Tras más de una treintena de versiones cinematográficas, Ridley Scott con su actor fetiche nos ofrece una visión muy peculiar y bastante distinta. No sólo, cambiada en los hechos de lo que hasta ahora eran los acontecimientos que llevaron a “Robin Hood” a convertirse en la figura legendaria que todos conocemos y que constituye uno de los pilares fundamentales de la cultura popular británica, sino también en los valores y principios que se le atribuían al personaje.

La película relata la vida de un arquero Robin Longstride (Russell Crowe) al que sólo le interesaba proteger su vida mientras estaba al servicio del rey Ricardo Corazón de León. Al morir el rey, Robin vuelve a Nottingham, una ciudad aplastada por los impuestos recaudados por un sheriff despótico. Allí se enamora de lady Marion (Cate Blanchett), una mujer que duda de la identidad y de las motivaciones de este cruzado del bosque. Decidido a conquistar el corazón de la dama y a salvar la ciudad, Robin reúne a una banda cuyas inesperadas habilidades sólo son igualadas por sus ganas de vivir. Las interminables guerras han debilitado el país, ahora en manos de un gobernante débil, incapaz de hacer frente a las insurgencias internas y a las amenazas externas. Pero Robin y sus hombres deciden lanzarse a la aventura impidiendo que la nación caiga en una sangrienta guerra civil, y devolviendo la gloria a Inglaterra.

La sensación que produce este film no es del todo satisfactoria, aunque hay que calificar de valiente la actitud de su realizador al afrontar un proyecto tan arriesgado. Lo que nadie va a negar a Ridley Scott, es que con un enfoque muy distinto y con la maestría que nos tiene acostumbrados ha obtenido un resultado más que sobresaliente en su conjunto. Y por supuesto, no tiene nada que ver con todo lo hecho hasta ahora en la pequeña y gran pantalla con la historia de este ladrón justiciero.

Probablemente, no será la versión definitiva de este héroe del pueblo, pero si una de las más humanas y cercanas.