Una excelente película que nos narra la verdadera y dramática vida de Séraphine Louis, una pintora desconocida que vivió en la primera mitad del siglo pasado, y que murió en el anonimato y en la indigencia más absoluta en 1942, después de estar internada diez años en un manicomio.

Es una película francesa que arrolló en la pasada edición de los premios César, incluso por encima de la aclamada «La clase». El film, dirigido por Martin Provost, se llevó siete estatuillas. Entre ellos, los premios a mejor película, actriz y guión. Martin Provost intenta desentrañar la naturaleza del enigma que se intuía en la obra de esta artista casual y mística.

En 1913, el coleccionista alemán Wilhelm Uhde, uno de los primeros compradores de Picasso y descubridor del Aduanero Rousseau, alquila un piso en Senlis para dedicarse a escribir y descansar de la vida parisina. La casera le manda una mujer de la limpieza. Se trata de Séraphine, que tiene entonces 48 años. Algún tiempo después, cenando en casa de la dueña del piso, ve un pequeño cuadro pintado sobre madera. Se sorprende al enterarse de que la autora es la mujer que limpia su casa. Así nace una relación conmovedora e inesperada entre un marchante de vanguardia y una mujer visionaria.

La actriz Yolande Moreau hace una interpretación memorable para el filme. Siguiendo los trazos marcados por el guión con gran pulso en todo momento. Provost, más conocido como actor que como director, ha bordado su trabajo en este film cuyo guión también lleva su firma. Un trabajo de enorme calidad y definición como una historia intimista, sobria y minimalista. En ningún momento utiliza el sentimentalismo fácil, lo que ocurrió es lo que se nos cuenta, sustenta el guión en hechos totalmente contrastados. Desde la histórica exposición sobre arte naïf inaugurada en París en 1928, que contenía las obras del aduanero Henri Rousseau, los trabajos del florista y cartógrafo André Bauchant, los del pluriempleado Camille Bombois, el funcionario Louis Vivin y ella, una mujer de la limpieza de la ciudad de Senlis que respondía al nombre de Séraphine Louis, en cuyas composiciones florales parecía palpitar algo indefinible, enigmático y sobrecogedor. Y por supuesto, incorpora el atractivo perfil de Wilhelm Uhde, coleccionista de arte, dotado del suficiente olfato como para ser uno de los primeros en atesorar pinturas cubistas de Picasso o Braque, y que fue uno de los impulsores de aquella muestra.