En las primarias republicanas del Estado tradicionalmente progresista de Delaware (EE.UU.) ha ganado una candidata partidaria del “creacionismo”, que niega la evolución, que sobrepone la Biblia a la Constitución americana, que cuestiona la legitimidad de los impuestos que no vengan de “Dios” y que pretende castigar “el adulterio, la homosexualidad y la masturbación”. ¿Cuál es la diferencia a apreciar entre estos partidarios del Tea Party y los ayatolás que llaman a proclamar la “sharia” o ley islámica en el mundo?

Un reverendo protestante llamado Jones acaba de incendiar los noticiarios de todo el mundo con su amenaza de quemar el Corán en la plaza pública, con el objeto de evitar la construcción de una mezquita cercana a la “zona cero” de Nueva York donde otros fanáticos islamistas asesinaron a miles de inocentes. Centenares de miles de musulmanes han salido a las calles de sus ciudades para clamar contra la ofensa y para amenazar con todo tipo de barbaridades al “infiel”. Se me ocurren decenas de precedentes exactos para esta controversia en la más temprana y oscura Edad Media.

Una encuesta (perdón) encargada por la Unión Euromediterránea refleja que más del 80% de la población magrebí en el norte de África prefiere guiar su vida por la “verdad” revelada en los textos sagrados antes que por las normas que emanan de sus instituciones civiles. Y un empresario de Murcia ha cambiado el nombre a la discoteca de su propiedad, denominada “La Meca” desde hace más de veinte años, “aterrado” por las amenazas de colectivos islamistas.

A todo esto el “Papa” Ratzinger acude al Reino Unido “para plantar batalla”. Pero la “batalla” de Ratzinger no se planta contra el paro, contra el hambre o contra la desigualdad, como podría esperarse de quien dice representar valores solidarios. Ni tan siquiera se planta contra los abusos a menores en centros religiosos, como obliga la decencia y el sentido común más elemental. No, la batalla es “contra el laicismo”, es decir contra el intento, vano como vemos, de anteponer la razón a la superstición y el fanatismo en la disposición de la convivencia entre los seres humanos.

El dibujo lo remata Sarkozy, el Presidente de la patria que alumbró la edad moderna, la defensa revolucionaria de los derechos humanos, la supremacía de la razón laica frente a la intolerancia religiosa, la resistencia al totalitarismo nazi, el republicanismo… Resulta que le van mal las encuestas (perdón de nuevo), su popularidad ha caído por los suelos, y necesita un revulsivo “popular” para recuperar resuello.

Sin embargo, el dirigente francés tampoco ha llamado a la inteligencia de sus compatriotas con propuestas para reactivar la economía, para combatir el desempleo o para alentar la difícil integración de las minorías. No, ha acudido a lo más fácil, a alimentar el monstruo glotón del miedo al diferente, la xenofobia y el racismo. Si me va mal en los sondeos, palo al gitano, aplauso general, tirón popular y a otra cosa. Pero ese monstruo que alimentan crece y amenaza nuestro futuro con más sinrazón, más intolerancia y más conflicto.

No, no son buenos tiempos para la razón.