La creciente desconfianza y desencanto de la población hacía los partidos políticos se puede observar fácilmente en la calle, pero se constata de forma alarmante cuando se pregunta a los ciudadanos que valoración tienen de ellos.

En España, durante la última década, el número de ciudadanos que tienen una confianza mínima en los partidos políticos sigue aumentando. Así, hemos pasado de un 45,8 por ciento que tenía mínima confianza en 2001, a un 61,8 por ciento de la población en 2010. Lo que equivale a decir que seis de cada diez ciudadanos no confían nada en los partidos políticos, solo tres de cada diez tienen una confianza media y 1 de cada diez tiene máxima confianza* .

Pero, ¿es esta desconfianza algo exclusivo de España? Si vemos los datos del Eurobarómetro de la Comisión Europea podemos afirmar que la desconfianza es algo que está extendido a todas las democracias occidentales, puesto que los partidos políticos son la institución que genera más desconfianza entre los ciudadanos de la UE, con niveles superiores a los obtenidos en la Encuesta sobre Tendencias Sociales. El 80 por ciento de los ciudadanos de la UE y el 85 por ciento de los españoles tiende a desconfiar de los mismos, y solo un 15 por ciento en la UE y un 11 por ciento en España tienden a confiar.

Esta realidad, que va más allá de los propios datos, nos tiene que llevar a preguntarnos si esta situación es coyuntural o existe un problema grave en el funcionamiento actual de nuestras democracias que hay que corregir. Me decanto por la segunda opción. Hay un problema grave que hay que corregir, aunque es cierto que se ve acentuado en la actual situación de crisis económica, política y social, como puede observarse en los datos del CIS donde “la clase política y los partidos políticos” aparecen como uno de los problemas más importantes que existen en España.

Ante la pregunta de ¿Cuál es, a su juicio, el principal problema que existe actualmente en España? ¿Y el segundo? ¿Y el tercero? En los barómetros del CIS, entre julio del año 2007 y julio del año 2008, la clase política y los partidos políticos eran considerados el octavo problema, con porcentajes del 8,9 en julio de 2007, 10 por ciento en diciembre de 2007, seis por ciento en julio de 2008. Desde octubre de 2008 hasta mayo de 2009 es considerado el séptimo problema del país, y a partir de ese momento sube hasta llegan a situarse en noviembre de 2009 como tercer problema. Lugar que todavía ocupan, salvo en enero de 2010 que fue el quinto problema, y con porcentajes en junio y julio de 2011, del 24,7 y 23,9 por ciento respectivamente.

Esto es grave, pero tampoco hay que exagerar, porque la situación se puede corregir ampliando los espacios de participación tanto en los partidos políticos como en las instituciones democráticas. En este sentido, si los partidos de masas socialdemócratas desempeñaron históricamente un eficaz papel de revulsivo crítico contra la situación existente y de motivación y movilización en el desarrollo de la democracia; hoy algunas formas evolucionadas de dichos partidos tienen que evolucionar para dejar de ser contempladas por bastantes ciudadanos como estructuras cerradas, desfasadas y alejadas de sus necesidades, inquietudes, aspiraciones y problemas.

Está emergiendo una nueva cultura política con muchos contrastes. Por una parte, existe demanda de más participación de unos ciudadanos cada vez más exigentes; y por otra, y al mismo tiempo, hiperliderazgos que no solo no fomentan, sino que impiden y obstaculizan la participación. De cual de las dos posiciones triunfe va a depender el desarrollo democrático las próximas décadas y por derivación el incremento o disminución de las desigualdades.

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* Datos del Grupo de Estudios sobre Tendencias Sociales (GETS)