Jacques Julliard, uno de los articulistas franceses que no ha sucumbido a la sarko-seducción, anunciaba desde su columna en EL NOUVEL OBSERVATEUR que el presidente iba a pagar un alto precio por el estilo “arrogante” de sus primeros seis meses en el Eliseo.

El resto de la prensa francesa muestra una división ideológica habitual en el apoyo o la crítica más o menos templada al programa de reformas sociales del Presidente. Pero los apoyos más sonoros hay que buscarlos fuera de Francia.

THE ECONOMIST ve en el pulso del presidente francés con los sindicatos un “momento Thatcher”. Y le augura éxito, por tres razones: la franqueza con que ha expuesto sus planteamientos a la sociedad, la poca simpatía de que goza la aristocracia laboral afectada por las reformas, y, finalmente, la habilidad táctica de no cerrar nunca la puerta a la negociación con los dirigentes sindicales. Pese a todo, el semanario neoliberal, con su habitual ironía, deja caer dudas sobre el precio que Sarkozy puede sentirse obligado a pagar para preservar su popularidad.

A Sarkozy también le dedica uno de sus editoriales de esta semana THE NEW YORK TIMES. Pero, cosa curiosa, no para fijar posición en los conflictos laborales, sino para analizar su nueva relación con Estados Unidos. “Sarko, el Americano” solo convence a medias. Gusta de él su francparler, su espíritu constructivo, su oposición a las opciones militares en Irán o su apuesta por afrontar seriamente el cambio climático. Pero disgustan su viejos reflejos gaullistas. Dos reproches fundamentales del diario neoyorquino: el apoyo sarkosiano a campeones industriales nacionales y el mantenimiento del blindaje a los agricultores europeos. Por eso, NYT condiciona la nueva alianza franco-norteamericana a que Sarkozy resuelva “el conflicto entre sus iluminadas aperturas transatlánticas y su estrecha visión proteccionista para Europa”.

En Europa, dos conflictos territoriales con trazos distintos ocupan atención editorial y reportajes especiales: Kosovo y Bélgica.

En la antigua provincia autónoma yugoslava, el triunfo electoral de los exguerrilleros albaneses preludia la solución independentista. Estados unidos no esconde su apoyo al independentismo albanés y Rusia replica con el respaldo ruso a la resistencia serbia. Europa, mientras tanto, se presenta dividida, como casi siempre en los Balcanes.

Peor que dividida, sin capacidad de influir en los acontecimientos, como resalta FINANCIAL TIMES, que pide a los 25 ejercer su liderazgo. Acción, dice el diario de la city, aunque no sea unánime; es decir, por mayoría. Acción para apoyar una “independencial condicional” de la provincia de mayoría albanesa. Pero no dice cómo. Y tampoco no explica por qué esa posición europea sería aceptable por las dos partes.

El primer ministro saliente, Agim Ceku, en una entrevista con LE MONDE, anuncia “la independencia antes de final de año” y proclama la madurez de la democracia kosovar. Algo que cuestiona tajantemente el diario progresista alemán FRANKFURTER RUNDSCHAU: “Kosovo no es una democracia”

La otra ruptura territorial se avista en Bélgica. La manifestación pro-unitaria del pasado fin de semana es acogida de muy distinta forma por los diarios belgas, según sean flamencos o valones. DE STANDAARD advierte que la mayoría de los flamencos no quiere «el fin de Bélgica», pero no les gusta «la forma en que está actualmente organizada». El francófono LA LIBRE BELGIQUE reconoce la modesta dimensión de la manifestación unitaria, pero pide sensatez y apoyo a las iniciativas conciliatorias entre las dos grandes comunidades.

Hace unos días, el escritor Victor Irving Spoormaker exponía las razones del malestar flamenco en DE STANDAARD. Flandes contribuye cuatro veces más que Valonia, a pesar de ser más pequeña. El autor evoca el malestar esloveno con Belgrado, episodio inicial de la tragedia yugoslava. Y lanzaba una advertencia final: “las exigencias flamencas no son irracionales. Queda por saber si los francófonos van a admitir que la situación actual no puede mantenerse. En caso contrario, harán saltar Bélgica”.

El desmembramiento de Bélgica supondría una especie de Yugoslavia de guante blanco en el corazón de Europa. Inquietante.