El último informe del Consejo Económico y Social arroja datos “pavorosos”, según su propio presidente. Uno de cada cuatro hogares se encuentra en riesgo de pobreza. Más de 400.000 familias viven exclusivamente de la exigua pensión del abuelo. Ya hay más jóvenes menores de 30 años en paro que trabajando. Cada jornada, incluidos sábados y domingos, cerca de 200 familias son desahuciadas y expulsadas de sus hogares. La profesora Hilde Sánchez Morales alerta de que en una gran ciudad como Barcelona el número de las personas sin hogar se ha elevado en un 32% entre 2008 y 2011, al tiempo que se han duplicado los habitantes en asentamientos ilegales.

Una cuarta parte de la población en edad laboral está en el paro, y cerca de 2,5 millones de desempleados lo son de larga duración. En el año 2008, cuando estalló la crisis, el índice de cobertura en las prestaciones por desempleo estaba próximo al 80%. Hoy nos acercamos al 60%, y cada mes se reduce un punto. Es decir, casi 40 de cada 100 parados ya no recibe ninguna ayuda pública. Un peligro más: la última prórroga para la vigencia del “subsidio de los 400 euros” finaliza este mes de junio, y el Gobierno aún no ha aclarado su continuidad.

No se trata de generar alarma. Todos estos datos son incontestables, y dibujan un panorama muy preocupante. El coste más importante de la crisis se ha cobrado entre los sectores menos favorecidos de la sociedad. Más allá de los retrocesos del PIB, de la caída de los índices bursátiles o del castigo a la prima de riesgo, las consecuencias más lacerantes de la crisis se expresan en forma de paro, desahucios y precariedad social. El colchón de muchos años de buenas políticas sociales y la cobertura familiar han amortiguado los golpes hasta ahora. Pero el colchón ha adelgazado tanto que apenas protege ya a unos pocos.

Cuando el calor arrecia y nadie se ocupa de recoger el matorral seco, el riesgo de incendio es grande. Cualquier chispa puede iniciarlo. Mientras algunos hacen cálculos codiciosos, en lo económico y en lo político, la temperatura del malestar social en nuestro país está creciendo, y puede acabar con un estallido de consecuencias impredecibles.

Por ello, extraña que a la hora de enumerar “los riesgos sistémicos para nuestra economía”, algunos jamás se olvidan de la estabilidad de los grandes Bancos, pero rara vez se acuerdan del riesgo de la quiebra social. Esperemos que no se den cuenta demasiado tarde. Y que rectifiquen antes.