo electoral?–, pero no les permite ganar las elecciones. Por ello, tendrán que ser capaces de superar inercias y enconamientos y asumir de buen grado los resultados de las urnas, situando a algunas lideresas extremistas en el papel que les corresponde en una sociedad moderna en pleno siglo XXI.

Desde luego, en el PSOE también hay que ser capaces de hacer una lectura inteligente de los resultados del 9 de marzo, evitando caer en el riesgo de un “alejandrismo” emocional y de coyuntura que pueda conducir al riesgo de la “última victoria”. El 9 de marzo debe ser visto primordialmente como un hito más en una larga historia, que debe ser administrado con generosidad y rigor, con voluntad de que produzca unos resultados que propicien también futuras victorias del PSOE. Y para esto es importante potenciar políticas positivas y de integración y fortalecimiento democrático de la organización política como tal.

Por ello –más allá de la fase de exaltación postelectoral–, hay que prestar la debida atención a algunas de las tendencias que se reflejan en los resultados del 9 de marzo. Entre otras, al fuerte afianzamiento del voto del PP en zonas muy importantes demográfica y políticamente, como Madrid, la Comunidad Valenciana y Murcia, así como los retrocesos significativos que han tenido lugar en caladeros históricos muy importantes del voto socialista, especialmente Andalucía. Si estas tendencias se afianzan y se profundizan, es muy probable que el PSOE no logre ganar las próximas elecciones generales. De hecho, en estas últimas elecciones el PP se ha impuesto en su conjunto en la parte de España en la que no existen grandes partidos nacionalistas.

Tales tendencias de fondo hacen preciso entender que no es el momento para instalarse plácidamente en las mieles del triunfo, sino para trabajar sistemáticamente a medio plazo, poniendo el énfasis debido en las rectificaciones que es preciso emprender.