Sucesivas encuestas de opinión del CIS venían mostrando que, eso que llamamos “clase política”, suscitaba cada vez más rechazo en la ciudadanía que la consideraba como uno de los más graves problemas que hoy tiene la sociedad española; tal desafección hacia los políticos y de manera consecuente con los partidos que los acogen es un grave síntoma en la salud de nuestra democracia.

Lejos de reflexionar sobre ello y actuar en consecuencia, los partidos (fundamentalmente PSOE y PP) han hecho oídos sordos ante la enorme gravedad que dicho rechazo supone para el sistema democrático y no han planteado pautas de actuación política que evitaran los comportamientos denunciados una y otra vez por la ciudadanía.

Las recientes tomas de posesión de los nuevos alcaldes y concejales han estado acompañadas en muchos casos por la presencia de los INDIGNADOS, que manifestaban su profunda desafección a los cargos electos a lo largo y ancho de nuestro país. Ciertamente este comportamiento era comprensible, si tenemos en cuenta que frente al clamor ciudadano contra la corrupción política, se asistía a la toma de posesión de numerosas personas implicadas en graves casos de corrupción que proclamaban que el resultado electoral les exoneraba de los graves delitos presuntamente cometidos.

Los grandes partidos (el PP desde la euforia de su triunfo y el PSOE en la reflexión de su debacle) parecen no valorar lo que el 15M ha expuesto ante la opinión pública; las consignas ante la sede del PP tras el triunfo, poniendo en cuestión el carácter democrático de la acampada de Sol, sin ser desautorizadas por sus máximos dirigentes allí presentes, avalan mi opinión.

El PSOE inmerso en su proceso interno de primarias tampoco ha sabido dar respuestas de compromiso, a las propuestas de mayor consenso surgidas de las asambleas. Harán mal los partidos si creen no ha pasado nada relevante salvo el proceso electoral; la irrupción del 15M merece en mi opinión una reflexión seria y profunda. Harán mal los partidos, si piensan pueden mantener en sus cargos a sus cuadros “presuntamente autores de graves hechos delictivos”. Se equivocarán también si insisten en aplicar políticas que castiguen mucho más a los sectores más desfavorecidos (no han causado la crisis) salvaguardando al mismo tiempo los intereses de los sectores económicamente más poderosos; la indignación y el hartazgo elevarán su tono y ello pondrá en peligro la cohesión social.

La exigencia de una democracia más transparente y participativa, la necesidad de una nueva ética política que evite una mayor degradación de la actividad política, la lucha frontal contra la corrupción así como la limitación del poder de los mercados frente a los poderes públicos, son cuestiones que el 15M ha sacado al debate público en nuestras plazas y barrios recibiendo el apoyo de muchos ciudadanos.

Tras la derrota sin paliativos sufrida por la izquierda en su conjunto (especialmente el PSOE) es necesario que ésta se rearme. La búsqueda permanente de una transformación que permita una sociedad más justa, con mayor y mejor redistribución de la riqueza disminuyendo las desigualdades sociales; la profundización de la democracia con incremento de los mecanismos de participación ciudadana, una transparente gestión de lo público, han sido y deben seguir siendo señas de identidad de la izquierda; separarse de ellas conlleva una desafección y alejamiento de importantes segmentos de la población con la consecuente pérdida de presencia social.

Propuestas muy razonables surgidas de las asambleas que miles de ciudadanos han realizado en un ilusionante ejercicio de participación política en la plaza pública (reforma de la ley electoral, control de la banca, aplicación estricta de incompatibilidades para representantes políticos y cargos públicos, expulsión de imputados de las listas electorales, cargos públicos y órganos ejecutivos de los partidos , actuación implacable contra la corrupción), deberían ser asumidas con el compromiso de hacerlas realidad desde el gobierno o presentar iniciativas legislativas si se está en la oposición.

Concluyendo, en mi opinión una cosa es clara: la aparición del 15M ha tenido un efecto innegable, ha sacado del adormecimiento a un número muy importante de ciudadanos, que manifestándose o no, han compartido la indignación ante una forma de hacer política que degrada la calidad de nuestra democracia y han debatido sobre los temas que atañen a nuestra vida individual y colectiva planteando alternativas razonables.

Quién antes entienda la trascendencia de lo ocurrido en nuestras plazas durante el último mes tendrá más opciones de futuro.