Produce rubor escuchar a personas que se reclaman de izquierdas atribuir a sentido de Estado la congelación de las pensiones contributivas en un sistema en el que éstas se sitúan como media en poco más de 700 euros; donde, precisamente por sentido de Estado, se aceptaron hace tres lustros las recomendaciones del Pacto de Toledo y cuando, gracias a ello, existe un Fondo de Reserva de sesenta y dos mil millones de euros y se anuncia un superávit de otros cuantos miles para este año.

Es de sobra sabido que, como país, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Pero basta asignar el monto del endeudamiento a sus responsables, esto es, sector financiero, construcción, administraciones públicas y familias, para entender que los sacrificios para paliar tal endeudamiento están fatalmente repartidos.

También se sabe que es necesario reducir el déficit público. Pero en un país cuya presión fiscal está por debajo de los seis puntos respecto de la media europea, el sentido de Estado debería haber sido no volcar las medidas en la reducción del gasto sino, como poco, combinarlas con el aumento de los ingresos. Y en la reducción del gasto, justo porque el promedio de lo dedicado a protección social está también alrededor de seis puntos por debajo de la media europea, deberían haberse evitado los recortes.

Escribo estas líneas cuando está por despejar el penoso asunto de la reforma laboral. Imagino que si, por ejemplo, los sindicatos se mantienen en el rechazo a que se despida a los trabajadores con más facilidad de la que ya existe, se les acusará de falta de sentido de Estado. No creo que esta nueva variante de la campaña antisindical en curso les haga dudar de que en unos momentos donde la confusión da pie a que la derecha política se presente como defensora de los desfavorecidos y la izquierda apela al patriotismo, el sentido de Estado, visto desde el lado sindical, es mantener el sentido de clase.

Entre las gentes de izquierdas abunda el argumento de que, por encima de todo, hay que impedir que gane la derecha. Ojalá no gane. Pero son también muchos los que creen que el gran problema es no sólo que gane sino que lo consiga después de que la izquierda le haga el trabajo sucio.

Menos apelaciones al sentido de Estado y más al sentido común.