Decía Juan Antonio Sacaluga, en un reciente artículo de esta revista, que los Tea Party son “sifocantes políticos”, es decir, intrigantes, chantajistas y delatores. Efectivamente, estos turbios personajes que están en política, no para actuar por el bien común, sino para frenar la acción del Estado y continuar manteniendo privilegios, nos rememora a los ideales más clasistas y esclavistas del antiguo EEUU.

Su única acción política ha consistido siempre en “cuanto peor, mejor”, porque es la manera de mantener privilegios y poder por encima del bien común.

Pero, esta vez, han ido demasiado lejos. Su propio egoísmo les ha llevado a una encerrona donde deberán asumir sus responsabilidades. Finalmente han perdido esta batalla; esperemos que queden recluidos durante una temporada lamiéndose las heridas, después de haber puesto en peligro a su propio partido, al país y a la estabilidad mundial, poniendo en entredicho la propia capacidad de liderazgo del gigante americano para seguir siendo la primera potencia mundial.

Dice Adela Cortina, catedrática de Filosofía Moral y Política, que hasta un pueblo de demonios es suficientemente inteligente para saber que es necesario cooperar y pactar con el fin de ganar todos, salvo que quienes estén al frente de determinados partidos políticos “se hayan convertido ya en mafias, chapuceras y miopes, que juegan al corto plazo en política” o simplemente en busca de su propio interés de forma tan burda y tan torpe que son capaces de darse un tiro en el pie.

En esa situación estamos. La política ha llegado a un nivel de estupidez tan grande que es incapaz de buscar consensos y acuerdos, diálogos y pactos, sobre todo, en busca del interés común, del bienestar global, del objetivo de formar una sociedad civilizada, regida por leyes e instituciones justas, en definitiva, como creían los ilustrados, un contrato para ganar en libertad. Pero se nos ha olvidado que hay quienes están en política justamente para evitar eso: para obtener privilegios injustos, para defender lo de uno, para manipular y enriquecerse, para robar, en definitiva, lo que pertenece a todos.

Por supuesto, para el Tea Party el responsable es claramente Obama, porque es un intransigente que no está dispuesto a ceder. El problema es que hay cosas en las que ceder significa renunciar a su deber como responsable público. En Europa no entendemos todavía cómo EEUU sigue sin tener una sanidad universal, pero si no se dan prisa a reformarla, nos encontraremos con que algunos de nosotros (en España) habremos perdido un derecho tan esencial.

Para pactar, se necesita la voluntad de dos. Y eso no resulta siempre así de fácil.

A veces, muchos de los comportamientos del Tea Party me recuerdan al PP. Se reprocha la imposibilidad del consenso y el diálogo, achacando la misma responsabilidad a todos los actores, cuando la división no es equidistante.

Hemos visto al PP manipular la realidad en busca de su beneficio propio cuando el atentado del 11 de marzo, o la estrategia continua de tener un enemigo externo al que reprochar culpas y así no asumir responsabilidades (comunidades enfrentadas, inmigrantes, parados contra empresarios,…), con una actitud siempre beligerante y frentista, buscando antes desunir que unir, porque en medio de un barrizal, el PP siempre saca cabeza.

Estamos viendo cómo se rompen acuerdos sociales y culturales que, en este país ya no son un debate, volviendo a una involución sin precedentes, como en el tema del aborto, las relaciones homosexuales, o la justicia de pago. O cómo se utiliza la crisis económica para disminuir la capacidad del Estado en la función pública, para conseguir una privatización que haga negocio de todo lo que se mueve, sea mercancía o derecho; véase cómo se financian las guarderías privadas en Madrid con dinero público para que resulten más baratas que las propias municipales, o como se desvían servicios sanitarios a empresas privadas detrás de las que encontramos a innumerables personajes del PP, o cómo se vende a precio de saldo grandes obras e infraestructuras realizadas con dinero público que aún estamos pagando. Es decir, se utiliza la situación de crisis y recortes para modificar un modelo social que devuelva los privilegios y el clasismo a una sociedad que lo estaba superando.

¿Se puede conseguir el consenso? No todos los partidos tienen la misma responsabilidad. Hemos de recordar el papel del PSOE y Zapatero cuando pactó la política antiterrorista para no hacer de ello arma electoral (¿lo ha hecho alguna vez el PP?). O recuerdo los esfuerzos ingentes del ministro Ángel Gabilondo para conseguir un pacto de estado por la Educación, algo que todos reclaman, pero que, a la llegada de las elecciones, el PP rompió porque, como es habitual, interesaba más dinamitar posibles consensos aunque eso vaya en beneficio del país.

“Cuanto peor, mejor”, se atrevió a decir Montoro. El PP se dispuso a hundir el país si eso le garantizaba el poder.

Lamentablemente, como al Tea Party, su estrategia se le está yendo de las manos. Porque el sufrimiento infringido con los recortes, la desigualdad social que se está creando, la involución cultural, las leyes reaccionarias como la de Educación, la privatización de la sanidad como un negocio, junto con las manipulaciones y mentiras de unos gobernantes capaces de decir lo mismo y lo contrario sin vergüenza, o capaces de hundir el barco para apropiarse del botín, está conduciendo al desastre a nuestro país.

En el congreso se ha celebrado ya el culmen del alejamiento con los ciudadanos, cuando la vicepresidente ha seguido persistiendo en su grave error de acusar a más de 500.000 parados de estafadores, y todo, por no reconocer su equivocación. ¡Con lo fácil que sería decir sencillamente “me he equivocado”! Pero la sinceridad no es un valor en alza para políticos que olvidaron hace tiempo (si alguna vez lo supieron) que la política es el arte noble de trabajar por el bien público.

El primer pacto que debemos hacer la sociedad civil es recuperar el sentido de la política, no permitir que determinados personajes sigan ejerciendo responsabilidades públicas, denunciar y censurar comportamientos viles y mafiosos, exigir el cumplimiento de las promesas, exigir sinceridad y honestidad y exigir la asunción de responsabilidades para que la mentira y la manipulación no resulten premiadas con los votos electorales.