La estrategia de elaborar casos falsos para defender supuestas causas justas bien podría considerarse como un ejercicio de impostura política. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el bloqueo parcial del funcionamiento del Gobierno, privándole de los fondos necesarios para el ejercicio efectivo y cotidiano de sus funciones, con el propósito declarado de impedir que empiece a aplicarse la ley de reforma sanitaria (‘Affordable Health Care Act’).

En este sentido, podríamos considerar sicofantes, al uso de nuestros tiempos, a los legisladores republicanos de Estados Unidos, que contemplan la mínima intervención del poder público para corregir desequilibrios sociales como una amenaza para la libertad individual. Se arropan en confusas resonancias ‘jeffersonianas’ de protección del individuo ante la voracidad intrínseca de cualquier gobierno.

No sólo pretende la facción extremista del Partido Republicano neutralizar la aplicación de una ley aprobada legítimamente y revalidada constitucionalmente en el Tribunal Supremo. Más aún, se trata de seguir impidiendo que el 15% de la población de Estados Unidos carente de atención sanitaria pueda acceder a ella, no de forma gratuita, sino bajo unos esquemas que aquí en Europa rechazaríamos por tímidos e insuficientes.

Decía Obama el otro día que el chantaje operado por estos republicanos recalcitrantes tiene una motivación ideológica. El Presidente ha respondido adecuadamente al desafío opositor, manteniendo la línea junto a sus correligionarios demócratas. Pero es discutible la invocación ideológica. La ideología es casi siempre sospechosa en Estados Unidos. Contrariamente al pragmatismo y la eficacia, que son rasgos muy valorados en la política norteamericana. Una cosa son los principios, que casi nunca se discuten, porque todos los enarbolan, a veces con notoria hipocresía; y otra, la ideología, ya sea conservadora o liberal. Generalmente no es bienvenida porque se cree que dificulta la cultura del pacto, la negociación, el chalaneo.

Estos días hemos visto mucho de esto en los pasillos del Congreso. La supuesta emergencia nacional que constituía la aplicación de la reforma sanitaria era objeto de mercadeo, mediantes propuestas y contrapropuestas legislativas para salvar la cara y eludir el coste político que suponía la privación de fondos para agencias gubernamentales. En voz alta se mantenía el discurso de los principios, pero los sicofantes parecían dispuestos a aceptar un pacto que atendiera conveniencias a corto plazo.

Finalmente, no funcionó el pragmatismo. Los republicanos se han visto atrapados por su facción más extremista. Así llevan desde el triunfo de Obama, e incluso antes, convencidos de que la crisis resultaba un momento más que propició para canalizar el malestar ciudadano contra todo lo que suponga administración, fiscalidad, gestión pública, nivelación de rentas…

En 1994, cuando sus antecesores radicales rumiaban la ruina de la presidencia de Clinton, provocaron un auténtico boomerang político. Hasta el punto de que el presidente demócrata obtuvo en 1996 una de las victorias más aplastantes de la posguerra. Pero entonces no disponían de un aparatopolítico convenientemente preparado y madurado. Ahora, pese a la derrota en 2012, los republicanos siguen fatalmente atrapados en el mensaje mesiánico y tramposo del ‘Tea Party’, aunque esta corriente errática se haya disuelto en la inconsistencia.

La supuesta «ideología» que denuncia Obama no es, efectivamente, más que ejercicio de impostura. Denuncia falsa de un crecimiento excesivo del poder del Gobierno, en este caso en un área tan sensible como la salud. Cuando lo que verdaderamente constituye un escándalo merecedor de una denuncia pública constante y tenaz es el estado lamentable en que se encuentra la salud de decenas de millones de ciudadanos norteamericanos. La ‘Obamacare’ es un parche, como mucho una mejora. No es una iniciativa ‘socialista’, como se ha llegado a oír y leer en los opúsculos de los sicofantes.

BERLUSCONI SE DISPARA EN EL PIE

Un caso análogo existe en Italia, por cuenta del gran sicofante por excelencia de la política local. Silvio Berlusconi llegó al poder en el mismo año en que sus afines políticos norteamericanos boicoteaban la administración Clinton. Aupado en una ‘denuncia’ pública de la inoperancia, el despilfarro y la corrupción que habían destruido la Primera República italiana, cosechó un éxito rotundo. Hubo quién lo creyó a pies juntillas, y no sólo los electores italianos, desengañados y cínicos. Las propuestas ‘liberales’ y ‘reformistas’ de ‘Il Cavalieri’ encontraron cierto respaldo en los oráculos políticos de esos años, en que se consolidó la destrucción del modelo social europeo.

No tardó mucho en ponerse en evidencia la falacia de la denuncia ‘berlusconiana’. Ejemplo casi perfecto del sicofante moderno, Berlusconi incurrió en todo aquello que denunciaba antes incluso de ejercer la función pública. La regeneración institucional se convirtió en el aprovechamiento más escandaloso de la función pública en beneficio propio. Berlusconi reinventó la corrupción, porque no la utilizó para enriquecerse, sino para proteger su enriquecimiento previo, coincidente y posterior.

Eso mismo es lo que hay detrás de su última mascarada política. El sicofante italiano ha utilizado una subida del IVA para acusar al gobierno, al que teóricamente apoyaba, y del que formaba parte su formación política con seis ministros, de ahogar fiscalmente a los italianos. Detrás de esta falsa denuncia, apenas se escondió su desesperado intento de disolver las Cámaras y paralizar así el proceso de su destitución como senador, tras la última sentencia judicial por delito de fraude fiscal. Unas elecciones generales anticipadas podrían, calculaba el sicofante, mejorar sus posiciones y colocarlo en posición de seguir blindándose contra la actuación de la justicia.

Tan burda ‘acusación’ al jefe del Gobierno, Enrico Letta, provocó una incomodidad indisimulable en sus propios ministros, incluso en los más acérrimos seguidores. Se abre paso el convencimiento creciente de que al sicofante italiano le ha llegado la hora del retiro. Su maniobra de última hora en favor de otorgar la confianza al gobierno sólo ha reforzado la percepción de ridículo e impotencia. El desprestigio de ‘Il Cavalieri’ es tan hondo que casi resulta imposible que no termine su carrera política en la ignominia.