En principio, por muy importante que sea un hecho, nunca debería llevar a cubrir más del 70% de los espacios informativos, como sucede con frecuencia. El problema, además, es que los fenómenos de saturación suelen ir acompañados de cierto desorden informativo y de una quiebra casi completa de la lógica del discurso narrativo clásico (qué, quién, cuándo,…). Frecuentemente, vemos que las noticias se agolpan y se superponen y, cómo generalmente no existen hechos específicos suficientes como para llenar tanto espacio, se inventan y recrean. En el caso de las muertes trágicas, como son los atentados terroristas, es habitual –y como tal se acepta– que se juegue informativamente con los sentimientos de los familiares y las personas próximas y, a veces, incluso con la propia imagen herida o desangrada de los fallecidos. Lo cual empieza a ser una aberración y una indignidad para las personas.

También es frecuente que se intenten llenar espacios recurriendo a “relatos de ocasión” sobre la vida y costumbres de las víctimas, no faltando los que se extienden en explicar los hechos y trayectorias de los asesinos y de sus eventuales aliados o encubridores. Lo cual, en los actos terroristas, supone una propaganda informativa para los violentos, que de esta manera suelen considerar sus acciones inhumanas justificadas y “rentabilizadas”, en términos de presencia informativa.

Parece mentira, pues, que en sociedades avanzadas y experimentadas en estas cuestiones no existan aun protocolos adecuados de actuación ante atentados terroristas y, sobre todo, que no exista un compromiso serio en materia informativa que respecte los sentimientos de las personas y la integridad de las víctimas y que no haga el caldo a los terroristas.