Mientras los ciudadanos gritan en la calle y protestan sintiéndose estafados entre desahucios y preferentes, en sus escaños siguen sentados los mismos políticos que han sido juez y parte de esta enloquecida situación social.

Pero el descenso comienza a balancearse como un péndulo, abriendo otras puertas nuevas a la Democracia.

Desde hace mucho tiempo he pensado que la solución de los partidos políticos no está en sus propias organizaciones, no hay solución interna, sino que su transformación vendrá desde fuera, de la presión social y de la limpieza judicial que hagan los tribunales. Y creo que, como bien diría Marx, se están juntando las condiciones objetivas y subjetivas para iniciar un cambio.

Las últimas encuestas y tendencias de opinión indican que estamos en completo movimiento social y político. Unos signos claros se consolidan:

– El bipartidismo ya no será la normalidad política que hemos vivido durante estas décadas.

– Caminamos hacia una clara incertidumbre política que podrá dificultar la regulación institucional.

– La justicia tiene un papel clave para recuperar la confianza en el sistema democrático.

– Nadie es intocable, ni siquiera la Corona.

– No sólo son los partidos quienes sufren el desgaste (aunque éste sea mayor), sino también los empresarios o los sindicatos.

– La confianza ciudadana se estructura en torno a nuevos movimientos ciudadanos que ya no son asociaciones de vecinos, sino movimientos trasversales en cuanto a su ideología y asentados sobre problemas cruciales, como ocurre con la Plataforma de la Vivienda.

Estamos cerrando una etapa. Se terminó el color dorado de la Transición española. Nuestra democracia representativa ha mostrado sus debilidades. Se ha cerrado una época y ahora hemos de abrir otra nueva.

Una época nueva que configure una nueva estructura de movimientos sociales, de nuevos liderazgos, de formas nuevas de canalizar las protestas y demandas ciudadanas, de nuevos pesos de poder y representación, de nuevos actores.

El problema de los partidos políticos ahora mismo es que no son los actores fundamentales del cambio, como ocurrió en la Transición, sino al contrario, la resistencia para que ese cambio se produzca. El bipartidismo, el juego parlamentario del “tú más”, la política espectáculo, las estructuras orgánicas internas, la llamada “clase política” está en crisis y ya no sirve para liderar estos cambios, pues justamente es ESO lo que hay que cambiar.

La actuación acusadora con descalificaciones impropias como las de “nazismo” contra la Plataforma de Desahucios que el PP está llevando adelante demuestra que están asustados, que su líder Ada Colau está haciéndoles más daño del que quieren demostrar, pero no es un daño por las últimas acciones como el escrache (que lamentablemente han servido para que el PP hinche el pecho como un pavo), sino que es mucho más profundo. La gente no confía en sus representantes políticos, pero sí en personas, hasta hace poco anónimas, que defienden con uñas y dientes aquello en lo que creen, siendo capaces de aglutinar la preocupación y el sufrimiento, y, sobre todo, de ofrecer una esperanza y una salida.

El 15-M no fue una amenaza para el PP porque pensaron, con lógica, que el daño electoral lo hacían al PSOE; pero ahora ven el peligro cerca porque saben que el problema de la vivienda, aunque María Dolores de Cospedal lo disfrace con cinismo, no tiene color de voto.

Estamos pues ante una nueva etapa de profunda transformación social y política. Quieran o no quieran los partidos políticos se va a cambiar: cambiará el lenguaje, cambiarán las formas, cambiarán las organizaciones y cambiarán los actores. Y quienes no lo hagan o no lo entiendan, y prefieran aparcar los problemas o maquillar las soluciones, se equivocarán.