Durante los tres últimos años, la derecha política, económica y mediática se ha empleado a fondo para hacer calar la convicción de que los programas intensos de consolidación fiscal, los impuestos bajos, los tipos altos y los sacrificios sociales bastarían para sortear la crisis. No ha sido así. Las caídas drásticas de la inversión pública, el gasto social y el consumo interno han abortado la recuperación incipiente y amenazan con llevarnos a una recesión brutal.

Krugman alude en estos días a la metáfora de las sangrías en la práctica médica del siglo XIX. Cuánto más debilitado estaba el enfermo, más se le sangraba para “limpiar” su sangre. El resultado habitual solía ser la muerte del paciente por desangramiento. La medicina ha avanzado lo suficiente como para abandonar estas técnicas deplorables que, según parece, aún resultan populares entre los economistas más conservadores.

Conforme la crisis se agudiza, la derecha que manda en Europa se empeña en sangrar al enfermo, muy debilitado ya por la crisis y el paro. Cae la inversión y el consumo privado, se contrae la inversión y el gasto público, se limita la circulación del crédito, se mantienen los tipos de interés medio punto por encima de EE.UU. y Japón, se recortan las prestaciones sociales a la población… Esta es una dinámica suicida para el presente y el futuro de todos los europeos.

Alguien tenía que gritar aquello de “¡El emperador está desnudo!”. Rubalcaba lo ha hecho: “Sin crecimiento económico no habrá empleo, ni estabilidad financiera, ni saldremos de la crisis. Solo la inversión pública puede conseguir el crecimiento de las economías más afectadas por sobreendeudamiento y contracción del crédito.”

El candidato socialista ha roto con la ortodoxia de la austeridad y el ajuste a ultranza. La estabilidad presupuestaria y la reducción de los déficits constituyen una meta inexorable, pero es preciso flexibilizar los ritmos para propiciar un nivel razonable de actividad económica, consumo interno y generación de puestos de trabajo

Rubalcaba reclama un “New Deal” para Europa, como aquel que Roosevelt impulsara en los Estados Unidos para enfrentar las consecuencias de la Gran Depresión de 1929. Bajar los tipos de interés, inyectar liquidez al sistema, blindar el modelo de protección social y acometer un gran programa de inversiones públicas para reactivar la economía y cimentar un modelo de crecimiento más sólido, competitivo y justo. Esta es la gran apuesta de la socialdemocracia.

¿Cuál podría ser el destino de tales inversiones? En España lo tenemos fácil. La Comisión Europea acaba de encargarnos (19 de octubre) el desarrollo de cinco grandes corredores ferroviarios para modernizar nuestro sistema logístico, en el horizonte del año 2030. ¿Por qué no adelantar estas inversiones eficientes? También nos han puesto deberes para la mejora de nuestra educación. Aún nos queda mucho por invertir y por trabajar en el campo de las energías renovables. La remodelación de entornos urbanos deteriorados es otro nicho de actividad socialmente rentable y económicamente interesante.

Los ciudadanos españoles lo tienen cada día más claro ante la cita del 20 de noviembre. Rajoy equivale a la misma política que está condenando a Europa al estancamiento económico y el retroceso social. Rubalcaba ha señalado un camino distinto y esperanzador.