Por el contrario, la clave principal del discurso de la izquierda ha de insistir en la falsedad de aquel argumento. Paro, precariedad y retroceso social no son maldiciones bíblicas ineludibles por la población europea, sino la consecuencia directa de una política económica con perfil ideológico marcado en la derecha. Una política que prioriza la rebaja acelerada del déficit sobre los estímulos al crecimiento, el control de la inflación sobre la creación de empleos y la mejora de la competitividad vía devaluación social.

Si se cambian las políticas, cambiarán los resultados de las políticas. Si Europa deja de aplicar los programas económicos neoliberales, tendremos menos paro, menos precariedad y menos desigualdad social. Si las decisiones de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y las Troycas se llevan a cabo con el objetivo de crear buenos empleos y combatir las desigualdades en el conjunto de Europa, en lugar de atender a los intereses exclusivos de Alemania, las consecuencias de tales decisiones serán indudablemente distintas a las actuales y mucho más positivas.

Cada vez son más los economistas influyentes que desafían el dogma neoliberal del austericidio, y cada vez son más beligerantes las reacciones del establishment conservador frente a estos desafíos. El último episodio lo estamos viviendo a propósito de la publicación de una obra magnífica, por su rigor y por la valentía de su planteamiento: “El capital en el siglo XXI”, de Thomas Piketty. Este economista llama a combatir las desigualdades mediante una política impositiva suficiente y justa. Aún sin haberse publicado el libro en idioma distinto al francés original, ya se ha convertido en anatema “filomarxista” por parte de los comentaristas oficiales.

Sí se pueden crear buenos empleos en Europa. Sí se puede ganar competitividad sin perder derechos laborales. Y sí se puede y se deben combatir las desigualdades sociales con impuestos justos y políticas públicas eficientes. Tan solo hay que tener el coraje de cambiar las políticas que se aplican en Europa.

La Tasa Tobin ha quedado finalmente en una mini-tasa, a aplicar por solo diez países europeos, exclusivamente sobre acciones y derivados, con tipos ínfimos del 0,1 y 0,01, y todo ello a partir de 2016, como muy pronto. Si en lugar de este sucedáneo, tuviéramos la valentía de aplicar una tasa auténtica sobre los tráficos especulativos en las finanzas, podríamos recaudar más de un billón de euros, con los que sostener el Plan Marshall que reactive de manera definitiva la maltrecha economía de la Unión.

Si en lugar de hacer presidente de la Comisión Europea al mayor patrocinador de paraísos fiscales de Europa, el tal Juncker, dedicáramos el poder democrático de la Unión a emerger el billón de euros sumergido hoy en el fango del fraude y la criminalidad fiscal, podríamos rebajar la vergonzosa tasa europea de desempleo, desde el 12% al 6% que disfrutan ya los americanos, por lo menos.

¿Y por qué no aplicar un impuesto europeo a las grandes fortunas?

¿Y por qué no excluir de las tablas de control del déficit público el gasto decisivo en educación e innovación para ganar competitividad auténtica y buenos puestos de trabajo?

Y si damos por hecho que no habrá trabajo para todos en mucho tiempo, ¿por qué no lo repartimos estableciendo una jornada semanal más corta en toda Europa? ¿Y por qué no se asegura al menos un medio de vida digno a los parados y precariados mediante una renta básica europea financiada con aquella tasa Tobin?

Juncker acaba de decir que “no acabo de ver un seguro de desempleo a escala europea”. Claro está, él solo “ve” lo que beneficia a Merkel y los poderes financieros que siempre protegió durante las dos décadas que presidió el Gobierno de ese gran protectorado de dinero negro que fue y quiere seguir siendo Luxemburgo.

Pero las cosas se pueden hacer de otra manera.

Atrevámonos. El 25 de mayo.